Suscripción por e-mail

martes, 8 de marzo de 2016

40. Sin supervivientes.

   En el transcurso de su ascenso, el cual se desarrollaba con mucha menos decisión que el de Cornelio, a quien seguía desde lejos tanto en altura como en distancia, Sigfrido sobrevoló el terreno por el que emprendieron la huida los supervivientes del recién masacrado ejército de lanceros, a quienes pudo ver, siempre y cuando no se interpusiera algún frondoso árbol de por medio, continuando con su desordenada fuga sin mirar atrás. De cuando en cuando, había hombres que caían por lo que parecían tropezones motivados por la agitación propia del pánico, sin embargo, no todos volvían a levantarse, ni siquiera cuando recibían la ayuda de alguno de sus camaradas. Entonces, el joven reparó en que las espaldas de éstos estaban llenas de flechas de astil corto rematadas con penachos de plumas tan negras como las profundidades de un abismo, lo cual resultaba desconcertante a la par que aterrador. "¿Quién les lanza esos dardos a esta pobre gente?", pensaba Sigfrido, cuando, de repente, el grave sonido de un siniestro corno, distinto a aquellos que hicieran sonar los soldados cuando se iniciaba la batalla en la cima de la colina, siendo sus notas menos grotescas, se dejó oír demasiado cerca, justo delante de él, para ser precisos. No tardó en seguirle el sonido de unos gritos de espanto. Fueron varios los que pidieron auxilio antes de anunciar con sus horribles alaridos una muerte atroz, agónica. Pero también había risas maliciosas que pertenecían a desagradables voces estridentes que, en ocasiones, escupían palabras en un lenguaje extraño, como festejando el sufrimiento que otros padecían.

   De súbito, Sigfrido pudo ver cómo una pequeña forma humanoide, verdosa, de orejas puntiagudas y larga nariz afilada, pasaba corriendo por debajo de él. Parecía llevar una especie de daga entre los dientes. Se acercó por la espalda, con extraordinaria rapidez y sigilo, a uno de los lanceros, que, desarmado y confuso, al igual que la mayoría de sus compañeros, había detenido su carrera alertado por aquella inesperada sucesión de terribles sonidos nada halagüeños. Aprovechando el desconcierto de éste, la criatura saltó sobre el infeliz con agilidad felina, asiéndose con sorprendente firmeza a uno de sus hombros con la pequeña garra izquierda. Casi al instante, tomó con la derecha la daga que colgaba de su cinto, cuya hoja tenía un aspecto deformado y terrible, y la usó para degollar a su víctima haciendo gala de un oficio fuera de toda dudas. Para colmo de males, el desgraciado moribundo debió soportar también un salvaje mordisco en la nuca cuando aún tenía la posibilidad de sufrir antes de partir hacia el más allá.

   Una vez cometido el crimen, el pequeño ser, no más grande que un niño de diez años, dejó escapar una cruel carcajada, momento en el que su mirada se cruzó con la de Sigfrido, a quien contempló un tanto desorientado, lo que fue aprovechado por un soldado que huía de los gritos agónicos de delante para saltar sobre él con la furia de quien se sabe perdido. El guerrero derribó al monstruo con cierta facilidad, inmovilizándolo primero con el peso de su cuerpo, entonces, sin dejar de gritar enloquecido, agarró la cabeza del mismo y comenzó a golpearla repetidas veces contra el suelo. Una vez estuvo seguro que su rival estaba muerto, tomó el arma de éste y trató de hacer lo propio con otros que, al igual que aquél, daban muerte a sus indefensos camaradas atacándolos por la espalda.

—¡Vigilad la retaguardia! —advirtió a los suyos mientras corría tras uno de aquellos diminutos demonios, a quien logró atrapar tras varias zancadas—. Están por delante y también por detrás.

   Clavó la daga en el lugar donde supuso debía estar el corazón. La reacción de su presa le hizo comprender que había acertado. Tomó un nuevo puñal de las garras del cadáver y armó así sus dos manos. Fueron muchos los compañeros que, buscando una luz que pudiese guiarles en aquella oscuridad, se reunieron en torno a él. Algunos, muy pocos, aún portaban sus lanzas y escudos, otros, la mayoría, iban desarmados, quizás, algunos, habían logrado abatir a otra de aquellas criaturas que los atosigaban por la espalda y blandían también una daga de hoja deforme.

—¡Formad un círculo! —ordenó el anónimo héroe, que, a pesar de imprimir firmeza en su voz, no esperaba salir airoso de aquella situación.

