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lunes, 20 de junio de 2016

45. ¡Brujería!

   Los desagradables sonidos que producía aquella aberración en su empeño por engullir a su desgraciada presa, además de la horrible sensación que provocaba contemplar tan horrenda escena, hicieron que Alonso y Crisanto permanecieran inmóviles durante unos segundos que se volvieron desesperadamente eternos. Finalmente, fue el caballero el primero en reaccionar, abalanzándose sobre lo que antes fuera una puerta normal y corriente y tomando a Nicodemo por uno de los pies, del que tiró con fuerza. El hermano de Lúcida no tardó en situarse junto a él, haciendo lo propio con el otro pie. Ambos combinaron esfuerzos en un desesperado intento por salvar a Nicodemo, al que oían decir cosas que no eran capaces de comprender, aunque sí que imaginaban, dadas las circunstancias.   Espantada, Lúcida permanecía tan lejos como le era posible del lugar donde se desarrollaba la acción, cuando una inquietante pregunta acerca del tamaño que debía tener aquel ser acudió súbitamente a su cabeza. Se le ocurrió que podría hallar respuesta a la misma si, ayudándose de una luz y reuniendo el valor suficiente, se asomaba por una de las ventanas y echaba un vistazo. Tras pensarlo dos veces, sintiéndose en la obligación de hacer algo, la chiquilla corrió hacia la chimenea, donde se las ingenió para encender con relativa rapidez un pequeño farolillo de aceite que colgaba de una de las paredes, y con el cual se acercó a la ventana más próxima, desde donde esperaba gozar de una perspectiva que le permitiera hacerse una idea del alcance del problema al que se enfrentaban. Retiró el pestillo que mantenía bloqueada la puertecita de madera que impedía que nadie del exterior pudiese curiosear el interior y viceversa, y, sin atreverse a abrir la ventana, miró a través de ella hacia el lado donde estaba la monstruosa puerta, por llamarla de algún modo, esperando toparse con el gigantesco cuerpo de algún ser no menos abominable que el rostro al que se enfrentaban Alonso y Crisanto, y del que debía ser inequívoco dueño. Supuso que, dada la situación, la criatura debía estar echada sobre la tierra, desparramada cuan larga era, sin embargo, no vio más que oscuridad. Azotada por la inquietud y la agitación, tras una insistente ojeada durante la cual no logró descubrir nada digno de mención, Lúcida, justo cuando estaba a punto de desistir, se percató de la presencia de un objeto alargado apoyado contra la fachada de la casa. Centró la vista en el mismo y averiguó que se trataba de una vieja escoba. No recordaba haberla visto allí cuando llegaron, aunque es cierto que aquello había sido en plena noche y bien podría habérsele pasado por alto un detalle así.

—¿Recordáis alguno que hubiese una escoba fuera de la casa, no muy lejos de la puerta? —preguntó en voz alta.

   Alonso dejó escapar un extraño gemido al tiempo que negaba con la cabeza. Tanto él como Crisanto seguían tirando de Nicodemo con brío, y a Lúcida le pareció que habían logrado recuperar buena parte de él, aunque seguían lejos de poder rescatarlo del todo.

—Ninguna escoba vi, aunque debo reconocer que tampoco puse interés en buscar alguna —respondió el caballero con voz forzada—. ¿A qué viene la pregunta en un momento tan inapropiado como éste, si puede saberse?

   Lúcida no contestó, sino que volvió su atención a la ventana y, sin ceder al miedo, que lo tenía, abrió la misma, dejando el hueco suficiente para dejar pasar parte de su cuerpo. Primero sacó la mano con la que aferraba el farolillo para seguir luego asomando el resto, hasta llegar casi a la cintura. Una vez creyó estar en la posición idónea, giró la cabeza en dirección a la puerta. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, ayudándose con la escasa luz de la linterna que portaba, en lugar de encontrarse con un ser monstruoso, como esperaba, fue insólita testigo de cómo una mujer excesivamente mayor que reía maliciosamente sin parar, toda ella vestida de negro y tocada con un largo sombrero picudo del mismo color, tiraba del pobre Nicodemo, que, aterrorizado, no paraba de pedir auxilio. Más de la mitad del cuerpo de éste asomaba por el lado de la puerta que daba al exterior, y que presentaba un aspecto de lo más normal, a pesar de la dantesca forma que miraba hacia dentro de la casa y que había atrapado a su inquilino, al que parecía estar devorando en las mismas narices de aquellos que eran sus huéspedes y que ofrecían a la bestia toda la resistencia que les era posible.

