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martes, 23 de febrero de 2016

38. La batalla de la colina sin nombre.

   Agarrado a su escoba con una inquietud difícil de ocultar, Sigfrido continuaba su ascenso tras la fina estela de humo blanquecino que el artilugio sobre el que montaba Cornelio iba dejando a su paso. Una vez el anciano superó en altura las copas de los árboles más elevados, quizás unos metros por encima de éstos, viró hacia la derecha, en la dirección de donde les llegaba el sonido de los cuernos y el aguerrido redoblar de tambores, perdiéndose momentáneamente de la vista del joven, que, una vez llegado al punto donde el viejo había girado, imitó el gesto de éste, lo que le llevó a encontrárselo casi de inmediato suspendido en el aire, con la vista puesta en algún lugar del suelo, no demasiado lejos de donde se encontraba. Sigfrido se detuvo junto a él, examinando con curiosidad el gesto de Cornelio, que, al percatarse de la presencia del joven, instó a éste a que atendiera a la espectacular escena que se desarrollaba a poco más de un centenar de metros de ellos, lógicamente, a distinta altura.   En la cima de una escarpada colina, un nutrido grupo de hombres, no más de medio millar de guerreros pertrechados para la guerra, formaban una férrea línea de batalla. Tanto en los flancos como en el centro, ondeaban coloridos estandartes con insignias difíciles de distinguir desde la distancia.

   ¿Qué habría llevado hasta allí a aquellos soldados?

   Frente a ellos, emergiendo de entre los árboles, una horda de no muertos avanzaba desordenadamente. Marchaban a su encuentro con el único afán de extinguir para siempre el agitado latido de aquellos corazones que se ocultaban tras las cotas de mallas que protegían el torso de los inquietos infantes. Cuando ya iniciaban el ascenso hacia la cumbre de la elevación, cosa que sucedía con una lentitud sobrecogedora, el redoblar de tambores y el resoplar de los cuernos pareció ganar en intensidad antes de ser repentinamente silenciados. Entonces, la brisa les llevó el sonido de las voces de los oficiales impartiendo órdenes a la tropa, que respondía con gritos atronadores cuando recibían palabras de ánimo y promesas de gloria. Conforme el terrible enemigo se acercaba, las palabras fueron sonando con una mayor turbación, evidenciando un creciente miedo hacia el incierto destino al que habrían de enfrentarse una vez se iniciara el choque.

   Un individuo, situado en la retaguardia del ala izquierda, no pudiendo hacer frente al temor que lo invadía, arrojó las armas y rompió a correr desesperado en la dirección opuesta a aquella de la que llegaban los muertos. Un avispado sargento, que debía haber adivinado las intenciones del infeliz antes que éste iniciara la huida, logró derribarlo con suma facilidad. Tras un leve forcejeo, durante el cual el suboficial trató de convencer al soldado de que más le valdría volver a la formación y vender cara la piel junto al resto de compañeros; al no recibir de éste más que llantos y súplicas de que lo dejase ir como única respuesta, decidió acabar con la vida del desgraciado, clavando su daga en el corazón de éste sin mostrar el menor escrúpulo. Sigfrido, cuyos ojos, inexplicablemente, presenciaron la escena con la misma claridad con la que lo habrían hecho de haber estado a tan sólo una veintena de metros del lugar donde se cometió el crimen, sintió una profunda compasión por el injusto final que sufrió aquel hombre asustado. “¿Qué hay de malo en querer vivir un día más?”, pensó contrariado. “¿Es que los demás son inmunes al miedo, o actúan así porque ya no les cabe más temor?”.

   Cuando los primeros zombis andaban ya a unos metros de alcanzar la línea que formaban los soldados, éstos se apretaron los unos contra los otros, formando una sólida pared con sus escudos, de entre los cuales, asomaron largas lanzas de puntas afiladas. Una sombra de preocupación oscurecía sus rostros, pues, aunque parecían dispuestos a presentar batalla a un mar incesante de muertos vivientes, concluyendo que debían ser tan firmes como las rocas contra las que se estrellan las olas, sabían que enfrentaban un peligro para ellos desconocido y mortal. Quizás, con tesón y algo de suerte, lograsen que aquella marea de muerte retornara a las profundidades de las que venía.

