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miércoles, 10 de agosto de 2016

48. Huyendo del hogar.

  Epifanio Rostrocándido despertó con un terrible dolor de cabeza. Al principio, su desconcierto era tal que no sabía dónde se encontraba, sin embargo, los recuerdos no tardaron en acudir a su mente, y pronto, entre mudos quejidos, supo lo que había ocurrido. Aún en el suelo, rememoró el instante en que el gobernador, guiando un carro tirado por dos caballos, se detuvo ante la puerta y ofreció dinero, mucho, a todo el que quisiera marcharse con él. Considerándose a sí mismo un hombre recto y honorable, Epifanio, escandalizado por la desvergonzada propuesta del funcionario, se negó en redondo a desertar, todo lo contrario que sus compañeros, que no dudaron en aceptar el sucio trato que Herminio Bolsasinfin les brindaba.

—¡No me dejáis más alternativa que la de arrestaros a todos! —sentenció entonces, lo que provocó el estupor de los presentes, que estallaron en hilarantes carcajadas.

—¡Da gracias a que te tenemos aprecio, idiota! —exclamó uno de ellos al tiempo que le golpeaba en la cabeza desde detrás con el asta de la lanza, la cual yacía hecha añicos junto al dolorido Epifanio, al que le costó lo suyo rehacerse como mejor pudo.

   Sí, así fue como debió perder el sentido.

—¡Malditos canallas! —murmuró malhumorado.

   Ya en pie, el buen Epifanio se encaminó tambaleante hacia las puertas de la empalizada, que habían quedado abiertas de par en par. Trató de cerrarlas, pero la fuerza de un solo hombre era insuficiente para llevar a cabo tal cometido, por lo que tendría que pedir ayuda. Dada la urgencia del momento, cualquiera vería razonable pedir el auxilio de los vecinos que dormían, pero la idea de molestar no era en absoluto del agrado de Rostrocándido, que optó por dirigir sus pasos hacia la puerta sur, donde esperaba encontrar al resto de la guardia, pues la patrulla hacía días que no salía a hacer su ronda a causa de los extraños fenómenos que se daban en algunas calles una vez caía la noche, a la que, quizás, le quedaban minutos antes de dar paso al amanecer.

   En un lance del trayecto, el hombre, al que todavía no había abandonado del todo el desconcierto, tuvo el desatino de pisar el rabo de un perro que dormía al raso. El animal, aunque noble, luego de aullar afligido, se revolvió y propinó un rabioso mordisco en el pie causante de su inesperado tormento, tras lo cual, corrió a buscar otro lugar donde echarse y continuar con su reparador sueño. Epifanio, sorprendido por la rapidez con la que se había desarrollado el desafortunado incidente, reaccionó sin pensar tratando de dar una patada al cánido, la cual falló por mucho, lo que le llevó a caer con estrépito, yendo a parar su rostro a las turbias humedades de un charco que, por el olor, pudo identificar como orina, quién sabe si del mismo animal al que acababa de pisar.

   Amargado por tanta desgracia en tan poco tiempo, incapaz de comprender por qué los dioses se cebaban de esa forma con él, que tanto se esforzaba por ser una persona ejemplar, el alma de Epifanio se quebró en mil pedazos, liberando su gran pesar, tanto el reciente como el de ocasiones pasadas, que no era poco, con un estridente grito que sería digno de recordar hasta el fin de los tiempos. Algo así supuso un verdadero inconveniente para aquellos que dormían, pues significó el final de su descanso. Fueron muchos los que, ya despiertos, permanecieron con los ojos fijos en el techo, que debía seguir ahí, a pesar de la oscuridad, oyendo aquel interminable alarido, formidable para tratarse de la garganta de un hombre. “Cuánta ira contenida”, pensaron los más reflexivos, tan sólo unos pocos. “¡Maldito animal!”, fue el pensamiento más generalizado.

   En ocasiones, el berrinche era interrumpido por la falta de aire, pero continuaba en cuanto Epifanio lograba llenar sus pulmones, para desgracia de sus somnolientos oyentes. Sólo cuando el agotamiento se apoderó de él, cesó todo, quedando el culpable de tanto escándalo sumido en un estado anímico ciertamente preocupante, como si hubiese descendido al subsuelo de la tristeza, más abajo aun, si cabe.

   De repente, todo volvía a estar en silencio, y los ojos que hacía un instante se abrieran, volvieron a cerrarse, anhelando caer de nuevo en los brazos de Morfeo. Sin embargo, el destino había determinado que ya ningún Mediopedrero dormiría desde aquel momento sobre su lecho.

   No habiendo pasado más de dos minutos desde que se acabaron los gritos de Epifanio, el estridente sonido de unos cuernos quebró la recién instaurada calma, dando al traste con las esperanzas de todos de estirar el sueño hasta donde pudieran. Poco a poco, la calle fue abarrotándose de curiosos que, ahora sí, veían motivos para saciar su creciente curiosidad. Al gentío no tardaron en unírsele Crisanto y Nicodemo, a los que siguieron Alonso y la pequeña Lúcida, quienes se agarraban de la mano. Era común ver a la gente portando farolillos de aceite o velas con las que alumbrarse, ya que la oscuridad se resistía a marcharse.

—¡Ay de mí! ¡Qué mal estaré pagando hoy, que todo me sale mal! ¡Oídme! ¡Oídme todos! El gobernador huyó anoche con el tesoro por la puerta del norte, llevándose consigo a mis compañeros, que no dudaron en reducirme por querer detenerles en cumplimiento de mi deber. ¡Esos traidores vuelven ahora con un ejército comprado con el oro robado para aplastarnos! Hay que cerrar los portones de la empalizada antes de que entren y nos masacren —anunció Epifanio como enloquecido, entonces, se puso en pie y comenzó a correr en la dirección de la que partió al despertar, que, dicho sea de paso, era la misma de donde llegaba aquella fanfarria marcial, a la que ahora se unía el redoblar unos tambores.

