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domingo, 7 de febrero de 2016

36. Subir y bajar.

   El que una vez en el pasado respondiese al nombre de Renato Orondacintura, carnicero de profesión que gozaba de muy dudosa reputación, miraba rabioso y expectante hacia arriba. De tenerlos aún, también extendería sus brazos hacia el mismo lugar donde fijaba sus grotescos ojos, pero sólo contaba con dos feos muñones putrefactos que le servían para bien poco. Su muerte le sobrevino cierto día, cuando, durante una borrachera muy severa, decidió que, antes de volver a casa, pasaría por la hacienda de Glorificada Vientreperverso, a la que solía visitar para saciar sus más bajos instintos animales, algunos incluso monstruosos, a cambio de una módica cantidad de dinero que, según la meretriz, nunca era suficiente cuando se trataba de soportar las exigencias de un cliente tan insaciable y degenerado, más si contemplaba que tenía esposa y dos hijos a los que apenas hacía caso si no era para reñirles en exceso, cosa que hacía habitualmente.
   Cuando Renato llegó a la casa de la mujer, situada a las afueras del pequeño pueblo donde vivía, se extraño de que la puerta estuviese abierta de par en par, como forzada, pero, pensando que así sería todo más fácil y rápido, entró tambaleante en la misma, donde, una vez dentro, captó un extraño ruido que, a pesar de la cogorza que tenía a bien disfrutar, acabó por alertarle. Estando todo muy oscuro, pues era de noche, decidió encender un candil que la dueña de la casa solía dejar muy cerca de la entrada junto a unas cerillas, para ocasiones en las que, por causas tan diversas como también eran comunes de su profesión, pudiera llegar tarde. Como asiduo cliente, Renato conocía este detalle, así como otros más, por lo que no tuvo problemas en hacerse con el artilugio y, a la tercera cerilla, por fin, encenderlo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la débil luz, comprobó que todo estaba patas arriba, como si aquel lugar hubiese sido el escenario de una batalla desesperada. No había nadie a la vista, sin embargo, aquel extraño sonido le llegaba de la planta superior, donde se hallaba el dormitorio en el que la hermosa señora desplegaba todos sus encantos con cualquiera que pudiese costearse sus codiciados servicios. Renato supuso que también sería el mismo lugar donde ésta debía dormir las pocas veces que la dejaban tranquila, y fantaseó con la idea de meterse algún día entre sus sábanas mientras soñaba y poder así despertar junto a ella, si es que era capaz de conciliar el sueño con semejante belleza al lado.
   “El estado en que ha quedado todo y estos ruidos se deben sin duda a alguna extravagante petición de alguien incluso más degenerado que yo”, pensó con depravación.
   Animado por las ingentes cantidades de vino ingeridas, Renato subió las estrechas escaleras dispuesto a fisgonear qué sucedía allí y, llegado el caso, también mezclarse en la faena. Pagaría lo que fuese, aun la recaudación íntegra obtenida aquel día con la venta de carne, parte de la cual, había dejado en la taberna de la que era fiel parroquiano.
   A cada peldaño, los ruidos se fueron haciendo más nítidos, aunque no era capaz de reconocerlos. Sólo una cosa tenía clara, que en la habitación había más de una persona, y que a juzgar por lo que oía, se debía tratar de gente muy obscena, para felicidad suya. Ya junto a la puerta de la misma, asomó la cabeza, pero al no atreverse en un principio a acompañarse del candil, no logró ver más que sombras en movimiento. Decidido a saciar su curiosidad, alargó el brazo que sujetaba la lamparilla y volvió a mirar, lo que le llevó a hacer un descubrimiento de un horror indescriptible. El mobiliario del dormitorio, al igual que sucediera en la planta baja, estaba prácticamente destrozado, las cortinas y las sábanas deshechas y revueltas, volcado el lecho. En el centro, media docena de desconocidos, con un aspecto aterrador, se empleaban con entera dedicación a devorar el cuerpo sin vida de una mujer que yacía en el suelo al tiempo que emitían gruñidos, diríase que de satisfacción. Paralizado por el terror, Renato reconoció el rostro del cadáver, que, aún intacto, permanecía contraído en un gesto de pavor y sufrimiento que haría cruzar el umbral de la locura a cualquiera que lo viese. Se trataba de ella, la misma a la que había ido a buscar en pos de hallar gozo entre sus estilizadas piernas, ahora destrozadas a causa de los mordiscos, al igual que su vientre.