   Mientras todo esto sucedía, las pequeñas flechas no habían cesado de caer desde todas partes, ocasionando severas bajas en el cada vez más reducido grupo de desesperados combatientes. Siendo insuficiente el número de escudos, muchos trataron de usar los cuerpos de los muertos como parapeto. Entonces, cuando ya sólo quedaba en pie una veintena de soldados, los arcos dejaron de cantar, y desde el lado que miraba hacia el norte en aquel campo de batalla, el siniestro corno volvió a sonar. Casi al instante, una multitud de voces chillonas lanzó un peculiar grito de batalla, seguido del sonido de muchos pasos que se acercaban desde aquella dirección. No tardó en aparecer una hueste de verdosas criaturas, éstas, al contrario que las otras de su misma especie, pertrechadas con armaduras de extraña confección, nunca antes vistas, y portando todo tipo de armas punzantes, cortantes, y de aplastamiento, además de embrazar extravagantes rodelas que, teniendo en cuenta su tamaño, les servían bien como defensa.

   El choque inicial apenas hizo retroceder a los hombres, que, siendo más corpulentos y pesados, soportaron bien la embestida durante un tiempo. Descubrieron también que aquel enemigo no era difícil de abatir, siendo muchos los que yacían sin vida a causa de las heridas infringidas por sus lanzas, pero su numero resultaba abrumador, por lo que, a causa del cansancio y la desesperación, comprendieron que acabarían siendo derrotados. Fue entonces que, desde el sur, donde quedaba la colina de la que habían huido, llegaron los no muertos a los que se habían enfrentado, que, mezclándose con las criaturas verdosas que había en ese flanco, a las que Sigfrido comenzó a relacionar con unos seres de cuentos a los que creía recordar llamaban goblins, comenzaron a atacar a los aterrados soldados. Los pequeños demonios que había en el lado opuesto, al ver el espanto que los muertos vivientes ocasionaban en los humanos, dejaron de pelear y retrocedieron un par de metros, lo que desconcertó a los pocos guerreros que quedaban. Éstos, no teniendo más alternativa, dedicaron sus esfuerzos a rechazar a los zombis, que, sin compasión, fueron atrapando uno a uno a los defensores.

   Cuando sólo quedó uno, el inesperado líder, que aún empuñaba las dos dagas que arrebatara momentos antes a los cadáveres de los goblins a los que abatiera, éste, prefiriendo una muerte rápida, se lanzó contra los pequeños guerreros que tenía a su espalda, retirados adrede del combate. Pero éstos se limitaron a cerrar filas y permanecer ocultos tras sus escudos sin devolver los golpes con los que el bravo guerrero trataba de provocarles para que le dieran un pronto final.

   Unas frías manos acabaron por asirle de los brazos, a las que pronto se unieron otras, que, con una fuerza difícil de creer, inmovilizaron al desgraciado, que, respondió a las primeras dentelladas profiriendo terribles alaridos de dolor. Antes de perecer, mientras era devorado desde detrás, tuvo tiempo de cruzar su enloquecida mirada con la de algunos de aquellos pequeños seres, que disfrutaban el festín de los no muertos del mismo modo en que lo harían siendo ellos los alimentados. No hubo oraciones con las que honrarle en la hora de su muerte, sino crueles y maliciosas risas.

   Así fue como murió el último de los hombres que formaban aquel ejército que se dispuso a acabar con los muertos en lo más alto de la colina de la que nadie sabía su nombre, y que en adelante sería llamada de los lamentos.

   Sigfrido había contemplado toda la escena suspendido en el aire, hasta la llegada de los muertos, momento en que cerró los ojos y taponó sus oídos con ambas manos. Alguien le palmeó uno de los hombros, era Cornelio, que se había situado junto a él.

—Tenemos que irnos —dijo.

—Esos pobres muchachos, han muerto todos —logró decir el joven.

   El anciano miró hacia abajo, pensativo. 

—Y tú no hiciste nada por evitarlo, aunque tampoco habrías logrado cambiar las cosas.

—Soy un cobarde despreciable —se dijo Sigfrido, aunque en voz alta, algo que lamentó al instante, pues se cuidaba muy mucho de mostrar a otros, aun a sí mismo, sus oscuridades con tanta sinceridad.