   Aprovechando que todas las miradas se centraban ya sobre el enemigo, dos hombres de voluntades frágiles, también situados en la retaguardia, dejaron caer sus armas y huyeron despavoridos, gozando de una mayor fortuna que su antecesor, pues lograron escapar de la vigilancia de sus superiores, que apenas se percataron de lo ocurrido.

   Mientras todo esto sucedía, Cornelio y Sigfrido, con objeto de lograr una mejor perspectiva con la que saciar su curiosidad, se habían ido acercando lentamente al escenario de la batalla, que se cobró su primera víctima cuando, de una certera lanzada, un belicoso joven logró perforar la cabeza de un zombi bastante maltrecho. Pronto, el resto de muertos vivientes fue llegando a la hilera de escudos, donde eran contenidos mientras las lanzas trataban de darles un final apropiado a sus míseras existencias. Los oficiales arengaban a sus muchachos, y no dudaban en enviarles asistencia desde la pequeña escuadra que, desde atrás, hacía las veces de reserva, cada vez que lo veían necesario.

   Conforme iban acercándose más zombis, empujando a los de delante contra los escudos, la presión sobre los defensores fue haciéndose cada vez mayor, no teniendo éstos más alternativa que retroceder algunos pasos, lo cual trataron de hacer de la forma más ordenada posible. Sin embargo, la línea no se mantuvo todo lo equilibrada que debiera, presentando fisuras en algunos puntos de la misma, por donde los no muertos, incansables en su empeño, lograron adentrar algunas garras terribles que tiraban hacia fuera de cualquier cosa en la que hubiesen hecho presa. Los primeros gritos de espanto sobrevinieron cuando aquellos que veían cómo sus amigos eran atrapados, desviaban la atención del combate para ofrecerles una mano salvadora, lo que les dejaba a ellos en una frágil situación. Fueron muchos los que, de este modo, acabaron siendo arrastrados al interior de aquella tempestad de muerte, donde habrían de sufrir un tormento indescriptible y atroz. A una orden del gran capitán, un hombre de extraordinario porte que vestía una reluciente armadura finamente ornamentada, los cuernos sonaron por tres veces, al igual que los tambores, y toda la tropa, respondiendo a la perfección dada la dura instrucción recibida, retrocedió con una rapidez inusitada, formándose primero los que hasta ese momento habían permanecido en la retaguardia, siendo ésta ocupada ahora por los que habían combatido en primer orden, lo cual les daría a éstos un leve y merecido descanso.

—¡Cada hombre debe cuidar de sí mismo! Si prestamos ayuda a uno solo de nosotros, el resto perecerá. Si veis que se llevan a alguien, la mejor misericordia que podéis mostrar es aplastándole el cráneo, ahorrándole así un gran sufrimiento. ¡Mantened la posición con firmeza! —gritó el oficial al mando, a lo que todos respondieron al unísono con un grito que habría hecho retroceder a cualquier otro enemigo.

   Pero los muertos no conocían el miedo, los movía el deseo por la carne de los vivos, y cuando los soldados que habían caído bajo sus garras, parcialmente devorados, daban muestras de volver a la vida, si es que se podía llamar vida a aquello, se dirigieron decididos hacia el lugar donde había sido establecida la nueva línea de defensa. El muchacho que había protagonizado la primera lanzada con la que se iniciara la refriega, marchaba ahora en el bando opuesto, con el rostro y el cuerpo desfigurados, con un mensaje terrible escrito en sus cadavéricos ojos. Un tajo de espada le hizo caer con estrépito mientras se empecinaba en traspasar la barrera de escudos de la que, hasta no hacía mucho, estando aún en vida, él mismo había formado parte.

—¡No cedáis! —las órdenes se sucedían unas a otras—. Si perdemos el dominio de la colina no tendremos ninguna posibilidad. ¡No cedáis!

