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domingo, 28 de febrero de 2016

39. Sálvese quien pueda.

   Aún bajo los efectos de la incertidumbre y la fatalidad, Sigfrido contemplaba desde el aire los restos de la reciente tragedia, preguntándose si aquello habría supuesto el final de Cornelio; desde luego, como testigo directo del incidente, tenía la firme impresión de que el golpe debió ser terrible de veras. Quizás, debido a la necesidad de encontrar la lógica a las cosas, se esforzó en hallar una explicación a lo que acababa de presenciar, aunque se le hacía difícil encontrar un razonamiento que calmase su inquietud ante algo como aquello; el anciano había cedido a la locura hasta el punto de llegar a desear la muerte de aquella bruja aún a riesgo de poner en peligro su propia vida.

   Discurría Sigfrido acerca de ese turbio asunto, recorriendo con sus apesadumbrados e incrédulos ojos los cuerpos yacentes del viejo y la hechicera, ésta, sin su cabeza, cuando algo llamó su atención; un objeto oscuro como las profundidades de un insondable abismo, que desde el primer instante le resultó familiar. Se trataba del misterioso libro por el que Cornelio sintiera una pasión irracional desde el mismo momento en que lo tuvo entre sus manos. Sin saber muy bien por qué, quizás respondiendo a un impulso que no admitía ni quería reflexión, se sorprendió a sí mismo descendiendo hasta el lugar donde éste estaba, el cual, tras tomar tierra y envainar como mejor pudo su oxidada espada, tomó y guardó sin prestarle mayor interés en el compartimento que había sido confeccionado, quizás a tal efecto, en la parte interior del bajo frontal de su vestido.

   De súbito, volvió a ser consciente del fragor de la encarnizada batalla que se libraba a su espalda, a pocos metros de él, lo que le hizo sentir como si hubiese despertado de un extraño sueño, aun sin haber dormido. “¿Qué diablos hago aquí, en el suelo, jugándome el tipo de este modo? ¿En qué piensas, cabeza de chorlito?”, se decía, alterado, Sigfrido, que, con gesto preocupado, echó la vista atrás, descubriendo con horror que las filas de los defensores parecían tener sus minutos contados, pues si era cierto que éstos se batían con una profesionalidad y bravura fuera de toda duda, también lo era que los muertos llegaban sin cesar a la colina venidos de, al parecer, todas partes, atraídos por el tumulto de la multitudinaria refriega.

   Acosado por un repentino miedo, sin dedicar una triste mirada a Cornelio, ni siquiera un fugaz pensamiento, Sigfrido montó de nuevo sobre su escoba y se dispuso para efectuar el despegue de inmediato, tal como es de recibo en cualquier situación de urgencia, como lo era aquella. Justo entonces, un inesperado golpe de aire hizo acto de presencia, obligándole a cerrar los ojos momentáneamente, lo que le llevó a posponer sus planes de fuga. Cuando los efectos de la brisa parecieron mitigarse, volvió a abrirlos, y sólo entonces decidió emprender el vuelo. Sin embargo, al contrario de lo que debía suceder, por alguna razón que se le escapaba, sus pies no lograban despegarse del suelo, lo que le llevó a padecer un instante de agitada confusión.

   Una vez repuesto de aquel desconcierto, Sigfrido concluyó que debía comprobar que adoptaba la posición adecuada, cambió, eso sí, la postura de sus manos, que, quizás, se agarraban al palo de la escoba demasiado abajo. Una vez satisfecho, diciéndose a sí mismo que en adelante debería prestar mayor atención a las cuestiones relacionadas con asuntos de esa índole, repitió el intento, esta vez, fijando la vista en el alto cielo y acompañando el gesto con un fuerte deseo de volar. En esta ocasión, la decepción le cayó encima como un jarro de agua fría, pues la escoba, a la que comenzó a maldecir con la palabra y el pensamiento, seguía negándose a efectuar el despegue. Alertado por el súbito ruido de unos pesados y agitados pasos, que le obligaron a desviar su atención de aquello que con tanto empeño hacía, se dispuso a volver la cabeza con objeto de averiguar la identidad del autor de los mismos, descubriendo que se trataba de un asustado lancero, que, desarmado, pasó corriendo junto a él, y que profirió un alarido de pavor al verlo. Eso sólo podía significar una cosa, que los soldados comenzaban a dar por perdida la batalla, lo cual no hacía más que empeorar la situación. Sintiendo cómo los nervios se acrecentaban en su interior, desplazando de ese modo a la razón, se vio corriendo de un lado para otro con la escoba entre las piernas al tiempo que la instaba a volar con irreflexivas frases tales como: “¡Vuela de una vez, estupido trozo de madera mal tallado!”, o, "si no me obedeces, te prometo que te haré barrer el primer vertedero que encuentre", sin lograr el menor resultado. El sudor frío, tan propio del miedo, no tardó en correrle por la frente, cosa que sucedió poco antes de que empezase a jadear a causa del cansancio.