   Lúcida advirtió de inmediato la importancia de poner en conocimiento de Alonso y Crisanto su reciente y asombroso descubrimiento. ¿Quién o qué demonios era aquella anciana y por qué disfrutaba tanto haciendo aquello? La niña cayó al instante en la respuesta: "¡es una bruja!", se dijo.

   Mientras la chiquilla mostraba su valía en un arriesgado ejercicio de investigación, el hermano de ésta y el caballero agotaban las pocas fuerzas de que disponían en su empeño por salvar a su desafortunado anfitrión. Tal era el cansancio, dado el poco descanso del que habían disfrutado en el corto periodo de sueño recién interrumpido, que a Crisanto, que aferraba una de las piernas de Nicodemo, le temblaron las suyas propias, lo cual le hizo caer durante un lance de tan singular contienda. Trató de incorporarse, pero su agotamiento le impedía moverse con la frescura que exigía el momento, así que permaneció sujeto al pie de la víctima que pretendía rescatar, pues hasta allí descendieron sus manos, aplicando su peso como única medida de oposición mientras buscaba tomar un merecido soplo de aire. Fue entonces que se percató de la incómoda cercanía de las nalgas de Alonso, que se dejaba el alma en un esfuerzo sobrecogedor. Crisanto, que apenas podía girar la cabeza, no pudo evitar fijarse que, justo a la altura de la entrepierna, el pantalón del gigantesco hermano de Lúcida presentaba un desgarrón de dimensiones considerables por el que asomaba buena parte de la nobleza del muchacho. Aquella visión resultó desagradable en exceso al caballero, que tardó en apartar la mirada de tan inesperado hallazgo, con tan mala suerte, que fue a apuntar con la nariz hacia el trasero del bueno de Alonso justo cuando éste, debido a la dedicación con la que se empleaba, sin olvidar los excesos que protagonizó durante la cena, dejaba escapar una larga, estruendosa, y maloliente ventosidad que bien podría haber protagonizado una mofeta sobrealimentada con serios problemas de digestión. Humillado, Crisanto soltó un lamento tan agónico como el de un moribundo, al que siguió un sinfín de maldiciones como nunca antes había dicho. De buena gana habría pateado aquellas nalgas, a pesar de comprender la involuntariedad de Alonso, que parecía pedirle sinceras disculpas con la mirada. Como respuesta, el caballero, colérico, con renovadas energías a causa de la ira, comenzó a tirar con fuerza del pie de Nicodemo mientras gritaba furibundo.

   En ese preciso instante llegaba Lúcida junto a ellos.

—Hay una mujer al otro lado tirando de Nicodemo. No está siendo devorado por ningún monstruo, aunque parezca lo contrario —advirtió.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Crisanto, que de repente caía en la cuenta de que, a pesar de los afilados y enormes colmillos que poblaban las fauces del grotesco rostro contra el que luchaban, no había sangre de ningún tipo que evidenciara mordisco alguno en su desgraciada presa —¡Maldición! ¿Qué diantres está pasando?

   Alonso gimió desconcertado.

   Ante la atónita mirada de todos, Lúcida, ignorando al monstruo, acercó la mano a la cerradura de la puerta, giró la llave y agarró el tirador de la misma. Después, hizo señas a su hermano y al caballero de que soltasen a Nicodemo. Éstos, tras dudar un momento, obedecieron. Las piernas del hombre desaparecieron al instante, lo cual aprovechó la niña para abrir la puerta con toda tranquilidad.

   Ante ellos, gracias a la luz que proyectaba el farolillo, pudieron ver a la vieja de la que les hablara Lúcida, que echaba ambas manos al cuello del aterrado Nicodemo, dispuesta a estrangular al buen hombre, sobre el que, además, se inclinaba con la intención de besar en los labios, para mayor horror de éste.

