Suscripción por e-mail

domingo, 13 de marzo de 2016

41. Confianza rota.

   Aun desde la distancia, la visión de aquella aberración resultaba desalentadora a la vez que desconcertante. Sigfrido, que apenas podía apartar la mirada de lo que debían ser poco menos que las puertas de algún infierno emergido de las profundidades, a juzgar por su tétrico aspecto, no veía el momento de poner tierra de por medio. Cornelio, sin embargo, al contrario que el joven, parecía sentirse extrañamente atraído por aquel gigantesco accidente del terreno con forma de cráneo, que bien podría ser el origen de los oscuros acontecimientos que desde hacía un tiempo venían azotando al mundo.

—¿Qué estás tramando? —preguntó alterado el muchacho desde detrás—. No pienso volar hasta allí, si es lo que pretendes.

   El viejo frunció el ceño al oír aquellas palabras. Resultaba evidente que le costaba apartar la mirada de aquella solitaria montaña salida de una horrible pesadilla. Al fin, tras un considerable esfuerzo, decidió atender a Sigfrido.

—¿Te has preguntado cuántas respuestas podríamos encontrar allí? Tanto tú como yo sabemos que esa cosa tiene mucho que ver con todo lo que está pasando. ¿Cuál es tu propuesta, pasar de largo? Alguien debería solucionar este problema.

—¿Respuestas, dices? ¿Allí? Eso dependerá del tipo de preguntas, y las mías no encontrarán contestación en aquella dirección. Si me lo permites, te diré que lo único que veo cada vez que miro esa forma horrible es a la misma muerte, que parece asomarse desde el abismo para echarle un vistazo al mundo que está devorando, como si quisiera asegurarse que todo está lo suficientemente podrido para evitar indigestarse con nosotros. Que alguien resuelva este problema, como dices. Pero, por su bien y el de todos, debería asegurarse de estar a la altura, que se me antoja mucha, demasiada para mí.

—No hablo de enfrentarnos a eso, lo que sea, sino tratar de entender cómo funciona ese nuevo orden que, sin duda, acabará estableciendo su supremacía sobre todos nosotros. Quizás, abriendo la mente tengamos acceso a una serie de opciones que antes eran imposibles. El libro que guardas en tu vestido, por ejemplo, desde el momento en que lo toqué sentí algo especial.

—Ya me percaté de ello. Deberías disimular mejor —repuso Sigfrido.

—No espero que alguien como tú lo entienda, puede que sea pedirte demasiado, pero déjame decirte que esta mañana, cuando te marchaste en busca de algo de comer, lo cual me recuerda que seguimos en ayunas, estuve ojeándolo. Elegí una pagina al azar y comencé a leer, o a intentarlo, debería decir. Al principio resultaba imposible hacerse una idea de lo que todo aquel galimatías podría significar, pero, pronto, algo así como una extraña voz acudió a mi mente y comenzó a guiarme para que hallara el modo de descifrar aquellos símbolos. De repente, me vi entonando una serie de extraños versos, escritos en una lengua que, aunque extraña, no me costaba comprender. Todo fluía como lo hace el agua en el cauce de un río, sin embargo, cuando creí tener la clave al alcance de mi mano, me sobrevino una insoportable fatiga y me vi obligado a abandonar la práctica de tan interesante lectura, justo en el momento más inoportuno.

   Sigfrido enarcó las cejas.

—Eso que dices suena a magia, tal como se describe en las historias que me contaban de pequeño, las que trataban sobre brujas y magos, claro —dijo pensativo—. Me pregunto si pensaste en mí mientras leías.¿Lo hiciste?

—¿Cómo? —preguntó Cornelio sin comprender.

—Cuando me marché esta mañana para buscar comida, a petición tuya, todo sea dicho, dejándote solo, lo cual me resulta sospechoso, durante unos minutos, tuve la extraña y escalofriante necesidad de pensar en ti más de lo que cualquier persona en su sano juicio me hubiese recomendado. De hecho, lo que más me enfurece es que llegué a contemplar la posibilidad de convertirme en algo así como una especie de acólito adulador tuyo, y tenía la impresión de estar compartiendo mi cabeza con alguien más durante ese estúpido proceso, alguien que tenía tu voz, o eso creo recordar. Ahora, escuchando tu historia, me asaltan una serie de preguntas que, como ya te he dicho, no llevan la dirección de aquella enorme calavera a la que tú quieres ir, pero que sí quisieran saber si mientras leías aquellos versos fijaste en mí tus pensamientos y con qué intenciones, si puede saberse —dijo Sigfrido.

   Cornelio no respondió al instante, como si, para ello, necesitase ordenar sus pensamientos. Conviene advertir que, mientras esto sucedía, ambos volaban en paralelo, muy juntos, describiendo amplios círculos, aunque nunca en el mismo lugar, algo de lo que no eran conscientes.

—¿Quieres decir que notaste algo? —fueron sus únicas palabras, que sonaron bajo el inequívoco signo de la sorpresa y el entusiasmo.

—¡Así que reconoces haberme hechizado! —exclamó Sigfrido.

—¡No sucedió tal cosa! Pero sí, lo intenté, aunque fuera en vano —respondió Cornelio.

—¡No tan en vano! Que ya me vi respondiendo a ciertas cosas que decías, aunque no muy destacables, con demasiada premura y sinceridad sin haber pensado antes la contestación adecuada, cosa que no solía sucederme antes —protestó el joven.