   Cuando fueron ya muchos los soldados a los que había visto salir huyendo, uno de los cuales, se detuvo a mirarle para luego correr con más brío, si cabe, del que ya imprimía a sus piernas, sucedió que, mientras seguía a éste con la mirada, la brisa decidió volver a soplar con fuerza, lo que hizo que un objeto, que era arrastrado con cierta dificultad por el aire a ras de suelo, se cruzase en su línea de visión. Sigfrido lo reconoció como un sombrero picudo de color negro, similar al que usaban las brujas, y eso le hizo suponer que se trataba del que tocaba la cabeza de la hechicera antes de ser decapitada por Cornelio durante el espectacular descenso en picado que protagonizó junto a su víctima.

   Todo esto sucedió en no más de unos pocos segundos.

   Sigfrido, que no estaba dispuesto a perder el poco tiempo que tenía en reflexiones de ese tipo, se centró en su principal objetivo, que era hacer volar la maldita escoba de una vez por todas. Entonces, al volver la vista hacia la punta de la misma, cosa que hizo mientras corría dando gritos a causa de su creciente inquietud interior, descubrió que había otro sombrero picudo, que guardaba un extraordinario parecido con el anterior, tirado por el suelo a unos metros en la dirección en que se movía. Esto hizo que se detuviera en seco y mirase hacia uno y otro lado, cerciorándose de que ambos sombreros no eran el mismo, después, quizás guiado por el instinto, buscó con los ojos a Cornelio, que seguía sin dar el menor signo de vida, en la misma posición en la que había caído, y que, tal como recordaba, a pesar de todo, aún tenía puesto el suyo. Tras pensarlo un instante, cosa que hizo con el corazón acelerado y el alma en vilo, Sigfrido soltó la escoba y se llevó las manos a la cabeza, lo que le llevó a concluir que uno de aquellos gorros picudos que el aire arrastraba debía ser el de la bruja, y el otro, a falta de más pruebas, no habiendo nada allí donde había esperado encontrar algo, suyo. “¡Es el sombrero! El aire me despojó de él”, pensó. “¡La escoba no volará si no me pongo el maldito sombrero!”. 

   Para ese entonces, los pocos guerreros que quedaban en liza, viendo cómo su gran capitán caía a las primeras de cambio a causa de un desgraciado tropezón, motivado por su empeño de dar muerte con excesivo decoro en su ejecución a un zombi con aspecto de haber sido en vida un hombre enclenque y de espíritu apagado, quizás, por mantener su fama de gran espadachín hasta el final, rompieron filas desordenadamente, abandonándose los unos a los otros al capricho que la suerte tuviese a bien reservarles. Sólo algunos valientes, a los que bien podría llamárseles locos por mantenerse fieles a su convencimiento de que era mejor morir combatiendo que huir para vivir un día más, decidieron quedarse y luchar hasta el último aliento, el cual exhalaron algo más tarde, en medio de un horror y un sufrimiento indescriptibles. Fue así que Sigfrido, en su afán de escapar surcando los aires, se vio yendo a la carrera a por uno u otro sombrero, entre un sinfín de asustados soldados que, cegados por el miedo, corrían en busca de la salvación, lo que hacía que ambas prendas fuesen pisadas y pateadas sin compasión, con lo cual, fluctuaban con total desconcierto hacia todas partes, confundiendo hasta tal punto al muchacho, que cuando no tropezaba con algún desertor cada vez que cambiaba de parecer sobre cuál de aquellos sombreros estaba más a su alcance, lo hacía con sus propios pies. 