   Alonso gimió confuso.

—¡Es una bruja! —gritó la niña, que, de repente, señaló hacia un lado—. Ahí tenéis la escoba de la que os hablé, su escoba.

   Crisanto, exigiéndose un último esfuerzo, aunque no tuviese la espada entre sus manos, cargó decidido contra la que Lúcida calificó como bruja, dando por buena la acusación de la niña. La hechicera, al verse sorprendida, dejó libre a Nicodemo, que cayó al suelo con estrépito, absolutamente abatido, y centró su atención en aquellos tres insensatos que con tanta insolencia la habían interrumpido.

   Recibió al caballero sin el menor nerviosismo, paralizándolo con un rápido gesto de la mano. Lo mismo habría hecho con Alonso de no ser por la distracción que para ella supuso la visión del miembro de éste sobresaliendo por el roto de sus pantalones mientras se acercaba a toda velocidad, lo que dio al muchacho el tiempo suficiente para descargar en el rostro de la desconcertada vieja un fuerte puñetazo que habría sido suficiente como para arrancar la cabeza a la mayoría de los hombres comunes, sin embargo, la bruja no cedió más que un palmo de terreno a causa del impacto, tras lo cual, saltó sobre el muchacho dando terribles e histéricos gritos que parecían imposibles. Alonso apenas podía contener la rabia de la hechicera, que arañaba y mordía su carne tal como lo haría una bestia del campo que se siente acorralada y sin escapatoria. Aun así, el muchacho, lejos de amedrentarse, logró encajar un buen cabezazo entre los ojos de la enloquecida anciana, que volvió a retroceder aturdida, momento que fue aprovechado por Lúcida para arrojar sobre ésta el farolillo de aceite, que, al chocar contra el cuerpo del objetivo, se quebró, liberando incontables llamas que comenzaron a devorar a la bruja, que profirió alaridos de un dolor que parecía insoportable.

   A pesar de todo, la hechicera, en lugar de caer al suelo y agonizar, extendió uno de sus brazos incendiados hacia la escoba, que flotó en el acto hacia ella, y, tomándola, la montó a horcajadas de inmediato e inició un apresurado ascenso hacia el estrellado cielo nocturno, hasta confundirse con una diminuta bola de fuego que se desplazaba en las alturas en dirección sur entre terribles gritos donde se mezclaban el odio y la aflicción.

   De haber estado despiertos, el propio Sigfrido y Cornelio, que no estaban demasiado lejos de allí, la habrían visto pasar sobre sus cabezas.

   Nicodemo, aún tembloroso, trataba de recobrar la compostura.

—¡Qué horrible todo! ¡Qué horrible! —repetía una y otra vez.

—Será mejor que escondas eso —le pidió Lúcida a su hermano, tapándose los ojos con una mano y señalando con la otra las partes pudendas de éste que asomaban al exterior en vez de estar cubiertas como es debido.

   Alonso gimió avergonzado mientras trataba de rehacer aquel entuerto.

—Deberíamos irnos cuanto antes —dijo el caballero—. No sé cómo lo ha hecho esa anciana, pero me ha dejado petrificado. Sin embargo, no creo que tarde en recobrar el control sobre mí mismo, pues ya soy capaz de mover los labios, así como los dedos de los pies y de las manos. Nada que hacer con el resto, por el momento.

   Lúcida echo un vistazo al lado de la puerta donde antes hubiera una cara aberrante repleta de dientes afilados, encontrando que no había ahora nada fuera de lo normal. Sin duda, aquello había sido obra de alguna brujería, tal como sucedía en los cuentos; y ella, una niña, había sido capaz de resolver el problema al que acababan de enfrentarse y del que, por suerte, habían salido airosos.

—¡Qué horrible todo! ¡Qué horrible! —volvió a decir Nicodemo, que seguía afectado por lo sucedido.

   El lejano aullido de un lobo se dejó sentir en la noche.

   Imagen tomada de www.fleetingperusal.blogspot.com Desconozco la identidad del autor. Cualquier seña sobre el mismo será bienvenida. Si éste prefiriese que su obra no apareciese en esta publicación no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.

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