   Tratándose de Rostrocándido, al que los Mediopedreros daban por alguien que jamás mentía, todos dieron por buena la historia por él contada. Algunos, los más jóvenes e impetuosos, se unieron al desquiciado centinela en su angustiada carrera, todo lo contrario que el resto, que prefirió avanzar a un ritmo más pausado, siguiendo la estela de aquéllos desconocidos que, guiados por un cauteloso Crisanto, encabezaban la marcha.

—¿No es ése el tal Panzagónica, el que vive solo en una casa a las afueras del pueblo? ¿Qué hace con esa gente? —oyó Nicodemo que decía alguien refiriéndose a su persona, algo que provocó en él sentimientos encontrados, pues la idea de ser reconocido y asaltado a preguntas le aterraba, por suerte, no se dio tal circunstancia.

   Una vez la empalizada estuvo a la vista, momento que coincidió con la llegada del amanecer y el obligado canto del gallo, que sonó un tanto apagado aquella agitada mañana debido al insistente toque de los cuernos, fue inevitable fijar la vista en las puertas de la misma, que, efectivamente, tal como anunciara Rostrocándido, permanecían abiertas, tanto, que bajo el arco tenía lugar una trifulca protagonizada por Epifanio y aquellos que con él marcharon, que hacían frente a una escuadra de lanceros que, en formación cerrada y las puntas de las armas mirando hacia delante, se empeñaban en hacerlos retroceder, aunque cuidando de no ocasionarles daño. Al otro lado de la vieja y descuidada muralla, varios centenares de soldados pertrechados para la batalla aguardaban formando largas hileras, por delante de éstos, un grupo de oficiales, reunidos en torno a un individuo que portaba una deslumbrante armadura plateada, parecían discutir animadamente sin quitar ojo de lo que sucedía en la refriega. Uno de ellos, al ver que llegaba gente, ordenó que cesara el sonido de los cuernos de inmediato, lo que dejó que todos oyesen la suerte de improperios que se dedicaban los involucrados en el pequeño enfrentamiento entre el grupo de lanceros avanzados y la banda comandada por Epifanio.

   Crisanto, sabiendo que la presencia de aquella hueste respondía al llamado que el propio gobernador hiciera al capitán de la misma y no a un intento de asalto, avanzó decidido hacia la puerta ordenando poner fin a las hostilidades, recibiendo la inestimable ayuda de Alonso, que apartaba por medio de la fuerza bruta a todo aquel que se ponía al alcance de sus grandes manos.

   Finalmente, se impuso la calma y se acordó celebrar un consejo extraordinario de manera inmediata allí mismo, delante de los congregados, donde fue expuesto todo lo que cada uno sabía, no quedando nada por contar en lo referente a cualquier cosa que pudiera parecer fuera de lo normal. Estuvieron de acuerdo en condenar los actos protagonizados por el gobernador y el grupo de desertores, que serían tratados como traidores en adelante, a no ser que existieran evidencias de lo contrario. Lo que más preocupaba era la proximidad de la hueste de muertos vivientes, que podría hacer su aparición de un momento a otro. “"Si no han llegado ya se debe a su falta de inteligencia, aunque diría que son dirigidos por un ser oscuro y malicioso. Yo mismo lo vi”, dijo Crisanto al referirse a aquella amenaza. Los habitantes de Mediapiedra, al ser conocedores de los peligros que se cernían sobre el lugar donde se desarrollaban sus vidas, vieron razonable la posibilidad de marcharse a otro lugar más seguro. “Después de todo, el pueblo ya está maldito, aunque aún se podía vivir aquí”, comentó alguien.

   Y así fue que, por unanimidad, con tanto dolor como alivio, los Mediopedreros optaron por el exilio, marchando a sus casas a recoger únicamente lo indispensable para afrontar un viaje que debía durar de dos a tres días, según se había previsto. Sin embargo, Eliseo Portebrillante, hombre de una arrogancia insoportable y de una valentía que, para muchos, rozaba la estupidez, entendiendo que debía ofrecer batalla a los muertos para dar así más tiempo en su inminente viaje a aquellas personas, decidió marchar hacia el sur, donde esperaba llegar a la cima de La Colina sin Nombre, donde formarían sus heroicos lanceros y lucharían hasta sufrir una horrible muerte a manos del diabólico enemigo, tal como ha sido contado con anterioridad en esta misma historia.

   Cuando ambos contingentes se separaban, uno, el que formaban las familias, marchando hacia septentrión, el otro, el que portaba las lanzas, buscando meridión, Lúcida echó la vista atrás, hacia el sur, preguntándose qué sería de Sigfrido.

   De súbito, desde el alto cielo les llegó la hilarante y enloquecedora carcajada de una anciana que parecía fuera de sí. Aunque no vieron nada, a todos les vino a la mente la historia que durante la asamblea narrara Nicodemo, en la que explicó con todo lujo de detalles cómo aquella bruja que trataba de raptarlo, una vez se vio envuelta por las llamas gracias a la acción de la intrépida hermana de Alonso, montó a horcajadas sobre su escoba y huyó surcando los aires bajo las estrellas. Pocos fueron los que no sintieron entonces un desagradable escalofrío.

Imagen tomada de https://lesenfantsdelapluie.wordpress.com

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