   Cuando no quedó nadie más que huyese de la batalla, estando los no muertos atendiendo como merecían a los restos de los últimos defensores, de los cuales alguno aún tenía fuerzas para lamentar su suerte y maldecir la estrechez de miras que a una muerte tan atroz lo había llevado, Sigfrido pudo hacerse sin el menor problema con uno de aquellos sombreros, el que mejor aspecto presentaba, y tocó con él su cabeza, lo que le daba la imagen de una bruja a la que alguien había golpeado repetidas veces en la testa con un enorme martillo de guerra. Volvió, entonces, a situar la escoba entre las piernas, y, casi al instante, respondiendo a su imperioso deseo, sintió al fin que sus pies, en efecto, se separaban del suelo. Sin embargo, no logró ganar más altura que la que alcanzaba la cintura de un hombre de cierta envergadura, por lo que su vuelo se desarrollaba a ras de suelo. Podía, eso sí, virar con toda normalidad, al menos con la normalidad a la que él estaba acostumbrado en su corta experiencia en vuelos con escoba; la velocidad, a su entender, tampoco parecía haber sido afectada. “Parece evidente que si el sombrero está dañado, la escoba no responde de la misma forma”, pensó reflexivo. Recordó entonces que el gorro picudo de Cornelio estaba prácticamente intacto, y que, estando los zombis aún entretenidos con sus víctimas, dispondría de un precioso aunque escaso tiempo para ir junto al cuerpo de éste y, tras presentar con brevedad sus respetos en caso de fallecimiento, intercambiar las prendas a su total conveniencia. Así lo hizo, deslizándose primero hasta donde estaba el cuerpo del anciano, al que dejó su sombrero a cambio del de éste.

   En el mismo momento en que esto sucedía, Cornelio abrió los ojos, dando un susto mortal a Sigfrido, que casi cae de espaldas a causa del mismo. 

—¿Qué estás tramando? —preguntó el viejo, malhumorado.

—¡Estás vivo! —exclamó el joven, incrédulo.

—¡Por supuesto que estoy vivo! ¿Por qué no habría de estarlo?

   Sigfrido apenas se había repuesto de la sorpresa.

—Chocaste contra el suelo por querer matarla —dijo.

—¿Matarla? ¿A quién? —preguntó Cornelio, que parecía no entender.

   Sigfrido señaló la cabeza de la hechicera que el viejo aún agarraba de los pelos con la mano izquierda.

—A ella.

   Cornelio miró a los ojos sin vida de la bruja, entonces, pareció recordar. Con gesto triunfante, acercó su trofeo al rostro y depositó un besó en sus labios, lo cual provocó un gesto de asco en el joven, que fue testigo de todo aquello.

—Es una preciosidad —dijo, justo antes de arrojar lejos la cabeza de la hechicera. —¿Cuál es la situación?

   Sigfrido le invitó a mirar atrás para que él mismo sacase sus propias conclusiones. Algunos muertos avanzaban ya hacia ellos, y, aunque desde esa distancia no percibieran aún el olor del joven, acabarían haciéndolo cuando estuviesen más cerca, con las nefastas consecuencias que eso tendría.

—Supongo que debemos irnos —concluyó el anciano, que tendió la mano a Sigfrido para que éste lo ayudase. —Viniste a despertarme, a prestarme tu ayuda, supongo.

—Sí, así es —mintió resueltamente Sigfrido, que aceptó servir de apoyo a Cornelio hasta que éste estuvo al fin en pie.

—No creas que estoy en deuda contigo, yo he salvado tu vida por dos veces, jovenzuelo. Pero gracias por el gesto, me ablandas el corazón.

   Dicho esto, el anciano, luego de ver que la escoba de la difunta bruja estaba en mejor estado que la suya, concluyó tomarla del suelo y dejar allí la otra, y se la puso entre las piernas. Después, guardó el hacha en su lugar correspondiente.