   Desde lo alto, Cornelio y Sigfrido, que guardaban un sepulcral silencio, no habían perdido detalle de cuanto ocurría. De súbito, el anciano, con los ojos inyectados en sangre, empuñó el hacha y se dejó caer sobre la horda de muertos, protagonizando un arriesgado vuelo rasante a la altura de las cabezas de éstos, las cuales iba golpeando según pasaba. Sigfrido, en cambio, no vio con demasiado entusiasmo el abandonarse de ese modo a una orgía de muerte que, entre otras cosas, podría conducirlo a él mismo a alcanzar un trágico e innecesario final, no sin existir un motivo de fuerza al menos, que encontró en el momento en que comprobó, para horror suyo, que su escoba le había hecho descender hasta dejarlo al alcance de las garras de aquellos malditos seres venidos del infierno. Fue un tirón de uno de sus pies lo que le hizo darse cuenta de su delicada situación, a lo que reaccionó con rapidez esgrimiendo la espada y lanzando una desconcertante estocada que, por fortuna, logró cercenar la mano de aquel que pretendía atraparlo. “¿Qué diablos ha sucedido? ¿Cómo es que he perdido altura de este modo sin pretenderlo? Quizás, ha sido tanta la atención prestada a la batalla y al ataque de Cornelio que la escoba ha podido mal interpretar mis deseos, si es que es cierto que es el pensamiento lo que la mueve, y no otra cosa. Debo ser más cuidadoso en su uso”, pensaba Sigfrido, mientras, al igual que hacía el viejo, se deslizaba por el aire a escasos centímetros de aquel ejército de pesadilla, asestando golpes con más desorden que concierto. Hubo un momento, durante su vuelo, en que su mirada se cruzó con la de un soldado, que, perplejo, le siguió con los ojos muy abiertos. Sigfrido, tratando de insuflar ánimos al asombrado lancero, alzó la espada hacia el cielo a modo de saludo, dejándola caer con fuerza sobre un no muerto de considerable tamaño, al tiempo que de su garganta dejaba escapar un verdadero grito de batalla, quizás, el primero de esa índole que daba en su vida. El enemigo cayó fulminado casi de inmediato, y ese cúmulo de cosas sirvieron al muchacho que vestía como una bruja y montaba a lomos de una escoba voladora, tal como lo hiciera una bruja propiamente dicho, para que se viese a sí mismo como alguien capaz de resolver aquella complicada situación. Apretó los dientes con fuerza y trazó rutas imposibles entre los muertos, que le hicieron volar más bajo aún, con los pies a menos de una cuarta del suelo, ejecutando a todos los que se cruzaban en su camino. Durante aquella acción, el extremo de su escoba, el que hacía las veces de punta de flecha, por así decirlo, atravesó el abdomen de un muerto, al que fue arrastrando con extrema brutalidad en aquel ataque suicida. Aquello fue suficiente para hacer volver a Sigfrido a la realidad a la que pertenecía, aquella en la que sabía que no era ningún héroe. Alarmado consigo mismo, alzó el vuelo de inmediato, y, tras esquivar un intento de ser mordido por parte del desagradable pasajero que llevaba a bordo, cortó la cabeza del mismo con la hoja de su espada, empujándolo luego al vacío. Al acompañar con la vista al cuerpo en su caída, tuvo la sensación de que el panorama en la cima de la colina era un tanto caótico. Algunos soldados miraban asustados hacia arriba, justo al sitio donde él estaba. Supuso que confundieron su presencia con la de un enemigo más con el que batirse el cobre debido a su disfraz. 

   Un repentino grito de pavor llamó su atención. 

