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domingo, 13 de septiembre de 2015

4. Pan y vino.

   Al principio, Sigfrido no supo muy bien qué estaba pasando. ¿Qué diablos hacía dormido a la intemperie junto a un arroyo? ¿Y qué hacía una niña a esas horas de la noche fuera de casa, en mitad del monte? Se frotó los ojos y fijó la vista, descubriendo en la negrura que la niña extendía sus manos hacia él ofreciéndole un trozo de pan en una mano y una jarra con algo de vino en la otra, y que lo que le pareció un gemido o un lamento eran en realidad palabras dirigidas hacia él.—Bebed y comed, señor, que os hará bien —volvió a decir la chiquilla, que se mostraba paciente y respetuosa.

   Sigfrido, hambriento como estaba, no dudó en dar buena cuenta del trozo de pan que la niña le ofrecía, el cual le supo a poco. Y aunque ya hubo calmado la sed en el arroyo antes de caer en las redes del sueño, aceptó la jarra de vino de buen grado, el cual bebió presuroso en un principio, y con más calma al final, pues se le ocurrió que, quizás, podrían pasar muchos días antes de volver a probar aquel delicioso néctar de los dioses. Sí, debía saborear aquella maravilla sin prisas, guardando cada instante en su memoria. Al acabar la jarra tuvo ganas de llorar, pero se rehizo al instante y devolvió la misma a la niña con sentida gratitud.

  La chiquilla, que quizás tendría diez años, invitó a Sigfrido a seguirla, cosa que éste hizo en silencio. Los recuerdos de aquel extraño tumulto en la batalla mientras huía le golpearon entonces. "Aquellos gritos", pensó. "Aquellos horribles gritos".

   La niña lo guió hacia el interior de una pequeña arboleda, la cual dejaron atrás luego de dar unos cien pasos. A Sigfrido le fascinó la facilidad de la pequeña para caminar en la noche sin la ayuda de ninguna luz y no tropezar, cosa que él sí hizo en varias ocasiones, dejando escapar una maldición cada vez que eso ocurría. La arboleda dio paso a un camino, y junto a éste se alzaba una vieja posada en cuyo interior, si se prestaba la suficiente atención, podía oírse algo de ruido, que no mucho. Un pequeño farolillo iluminaba con timidez la entrada, y su luz permitía leer un descuidado letrero cuya leyenda rezaba: "Los regentes de 'La Penúltima' hacen saber: Al que viene y al que vino, que si no eses a por vino no se viene". Sigfrido, al leer aquello, no supo muy bien qué pensar, pero decidió ahorrarse la pregunta, ya que, en ocasiones, las explicaciones que desvelan ciertos misterios resultan decepcionantes.

   Fue recibido con cierta desconfianza, dadas las horas y su indumentaria, por el matrimonio que regentaba la venta, que no contaba en ese momento con ningún parroquiano, y que resultaron ser los padres de la niña, que debió dar varias explicaciones sobre su ausencia en el lecho y su aventura nocturna en pos de llevar pan y vino al guerrero que dormía en el arroyo, al que había visto esa misma tarde mientras jugaba, y sobre el que nada dijo por temor a ser reñida por inventar historias. El posadero regañó a su hija, instándola a que no volviera a cometer un acto tan irresponsable. Luego se dirigió a Sigfrido, al que ofreció una habitación para que pasara allí la noche, ofrecimiento que éste no tuvo el más mínimo pudor en aceptar con todo descaro. Sin embargo, al posadero y su mujer no pareció importarles en absoluto que aquel guerrero pudiera parecer algo fresco, por decirlo de alguna manera. De súbito, la posadera se ausentó brevemente, mientras su marido se perdía en absurdas explicaciones que no parecían interesar ni siquiera a él mismo, para reaparecer portando una vieja espada oxidada, junto a su cinto y su vaina, que ofreció a Sigfrido sin ninguna reserva. "Aquí no os faltará de nada", dijo. El modo en que fue dicha aquella frase albergaba muchos significados, demasiados, quizás.

   Sigfrido tomó la espada entre sus manos y, luego de contemplarla disimulando una admiración que estaba lejos de sentir, se despidió agradecido del interesado matrimonio. "Podéis quedaros tanto como gustéis, vuestra presencia es pago más que suficiente. Pensadlo", escuchó decir al posadero cuando cerraba.

   Dejó la vieja espada apoyada en la pared y, tras desprenderse de la pesada e incómoda cota de mallas, se dejó caer en la cama, la cual le supo a gloria. "No, aquí no hay crueles piedras que se claven en la espalda", fue su último pensamiento.

   Imagen tomada de www.lacompania.net Desconozco el nombre de su autor, por lo que agradecería cualquier referencia al mismo para poder así dedicarle una más que merecida reseña.



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