—¿Tienes el libro? —preguntó en última instancia a Sigfrido.

—Sí, lo llevó a buen recaudo —contestó éste sin pensar, como si le hubiesen arrancado la respuesta de las mismas entrañas, lo cual no acabó de gustarle.

   Entonces, con gesto decidido, sin apenas rasguños, Cornelio echó a volar de un modo tan enérgico que hizo temblar al joven, que, justo antes de tratar de imitar al viejo, se dio cuenta de que el sombrero de éste, el que hasta el momento de dar el cambio había sido suyo, al menos desde que lograra hacerse con él, yacía otra vez en el suelo. Los ruidos que le llegaban desde la espalda le hicieron saber que los no muertos estaban ya muy cerca. Cerró los ojos con fuerza y rezó todo lo que sabía antes de volver a abrirlos e intentar el despegue. Esta vez, para alivio suyo, logró emprender el vuelo tímidamente, nada que ver con el modo en que lo había hecho Cornelio.

"¿Cómo es que logra volar sin sombrero? ¿Cómo es posible que ni siquiera se haya roto un hueso tras un golpe tan tremendo?", pensó extrañado, al borde de los celos, Sigfrido, que agradecía, eso sí, volver a sentir la caricia del viento.

   Abajo, entre la horda de macilentos zombis errantes, una siniestra figura encapuchada, envuelta en negros ropajes, y que portaba una espada de hoja terrible, fijaba sus maléficos ojos en lo que supuso que debían ser dos brujas, a juzgar por su aspecto, que emprendían el vuelo. No lograba entender por qué durante la batalla habían prestado ayuda a aquellos hombres armados y dado muerte a una de sus hermanas. Aquel era un enigma que tardaría en olvidar, sin duda, y que, quizás, debiera poner en conocimiento de la pálida y bella dama que siempre vestía de blanco, aquella que con sus poderes le había provisto de aquel basto ejército de no muertos con el que cumplir el capricho de los dioses de castigar sin descanso a la humanidad, al menos hasta que éstos le ordenasen lo contrario.

   Imagen tomada de www.es.wikipedia.org Desconozco al autor, por lo que se agradecerá cualquier información al respecto. Si éste prefiriese que su obra no apareciese en esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.

8 comentarios:

  1. Esa dama dará qué hablar y nuestros amigos continúan haciendo enemigos¡¡¡ jajajaja... yo quiero un gorro picudo para volar en escoba¡¡¡ como mola esta historia¡¡¡

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    1. Vola sobre una escoba... Qué gran experiencia, aun en sueños. Gracias por leer.

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  2. Sigo de cerca tu relato, Miguel Ángel y en esta ocasión ya no veía el momento de que por fin Sigfrido emprendiera ese vuelo sin peligrar su vida al lado de esos zombis que venían a su encuentro. También la gran sorpresa de que Cornelio estuviera con vida me ha alegrado, porque viendo la desolación del lugar no las tenía todas conmigo, aunque siendo otro protagonista ¡cómo lo ibas a "matar" tan pronto! ja,ja,ja
    Seguiré pendiente del nuevo capítulo.
    Saludos cordiales
    ¡Feliz inicio de semana y mes!

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    1. Un individuo duro de roer este Cornelio, sin duda. ¿Hacia qué inquietante destino estarán volando ahora, me pregunto? Jajaja
      Gracias.

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  3. Hola Miguel Angel, muy escalofriante narración. Tiene el encanto de conducir al lector de principio a fin. Alguna vez escribí algo al respecto sobre una realidad...

    http://naurotorres.blogspot.com.co/2015/03/las-brujas-y-los-hechiceros-que-las-hay.html

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    1. ¡Muchas gracias! Muy amable por tu parte. Por cierto, interesantísimas historias acerca de brujas, aquellas a las que lleva el enlace a tu blog.

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  4. Leo y me agrada la historia que cuentas, así como todos los parámetros empleados para escribirla, pero comienzo tarde y el principio se me hace muy lejano, veré si me ánimo. Saludos.

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    1. ¡Muchas gracias! Y no te preocupes por pillar el hilo, ¡hasta yo me canso sólo de pensarlo! Jajaja

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