—Quizás se deba a alguna suerte de secuela. Puede que el sortilegio, o lo que sea que fuese, no funcionase a causa de mi bisoñés en la materia, pero sí que logré ahondar lo suficiente como para provocar en ti un principio de confianza involuntaria hacia mí, al menos en las reacciones tempranas, cuando se trata de asuntos irrelevantes.

   Aquellas palabras provocaron el enfado de Sigfrido.

—¿Qué diablos estás diciendo? No confío en ti, eres demasiado oscuro. Sólo estoy contigo porque no tengo a nadie mejor con quien estar.

—Lo que estoy diciendo es una reflexión acerca de lo que pudo pasar entre tú y yo con ese supuesto hechizo, y créeme, es de esas cosas que se te ocurren mientras hablas sobre algo. Tampoco tú eres santo de mi devoción, si es que eso te sirve de algo, pero no puedo ir en compañía de los muertos mientras vago por estos campos malditos.

—¡Pues bien que podrías vagar con ellos! No te hacen ni caso, en cambio a mí, ya ves, les gustó demasiado; no hacen más que perseguirme en cuanto pasan demasiado cerca. Incluso esta mañana desperté con uno de ellos a punto de morderme. ¿Por qué no se fue a por ti y sí a por mí?

—Es por tu olor, ya sabes —respondió Cornelio, obviando mencionar que lo sucedido aquella mañana fue debido a su necesidad de averiguar de una vez por todas cuál era la causa por la que los no muertos atacaban al muchacho cada vez que tenían la oportunidad, a pesar de ir ambos disfrazados con la misma indumentaria. Él mismo se había encargado de llevar a aquel zombi junto a Sigfrido mientras éste dormía. Fue un milagro que no acabase mordiéndole. ¿Cómo decirle aquello? Significaría el final de su tirante relación.

—¡Ya sé que huelo a estiércol! ¡Ya lo sé, viejo sanguinario! —gritó el muchacho fuera de sí.

   Cornelio, comprendiendo que la discusión tomaba unos derroteros nada recomendables, trató de imprimir algo de tranquilidad en su tono de voz, también en su semblante, el cual suavizó tras suspirar profundamente. Se percató que, quizás, debido a la agitación en la que habían caído, perdieron bastante altura, lo que les llevó a situarse de nuevo sobre los árboles, volando en una dirección que no supo interpretar adecuadamente.

—Eso tiene arreglo, no tenemos más que encontrar un cauce de agua y ese problema habrá acabado —dijo—. Piénsalo; mientras tú te bañas y purificas, yo podría dedicarme al estudio de ese tomo mágico. Sus secretos podrían servirnos para hacer frente a esa oscura amenaza, al menos en parte. Tienes razón, ir allí, a esa aberrante guarida, o lo que se suponga que sea ese maldito cráneo de roca y piedra, no serviría de nada. Busquemos un buen lugar donde tomar tierra y discutamos esto con calma, ¿qué me dices?

   Sigfrido bajó la mirada. De repente, su mente viajó al pasado reciente, cuando, dos meses atrás, decidiera enrolarse en el ejército para obtener la fama y la gloria. No tardó en ser testigo de los horrores de la guerra y su devastación, lo que le llevó a desertar. Poco después, empezó toda aquella locura inimaginable hasta entonces. No podía sentirse orgulloso de sus hazañas, donde había mucho que callar y poco de lo que presumir, pero sabía que el caso de Cornelio no era muy distinto del suyo. De hecho, tenía el firme convencimiento de que el viejo poseía un alma siniestra de veras, de aquellas de las que es mejor no fiarse. "Quizás, yo mismo acabe como él si no trato de poner remedio", pensó para sus adentros.

—Sí, sí, quizás debamos relajarnos —dijo, tras un largo silencio—. Busquemos un buen lugar, como dices, y echemos un vistazo a ese libro, juntos. Está claro que no nos gustamos del todo, pero eso no debe ser impedimento para llegar a un acuerdo.

—Sabias palabras para tratarse de alguien tan joven —celebró Cornelio, distante—. Adelante. Te sigo.

   Sigfrido, sorprendido consigo mismo tras haberse mostrado tan sincero y directo con alguien, quizás por primera vez, rechazó el amable ofrecimiento del viejo.

—Podría, pero aún recuerdo lo que le hiciste con tu hacha a aquella pobre bruja, cogiéndola a traición por la espalda. Preferiría que fueses tú por delante.

—¡Era una bruja! —se defendió el viejo, ofendido.

—Y yo, que no lo soy, visto como una. Podrías confundirte, ¿no crees?

   Cornelio mantuvo el gesto inexpresivo. Enarcó las cejas ligeramente antes de hablar con seriedad.

—Iremos a la vez, juntos, sin tretas de ningún tipo —advirtió.

   Sigfrido aceptó con un gesto de la cabeza.

   En algún lugar no muy lejos de allí, los goblins hicieron sonar de nuevo sus estridentes cornos, que no tardaron en recibir varias respuestas venidas de distintas partes, entre ellas, la maliciosa y enloquecedora risa de una bruja que surcaba el cielo en solitario.

   Imagen tomada de www.nexofin.com Desconozco la identidad de su autor. Si éste prefiriese que su obra no aparezca en esta publicación, no tendrá más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.

2 comentarios:

  1. Creo que me siento tan atraído como Cornelio a la cueva (o lo que sea) de la carabela y tengo más ganas que ninguno de ellos de profundizar en el libro que esconden...jajajaj muy bueno¡¡¡

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo desconocido y su tremendo poder de atracción. Jajaja

      Eliminar