   Junto a él, a su izquierda, a la misma altura, un asustado guerrero era arrastrado por la acción de una mano que lo sujetaba con fuerza por la solapa, y que pertenecía a alguien que, como él, vestía todo de negro y montaba sobre una escoba voladora, y que no tardó en rebasarle, hasta situarse justo por delante. De pronto, el depredador soltó con crueldad a su presa, que fue a caer sobre una multitud de muertos que no dudaron en darse un festín con el pobre hombre, que no tuvo tiempo de dolerse de los muchos huesos rotos que aquel golpe, a buen seguro, le había dejado. Sus compañeros, horrorizados por lo que acababa de ocurrir, mantenían las filas como podían, pero empezaba a ser evidente que contemplaban con preocupación la posibilidad de ser derrotados. Sigfrido pensó en Cornelio, pues no podía ser otro, en las razones que lo habrían llevado a cometer aquel crimen despiadado. Entonces, notó cómo alguien le daba una palmada en el hombro por el lado opuesto; se trataba del viejo, que le hizo señas para que guardara silencio y no llamar así la atención de lo que debía ser una auténtica bruja que, sin duda, a juzgar por la indiferencia que había mostrado al pasar a su lado, debió tomarlo a él por otra. El muchacho sintió cómo se le aceleraba el corazón, pues reconoció de inmediato el peligro en que se encontraban.

   ¿De dónde habría salido aquella hechicera?

   Quiso decirle al anciano que deberían marcharse de allí cuanto antes, pero éste mantenía la vista fija en la bruja, que ya iniciaba un rápido descenso hacia la hueste de soldados, que seguían valerosamente empeñados en defender la posición, a pesar de todo. Cornelio fue tras ella, con el odio grabado en sus ojos, y Sigfrido, que no sabía hacia dónde ir ni qué hacer, se vio a su vez siguiendo al viejo, cuyo afán por atrapar a la hechicera —que descendía sobre su presa emitiendo una estridente carcajada, ignorando lo que sucedía tras ella— era tal, que logró situarse a su altura. La bruja, percibiendo la cercanía del anciano, giró extrañada la vista hacia él, con la consiguiente expresión de sorpresa. Cornelio, que no le daría más tiempo del necesario, la agarró del largo y enmarañado cabello con la mano que, hasta ese momento, había sujetado la escoba, y tiró de la cabeza hacia atrás con toda la fuerza que pudo. Acto seguido, con la mano que empuñaba el hacha, descargó varios golpes en el cuello desnudo de la hechicera, hasta cercenar su testa. Justo en el momento en que contemplaba triunfante su trofeo, el anciano, olvidando por completo que la acción se desarrollaba en pleno descenso, fue a estrellarse contra el suelo, tras las filas de combatientes, yaciendo su cuerpo junto al de la bruja, cuya malograda cabeza seguía aferrada a la mano de Cornelio. 

   Consternado, Sigfrido contemplaba todo desde el cielo, describiendo nerviosos círculos con su escoba sobre el lugar del accidente. A pocos metros, la batalla parecía alcanzar un punto que podría determinar la suerte de la misma. La línea que formaban aquellos soldados parecía a punto de saltar en mil pedazos. De hecho, algunos zombis, llevados por la imposibilidad de avanzar por el centro, empezaban a flanquear las defensas.

   “Sálvate a ti mismo”, le dijo una voz interior. Y por primera vez, dudó si debía seguir su consejo.

   Imagen tomada de www.medievalchronicles.com Desconozco al autor, por lo que se agradecerá cualquier información al respecto. Si éste prefiriese que su obra no aparezca en esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.


4 comentarios:

  1. Buahhh¡¡ esto se pone cada vez más interesante¡¡¡ qué pasada¡¡ y ahora una bruja? a ver cómo se resuelve esta nueva y accidental aventura¡¡ genial¡¡ como siempre¡¡¡

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    1. Muchas gracias. A saber qué hace ahora Sigfrido. Pronto lo sabremos. 😊

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  2. Hola, paso tarde y después de muchos capítulos, difícil se me hará la lectura completa, pero tu estilo y narración vale la pena intentarlo, aunque menudo tocho. Saludos y gracias por pasarte por mi blog con tanta frecuencia, espero disculpes mi desidia, no es solo contigo, es general y no creo que tenga fácil solución.

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    1. ¡Muchas gracias! Y no te preocupes, que a mí me ocurre también; voy a tirones. Así que no te sientas obligado a corresponder, en absoluto. Y sí, es un tocho, ciertamente. Se me fue la mano. Y eso que empecé el blog sin ser demasiado cuidadoso y creyendo que lo dejaría a las pocas entradas. Jajaja
      ¡Un saludo!

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