   Huir hubiese sido la reacción más sensata, pero el hombre, cuya mente era nublada por la bebida, rompió su parálisis avanzando decidido e iracundo hacia el grupo de asesinos caníbales, irrumpiendo en su festín interponiendo sus brazos entre ellos y la víctima, apartándolos con fuerza mientras los condenaba a gritos por aquel acto tan repudiable. “¿Cómo os atrevéis con ella? ¡Tan hermosa! ¡Es mía! ¡Mía!”, decía enloquecido. En la refriega, el candil cayó sobre los restos de la meretriz, y la pequeña llama prendió en la ropa, hecha jirones, extendiéndose con extrema rapidez. Mientras el fuego cobraba vigor, Renato, que seguía en su insistencia de alejar todas aquellas fauces del cuerpo del que se alimentaban, contempló sobrecogido cómo éstas, después de que varias manos frías como el hielo le aprisionaran los brazos, se cerraban en torno a su carne, arrancándola con tremenda voracidad. Apenas sentía dolor a causa del vino que adormecía su cuerpo, pero su mente, aunque careciera de la frescura propia del que está sobrio, fue consciente de lo que aquello suponía. Trató de zafarse desesperado, pero la fuerza que reunían aquellas manos era irresistible. En el frenesí del banquete, aquellos seres diabólicos descarnaron las extremidades en cuestión de minutos ante la incrédula mirada de Renato, que, impotente, acompañaba cada mordisco con un grito de espanto. Pronto, las llamas treparon por las piernas de sus asaltantes, que, lejos de quejarse por el dolor, seguían dedicando toda su atención a su aterrada comida, que, quizás por instinto, volvió a avivar sus intentos de fuga dando nuevos y desesperados tirones. Aquellos seres, pues ya tenía claro que no se trataba de gente normal, respondieron afirmando su presa y atrayéndola hacia ellos y las llamas. Tal era la fuerza con la que Renato se resistía y la fiereza con la que sus depredadores, envueltos ya por el fuego, tiraban de él, que sus brazos, o lo poco que quedaba de ellos, acabaron desprendiéndose de su posición natural; primero uno, después otro, quedando éstos en poder de sus nuevos dueños. El carnicero, viéndose libre, se giró sobre sus pasos y huyó despavorido escaleras abajo. El dormitorio de la pobre mujer estaba condenado a arder, con él, también sus restos y aquellos diablos junto a sus mutilados brazos recién arrancados. “¿Cómo atenderé ahora el negocio sin ellos?”, pensó desorientado.
   Ya abajo, aún guiado en la oscuridad por la luz que le llegaba del incendio que se originaba en el piso superior, Renato se volvió antes de salir, echando un último vistazo al interior de la hacienda de la hermosa Glorificada, que tan trágico final había tenido. Entonces, corrió, sin tener en cuenta hacia dónde dirigirse, pues sólo pensaba en alejarse de allí. Cayó sin sentido, debido a la hemorragia, no demasiado lejos de la casa, que comenzaba a ser pasto de las llamas. Ni un último pensamiento para su mujer y sus hijos, ni siquiera para su difunta madre, tan sólo el recuerdo de sus burlas acerca de esos rumores sobre muertos que, de repente, caminaban y devoraban a los vivos. Después, exhaló su último aliento, y su alma, lejos de hallar un inmerecido descanso, fue devuelta a su cuerpo, condenada a sufrir en su interior un encierro eterno y lleno de dolor, que sólo sería calmado cada vez que diera muerte a un ser vivo a golpe de colmillo. Y así fue que vagó sin rumbo al despertar como no muerto, sin recordar quién era ni qué hizo, sin pensar en nada ni nadie, sólo buscando un latido que apagar.
   Pero aquello sucedió hace días. Ahora, el muerto viviente que antes fuera Renato, miraba hacia arriba, acompañando a sus vacíos ojos con sus feos muñones, queriendo alargar los brazos que no tenía hasta las alturas, donde había escapado aquella bruja que olía tan intensamente como un ser humano.
   Así permaneció un tiempo, pues, aunque ya no recibiera ese hedor tan apetitoso, sí que seguía estimulado por los extraños movimientos que llevaban a cabo en el aire aquellos dos sujetos vestidos de negro con esas escobas, y el sonido de sus alteradas voces. Al cabo de un momento, conforme fueron ganando altura, empequeñeció su figura y dejó de oírlos, por lo que su interés se fue apagando. Cuando ya se volvía para marcharse, un ruido sordo se oyó tras él. Inmediatamente, el que antes fuera Renato, giró sobre sus talones y caminó resuelto hasta el lugar donde se había producido el sonoro incidente. No había nada que llamase su atención, salvo un objeto más negro que la noche, que parecía incrustado en la tierra. Si pudiese recordar algo, sabría que no había estado allí un instante antes, y que el artilugio en cuestión, sin ninguna duda, debería haber caído del cielo.
   Como un bobalicón aturdido por un dilema irresoluble al que quiere hallar una respuesta a la que no puede llegar, el zombi anduvo tambaleante en torno al libro, que, a pesar del golpe, permanecía intacto. Entonces, oyó una voz iracunda lamentarse desde arriba: “¡Nooo!”, decía el largo y estridente grito. Renato, o lo que antes era él, miró hacia el alto cielo, y el descubrimiento que hizo le hubiese valido para pensar, de poder hacerlo, que todo lo que sube, acaba bajando.
   Imagen extraída de www.blandmaloso.blogspot.com Desconozco al autor, por lo que cualquier información sobre el mismo será bienvenida. Si éste prefiriera que su obra no apareciese en esta publicación, no tendrá más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.

2 comentarios:

  1. Pobre Renato... si él supiera¡¡ me encantan las historias dentro de historias¡¡ qué bien lo haces¡¡ seguiré leyéndote¡¡¡

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