—Muchacho, no pienso discutir verdades de las que estoy convencido, pero ten en cuenta una cosa, esos hombres que acabas de ver morir luchando como jabatos venían de huir de la colina en la que antes libraban un combate, abandonando a muchos de sus compañeros. Si batallaron con tanta fiereza fue porque su vida pendía de un hilo y no encontraron el modo de escapar de nuevo. Lo mejor y lo peor siempre tienen cabida en un mismo lugar, por más que haya gente que se empeñe en decir lo contrario. Jamás un acto sería considerado bueno sin la existencia de las malas acciones, del mismo modo que la comida carecería de lógica si no hubiese hambre que calmar.

—Pero siempre podemos elegir —repuso Sigfrido.

   Cornelio negó con la cabeza.

—A veces sólo podemos elegir qué sacrificar en función de lo que hagamos. Todo tiene un valor, incluso lo más nimio, y cómo podrás comprender, o eso es lo que debieras hacer, últimamente, el valor de las cosas ha subido de precio —Cornelio invitó al joven a mirar lo ocurrido abajo—. Pregúntale a ellos, sino.

   Sigfrido no dijo nada.

   El viejo hizo que su escoba se deslizara por el aire con suavidad, ganando altura a un ritmo que, al muchacho, una vez éste decidió ponerse también en marcha, le resultó sencillo de seguir. De repente, volvió a caer en la cuenta de que Cornelio movía su escoba sin el uso de ningún gorro. ¿Podría él hacer lo mismo y seguir volando? Teniendo en cuenta sus muchas dificultades para iniciar el despegue, supuso que le sería imposible, pero, movido por la curiosidad, optó por llevar una mano a su sombrero y quitárselo tímidamente, lo que le hizo perder altura a una velocidad alarmante. Rápidamente, volvió a colocar el gorro en su lugar, con lo que pudo volver a estabilizar el vuelo, para alivio suyo. Tuvo que esforzarse para alcanzar a Cornelio, que no parecía haberse percatado de su pequeño experimento.

—Esos seres, no los había visto antes —comenzó a decir el viejo—, pero bien que me recordaban a unas criaturas que solían aparecer en cuentos de miedo, también en las pesadillas.

—Goblins, así es como se llamaban, si no recuerdo mal —dijo Sigfrido.

—Muertos vivientes, brujas, ahora goblins. También hay quien asegura haber visto fantasmas, incluso ogros y trolls. Todos ellos seres que vivían en las historias que han pasado a nosotros de generación en generación. Siempre había quien aseguraba haber visto alguno, aunque, en realidad, nunca podía demostrar que era cierto. Ahora, sin embargo, el que no los ve es porque está ciego, o muerto.

   Algo llamó su atención desde su izquierda, al oeste, donde, desde lo alto, casi a la altura de las nubes, pudieron ver una porción de tierra que parecía haber sido oscurecida por algún tipo de devastación. En el centro, respondiendo a un extraño e inexplicable capricho de la naturaleza, se alzaba una especie de montaña solitaria cuya forma se asemejaba a la de una siniestra calavera, que abría sus fauces de un modo desmesurado, mientras sus ojos se clavaban angustiados en el alto cielo. Su sola visión era suficiente para detener el latido de cualquier corazón, por bravo que fuese. Se trataba, sin duda, de un nuevo e inquietante descubrimiento. Nunca antes había estado ahí. Sigfrido, al ver el gesto de Cornelio, supo que tenía razones para temerse lo peor.

   Imagen tomada de www.es.warhammerfantasy.wikia.com

4 comentarios:

  1. Brujas, zombis y ahora goblins.. qué pasada¡¡ este fragmento viene con moraleja¡¡ me parece muy bueno pero me gustaría que los magos se implicaran un poco más a la hora de ayudar a los humanos... qué masacre¡¡ bueno, iremos viendo¡¡ Genial, como siempre¡¡

    ResponderEliminar
  2. La verdad es que estoss dos no tienen arreglo. Alguien debería hacer algo, desde luego. ¡Un momento! Yo soy el autor... Sí, por supuesto, la siguiente entrada podría ser un buen lugar. 😊

    ResponderEliminar
  3. Felicitaciones, Miguel Ángel. Habrá que seguirte en Wordpress

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Muchas gracias! Se me está complicando la ligera revisión de las primeras entradas del blog, las cuales hice como si de una especie de broma bienintecionada se tratase. No sé en qué momento empecé a tomármelo más en serio, pero sucedió, y éste es el resultado, para bien o para mal.
      Quizás en dos o tres semanas ande ya anunciando la primera entrada de la segunda parte, para lo cual, me veré obligado a presentar antes un resumen de lo acontecido hasta el momento en la historia.
      Un saludo y gracias por tu amabilidad.

      Eliminar