Suscripción por e-mail

domingo, 6 de septiembre de 2015

1. Inmundo Malhadado (un extraño prólogo).

   Sucedió una vez, en algún lejano lugar perdido en la memoria, que existió una colina sobre la que se erguía una solitaria y oscura torre tenebrosa, habitada por un brujo igual de oscuro y tenebroso que la torre donde vivía. Como era de esperar, los alrededores de la siniestra y malévola edificación presentaban un aspecto triste y desolador. La devastación y la ruina se habían extendido varios kilómetros a la redonda. Tal era la situación, que ningún ser vivo, de buen o neutro corazón, hacía vida en aquellos lares si no era a causa del despiste, lo que solía tener nefastas consecuencias para ellos. En cambio, nuevos vecinos, atraídos por los rumores de un nuevo lugar que haría las delicias de sus negras almas, decidieron instalarse en la zona de inmediato, ayudando así a acrecentar la fama de tierra maldita que sobre aquellos parajes había caído, otrora lugar de prosperidad para habitantes bienintencionados ya extintos o, en el mejor de los casos, convenientemente ahuyentados.

   Pero aquello no era del todo del agrado de Inmundo Malhadado, el oscuro brujo que habitaba en la solitaria y tenebrosa torre que se erguía sobre la colina. Llevar la desolación y la desgracia a aquellas tierras le había costado innumerables esfuerzos, esfuerzos que muy pocos sabrían valorar como es debido, tal es la naturaleza de los malvados, sólo pendientes de su propia codicia. ¿Qué se habían creído esos detestables muertos vivientes, licántropos, vampiros, y demás parásitos recién llegados a lo que él consideraba su hogar? No tenían ni idea de la cantidad de asesinatos, robos, incendios, hechizos y otros muchos actos viles a los que tuvo que recurrir hasta transformar aquel infierno en un sitio decente donde un brujo pudiese trabajar en paz en el rincón más profundo y oscuro de su torre sin temor a ser molestado. Ahora tendría que soportar las incesantes y molestas visitas de todas esas criaturas pidiendo ser sus secuaces, secuaces que no quería bajo ningún concepto. Tener subalternos implicaba delegar, y no estaba dispuesto a delegar ninguna de sus obligaciones en nadie.

   Era un brujo serio y responsable, y así pretendía seguir.

   Por supuesto, a esas alturas ya había recibido el inoportuno reto de medir fuerzas en singular combate con un par de caballeros andantes llenos de arrogancia, a los que despachó un tanto aburrido sin dar muestras de su, en ocasiones, cruel imaginación, y que, con toda seguridad, debieron ser contratados por los supervivientes exiliados a las devastadas tierras de más allá de las colinas situadas al norte de su tétrico dominio, donde habrían construido su nuevo hogar. Ya les daría su merecido personalmente cuando hubiese tiempo, castigando así lo que consideraba un injustificado acto de osadía. Por el momento, se le ocurrió contentar a sus nuevos vecinos con el propósito de hacerles entender que, aunque no deseaba sus servicios, sí que podrían quedarse a vivir por allí si eso les placía. De ese modo, los posibles héroes que pudieran venir a buscarlo en el futuro para hacer no sé qué en nombre de la justicia tendrían bastante más complicado llegar a la puerta de su torre y molestarlo de nuevo con asuntos tan insignificantes.

   Así fue que pidió a los nuevos habitantes de lo que consideraba su territorio que nombrasen a un único representante, que debería asistir esa misma noche a lo más alto de su torre para escuchar sus pretensiones mientras degustaba una cena que el propio brujo haría en su caldero, el mismo donde elaboraba sus pócimas más horripilantes. La propuesta fue bien recibida por la fauna de malditos nuevos residentes, y a juzgar por los ruidos que le llegaban, tenían sus más y sus menos para elegir al sujeto que, en representación de todos, iría a cenar a la torre del brujo. Al fin, un hombre lobo, un ejemplar deiforme, que no deforme, logró imponer sus argumentos con incontestable contundencia sobre el resto.

   Al atardecer, Inmundo Malhadado aún no sabía qué demonios cocinar. De hecho, nunca antes había cocinado, pero era de buen anfitrión llenar la panza del huésped hasta que ésta mostrara hinchazón. Entonces, Inmundo recordó que hace muchos años, quizás, demasiados, siendo niño, vio a su madre cocinar lo que debía ser un huevo de gallina. "Bien", se dijo. "Cocinaré un huevo, aunque no haya gallinas por aquí". De súbito, le vino a la memoria aquel viejo enano al que sobornó con perdonarle la vida y algo más a cambio de un extraordinario ejemplar de huevo de grifo que, por causas desconocidas, había acabado en sus manos. Sí, aquél fue el mismo enano al que arrojó a las fauces de aquella bestia hambrienta mientras le palmeaba la espalda felicitándolo por haber tomado la decisión correcta, aunque olvidó mencionarle también que sería la última que tomaría en su vida, pues le había prometido su carne al monstruo que lo había llevado hasta él como pago por los servicios prestados. "Un trato es un trato", murmuró para sí al tiempo que se alejaba y oía los desgarradores gritos del barbudo enano cada vez que éste recibía un mordisco. Pero su conciencia, si es que la tenía, estaba tranquila, había cumplido su palabra de no dar muerte al infeliz desgraciado, que bien podía haberlo hecho, que no por buen corazón había llegado a ser el malvado brujo que era. "Cómo gritaba aquel imbécil", se dijo entre risas. Sí, aquel huevo de grifo sería apropiado. Desgraciadamente, resultó ser una equivocación para sus planes originales de aquellos días, no siendo el ingrediente necesario para aquella poción que preparaba. De haber leído mejor el viejo grimorio se habría ahorrado un viaje tan largo y pesado —una lejana voz, la de un joven que le era familiar, sonó en su interior, apenas audible— "y ese enano no habría muerto".

   Buscó el huevo, del que recordaba tenía un aspecto magnífico, y que ejercía una especie de hipnosis sobre cualquiera que posase los ojos en él, aunque sólo fuese un instante. Lo revolvió todo a su paso, incluso los documentos arcanos más preciados.

   Nada, ni rastro.

   Fue un ruido el que le hizo volverse, y, por el rabillo del ojo, pudo ver al huevo que buscaba ocultarse tras un viejo volumen de hechizos para castigar niños traviesos. "Así que esas tenemos", se dijo. Alzó los brazos y agitó los dedos, liberando una ínfima parte de su inmenso poder en lo que para él no era más que un vulgar hechizo, haciendo que el huevo se elevara por los aires y levitara hasta su posición. Lo tomó entre las manos y se dirigió a la habitación donde solía preparar sus creaciones. Allí, sobre una ermita que siempre daba calor, descansaba su magnífico caldero, aguardando a que Inmundo vertiese sobre sus candentes y viscosos caldos los elementos que serían convenientemente maldecidos. En ellos arrojó Inmundo el huevo, que se resistió cuanto pudo, y buscando entre los libros halló algunas recetas sobre el modo cocinarlo como es debido. Uno tras otro, los ingredientes fueron cayendo en el pastoso líquido.

   Un último toque necesitaba: las babas del invitado.

   "¡Qué fastidio!", pensó. Tendría que esperar a que llegase el comensal para acabar de preparar la cena.

   Tomó asiento frente al caldero y se dejó atrapar por el sueño. Hacía mucho que no dormía. Su mente voló entonces hacia el lejano pasado, cuando un joven, quizás, el dueño de aquella voz con la que le hablara su pensamiento un momento atrás, recién alistado en el ejército, cometió un deleznable acto de traición hacia un amigo. Fue entonces que sucedió algo terrible e inesperado, y el mundo que conocían hombres y mujeres, así como otros seres vivos, se tornó en un lugar de veras tenebroso. Sin saberlo, con su deshonrosa acción, aquel muchacho insensato logró enfurecer a los dioses hasta tal punto que éstos acabaron abriendo la caja de Pandora. Por aquel entonces, Inmundo tenía otro nombre distinto al de ahora que no lograba recordar, y aunque no era mal hombre del todo, tampoco lo era bueno.

   Sí, sin lugar a dudas, el nombre de Sigfrido, que por alguna causa le había venido a la cabeza, le decía algo, aunque no lograba recordar qué.

   ¿Quién era en realidad ese insignificante mequetrefe y qué tuvo que ver con él?

   De repente, aun ignorando los motivos, Inmundo comenzó a sentir un odio insoportable hacia el propietario de ese nombre, sabía que tenía una poderosa razón para ello, aunque desconocía cuál.

   Un aullido rasgó la noche, sacando de su extraño letargo al viejo brujo. El invitado había llegado.

   Imagen tomada de www.amañando.blogspot.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario