miércoles, 16 de marzo de 2016

42. La reflexión de Cornelio.

   Cuando ya tomaron tierra sobre la parte más elevada de una loma cubierta casi en su totalidad por una densa vegetación, lugar que ambos acordaron como el más apropiado en el más frío e incómodo silencio, concluyeron, también sin mediar palabra, tomar asiento el uno frente al otro, manteniendo una distancia entre ellos que no dejaba lugar a dudas acerca de la escasa simpatía que en aquel momento se tenían.

   Cornelio suspiró profundamente, parecía inmerso en el proceso de hallar el modo adecuado de iniciar una conversación que no diera pie, al menos en un principio, a una estúpida discusión malhumorada. Sigfrido, por su parte, no tenía la menor intención de tomar la iniciativa, tampoco de dejarse llevar. Estaba convencido de que la única necesidad que movía al viejo para querer hacerle entrar en razones era la de tener acceso al pesado libro —al parecer mágico— de rugosa y negra cubierta que guardaba en el compartimento interior del bajo de la falda de su vestido, de lo contrario, es probable que ya lo hubiese abandonado, o, peor aún, incluso matado. Lo veía en sus ojos, en cada uno de sus gestos, aunque debía reconocer que también podría deberse a su propia percepción de las cosas, un tanto desquiciada en los últimos días. Sea como fuere, no pensaba dar concesiones al anciano, salvo que éstas respondiesen a algún engaño, que bien podía darse el caso, pues el viejo no andaba en absoluto escaso de astucia y malicia, a su parecer.

   Mientras las palabras seguían sin dejarse sentir, la cabeza de Sigfrido discurrió hacia atrás en el tiempo, cuando, hacía unos días, siendo víctima de algún maleficio perpetrado sobre él por el espectro de aquel chiquillo que le insistiera tanto en que liberara su cuerpo sin vida de la horrible maldición que podría acabar afectando a su propia alma, perdió el rastro de aquellos con quienes marchaba. Al contrario que Cornelio o él mismo, se trataba de buena gente, de los que no rodean sus vidas con sombras demasiado oscuras y perversas, y eso le hizo recapacitar repentinamente sobre la insensatez que acababa de cometer desafiando de aquel modo al viejo, al que, de súbito, se sorprendió contemplando con cierto temor.

   Aprovechando que éste perdía la mirada en algún lugar del horizonte, quizás, donde suponía debía hallarse aquella singular montaña con aspecto de cráneo, estudió cada parte de su rostro, deformado en un gesto donde, en ese preciso instante, convivían la indignación y la impaciencia, entre otras cosas. Sus ojos, que parecían lejanos a cualquier esperanza, daban muestras de un hastío irreversible, y eran aquellas las ventanas por donde, en ocasiones, Sigfrido veía asomarse la oscuridad que atormentaba el alma de Cornelio. Entonces, acudieron a su mente las osadas acciones protagonizadas por éste y de las que había sido testigo: como el hecho de enfrentarse a las dos brujas que lo llevaban preso la misma noche en que lo conoció, provocando así la muerte de ambas; su intromisión en el claro de dónde provenían aquellas voces que oyeron mientras él trataba de solventar aquel incidente tan inoportuno del enganche de su vestido, sorprendiendo con las manos en la masa a tres asesinos sin escrúpulos a quienes pretendía ajusticiar por su cuenta, a pesar de hallarse en clara inferioridad numérica; o la forma en la que había acabado con aquella hechicera, sin tener en cuenta su propia seguridad, lo que le había llevado a accidentarse gravemente hacía tan sólo unos minutos. Era indudable que el anciano tenía agallas, todo lo contrario que él, pero también parecía disfrutar cuando, en pleno frenesí, lograba dañar a su objetivo. Aún recordaba aquel momento, cuando, mientras desvestían a aquellas brujas a las que pertenecían las ropas que llevaban puestas, una de ellas, que daba muestras de estar tan muerta como la otra, clavó de repente sus ojos en Sigfrido, al que parecía seguir con la mirada a todas partes. Entonces, Cornelio pisó la cabeza de ésta, apretando el pie hasta aplastarle el cráneo, cosa que hizo con un sadismo que no se preocupó en disimular. Aquello, sumado a su habilidad con el hacha, por la que parecía sentir especial predilección, hizo que Sigfrido comenzase a padecer los incómodos efectos de un sudor frío, provocado por un repentino miedo.

   "¿Qué diablos he hecho?", pensó el muchacho. "Este hombre, estando ya en el ocaso de su vida, incapaz, al parecer, de sentir miedo de las brujas o los zombis, puede que de ninguna otra cosa, que pretendía dirigirse a esa gigantesca aberración salida de la misma tierra sin tener en cuenta los peligros que pudiese albergar, que cada día que pasa le acerca más a su propia muerte por leyes naturales, ha visto frenado sus deseos por alguien que no ha demostrado ninguna valía digna de tener en cuenta, salvo la de esquivar el peso de la responsabilidad cada vez que ha podido: ese alguien soy yo. ¿Qué puedo esperar que haga en cuanto sea consciente de lo sencillo que le resultaría rebanarme el cuello mientras duermo y acabar de ese modo con mi molesta presencia? Es probable que ya lo esté pensando, que concluya disimular entendimiento y comprensión hasta que, llegado el momento idóneo, acabe dándome matarile. Puede que ni siquiera espere a que le de la espalda, pues tiene el arrojo suficiente para enfrentarse a mí, y yo le correría, a pesar de ser mucho más joven que él, pues vería la determinación en sus ojos, la que a mí me falta y puede que nunca tenga. ¿Y si lo mato yo mientras duerme o está desprevenido? No, no sería capaz de algo así, eso quiero creer. No por lástima, que también, sino por miedo a enfrentarme a mí mismo desde el momento en que lo hiciese. Preferiría huir, pero eso significaría estar solo en un mundo aberrante y terrible como éste; quizás, por esa misma causa seguimos juntos, porque ninguno quiere verse sin compañía, aunque no nos guste del todo la que tenemos al lado, que, bien visto, no deja de ser un semejante, que es mejor que nada. Pero no siempre es así, a veces, la experiencia es tan terrible que el camino conduce a una perdición de la que no puede volverse. ¿Será éste el caso? No quiero estar solo, pero tampoco quisiera arriesgarme a morir por no estarlo. Quizás, debiera hablar con él y decirle que, lo que realmente me ocurre, es que estoy aterrado".

   Cornelio aún guardaba silencio cuando Sigfrido decidió hablar.

—Creo que te debo una disculpa —empezó diciéndole, dubitativo—. No sé qué pudo ocurrirme, fue como si se me hubiese nublado la razón por momentos.

—Tratar de dar explicaciones no servirá de nada. Ambos nos limitaríamos a decirnos mutuamente lo que creemos que el otro desea escuchar, más preocupados por enterrar el hacha de guerra que de ser sinceros, lo que nos llevaría a silenciar las verdades tal como las sentimos, no dejándolas salir, emponzoñando más aún nuestras propias heridas, que acabarían infectándose de tal modo que podría no existir cura para ellas. Déjalo. No te fuerces. No merece la pena. Será mejor que aceptes que es así como funciona, a no ser que se trate de personas extraordinarias, cosa que ni tú ni yo somos —el viejo hablaba mientras jugueteaba con uno de sus dedos en la tierra, trazando extraños símbolos que carecían de importancia, al parecer—. No obstante, déjame decirte que, en cierto modo, llevas razón; tengo mis sombras, al igual que tú, como todos. Quizás, las mías puedan ser más acusadas, pero no porque tenga más pecados a mis espaldas que ningún otro, sino porque no trato de ocultarlas como sí hacen muchos, la inmensa mayoría. No, no me refiero a ti, tan joven e inexperto, aunque habría de decir que te sobran maneras para llegar a ser alguien oscuro de veras en el futuro, si es que sobrevives a este incierto presente y no haces por cambiar. Muchacho, el problema no es la propia oscuridad con la que convivimos, a pesar de todo, sino que nos negamos a nosotros mismos al no aceptar su existencia, apresurándonos a ocultarla de los demás disfrazándola con mentiras que nos harán cautivos de por vida. Así es el hombre, que prefiere vivir en paz con los demás antes que consigo mismo, ignorando que lo primero es imposible sin cumplir antes con lo segundo. Se fiel a ti mismo, Sigfrido, tal como hiciste hace un momento, cuando me increpaste, aunque te recomiendo que cuides las formas, aunque sólo sea por decoro. Yo debería hacer lo mismo, ya lo sé. Pero basta ya de tanta cháchara aburrida que a nadie hace disfrutar. Baste decir que la verdad es incómoda en ocasiones, difícil de digerir, dolorosa de aceptar. Anda, saca ese libro y hablemos sobre él en su presencia. Diría que, de algún modo, posee vida propia y que piensa por sí solo, y que trata de embaucar a su lector. Pero creo saber cómo despistarlo.

   Desconcertado, Sigfrido extrajo el libro, tal como le pidiera Cornelio, y lo puso entre los dos. El viejo se acercó al tomo e invitó alegremente al joven a imitarlo.

—He supuesto, tras mucho pensar, que cada hechicera porta uno de estos volúmenes. Sin duda, debe servirles como un recordatorio de sortilegios al que acudir cuando su memoria flaquea, si damos por bueno que lo que contienen son hechizos. El que debía ir en mi vestido bien puede estar sepultado junto a las brujas que colisionaron contra la casa donde te ocultabas hace unas noches. Siguiendo este razonamiento, es probable que aquella a la que he dado muerte hace un rato guarde otro similar. Es algo que, creo, deberíamos comprobar en cuanto pudiésemos.

—¿Qué lograríamos con eso? —preguntó Sigfrido, un tanto sorprendido por el cambio de actitud de Cornelio. No le parecía que fuese una treta para ganarse su confianza.

—Descartar la posibilidad de que todos los libros sean iguales. No tienen por qué serlo.

—¿Y de qué podría servirnos tal cosa?

—En el mejor de los casos, siendo muy optimistas, para extender nuestros conocimientos arcanos por encima de todas ellas, si es que eso es posible.

—Para eso haría falta saber leer la lengua en la que esos supuestos hechizos fueron escritos, después, si es que somos capaces de aprender algo, alcanzar su nivel, el cual ignoramos —protestó Sigfrido—. Y, la verdad, el detalle del idioma no deja de ser importante, si me permites la ironía.

Cornelio sonrió al oír al muchacho.

—Precisamente eso es lo que menos me preocupa, desde que le puse las manos encima, ese libro no hace más que susurrarme cosas en la cabeza, y créeme, aunque es cierto que se expresa en una lengua extraña, entiendo cada una de las palabras que dice. No te gustaría saber lo que piensa de ti —Sigfrido arqueó las cejas al oír aquello—. Para evitar que llegue a controlarnos, que es una sospecha de la que ya te hablaré más adelante, alternaremos la lectura, quizás, así tarde más en conocernos y doblegarnos a su voluntad, que creo que la tiene. No debemos olvidar que se trata de un libro hecho para brujas, posiblemente por otra de su misma especie, y nosotros no somos más que seres humanos. Pero, ¿quién sabe? Puede que esto nos lleve a adquirir una comprensión de todo este problema muy distinta de la que tenemos ahora, hasta es probable que demos con la solución, o que nos quedemos cerca, que ya es un logro.

—Muy alto apuntas.

—¿Y por qué no habría de hacerlo? ¿Es que no estás cansado ya de ser tan insignificante? El mundo está del revés, y el que antes estaba arriba ahora está por debajo. ¿Cuántos crees que habrá que, al igual que nosotros, hayan descubierto que son inmunes al interés de los no muertos, puede que también de otras criaturas, por ir vestidos como brujas? Particularmente, no creo que sean muchos.

   Y así fue como, contra todo pronóstico, Cornelio y Sigfrido comenzaron, al fin, a colaborar como es debido. Fue el muchacho quien, animado por el anciano, inició el estudio del enigmático libro mientras el viejo, satisfecho por el modo en que había resuelto aquella pequeña crisis, se dedicaba a buscar algo con lo que contentar sus hambrientos estómagos.

   

   Imagen tomada de www.imagui.com Desconozco la identidad del autor. Si este prefiriese que su obra no apareciese en esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.

domingo, 13 de marzo de 2016

41. Confianza rota.

   Aun desde la distancia, la visión de aquella aberración resultaba desalentadora a la vez que desconcertante. Sigfrido, que apenas podía apartar la mirada de lo que debían ser poco menos que las puertas de algún infierno emergido de las profundidades, a juzgar por su tétrico aspecto, no veía el momento de poner tierra de por medio. Cornelio, sin embargo, al contrario que el joven, parecía sentirse extrañamente atraído por aquel gigantesco accidente del terreno con forma de cráneo, que bien podría ser el origen de los oscuros acontecimientos que desde hacía un tiempo venían azotando al mundo.

—¿Qué estás tramando? —preguntó alterado el muchacho desde detrás—. No pienso volar hasta allí, si es lo que pretendes.

   El viejo frunció el ceño al oír aquellas palabras. Resultaba evidente que le costaba apartar la mirada de aquella solitaria montaña salida de una horrible pesadilla. Al fin, tras un considerable esfuerzo, decidió atender a Sigfrido.

—¿Te has preguntado cuántas respuestas podríamos encontrar allí? Tanto tú como yo sabemos que esa cosa tiene mucho que ver con todo lo que está pasando. ¿Cuál es tu propuesta, pasar de largo? Alguien debería solucionar este problema.

—¿Respuestas, dices? ¿Allí? Eso dependerá del tipo de preguntas, y las mías no encontrarán contestación en aquella dirección. Si me lo permites, te diré que lo único que veo cada vez que miro esa forma horrible es a la misma muerte, que parece asomarse desde el abismo para echarle un vistazo al mundo que está devorando, como si quisiera asegurarse que todo está lo suficientemente podrido para evitar indigestarse con nosotros. Que alguien resuelva este problema, como dices. Pero, por su bien y el de todos, debería asegurarse de estar a la altura, que se me antoja mucha, demasiada para mí.

—No hablo de enfrentarnos a eso, lo que sea, sino tratar de entender cómo funciona ese nuevo orden que, sin duda, acabará estableciendo su supremacía sobre todos nosotros. Quizás, abriendo la mente tengamos acceso a una serie de opciones que antes eran imposibles. El libro que guardas en tu vestido, por ejemplo, desde el momento en que lo toqué sentí algo especial.

—Ya me percaté de ello. Deberías disimular mejor —repuso Sigfrido.

—No espero que alguien como tú lo entienda, puede que sea pedirte demasiado, pero déjame decirte que esta mañana, cuando te marchaste en busca de algo de comer, lo cual me recuerda que seguimos en ayunas, estuve ojeándolo. Elegí una pagina al azar y comencé a leer, o a intentarlo, debería decir. Al principio resultaba imposible hacerse una idea de lo que todo aquel galimatías podría significar, pero, pronto, algo así como una extraña voz acudió a mi mente y comenzó a guiarme para que hallara el modo de descifrar aquellos símbolos. De repente, me vi entonando una serie de extraños versos, escritos en una lengua que, aunque extraña, no me costaba comprender. Todo fluía como lo hace el agua en el cauce de un río, sin embargo, cuando creí tener la clave al alcance de mi mano, me sobrevino una insoportable fatiga y me vi obligado a abandonar la práctica de tan interesante lectura, justo en el momento más inoportuno.

   Sigfrido enarcó las cejas.

—Eso que dices suena a magia, tal como se describe en las historias que me contaban de pequeño, las que trataban sobre brujas y magos, claro —dijo pensativo—. Me pregunto si pensaste en mí mientras leías.¿Lo hiciste?

—¿Cómo? —preguntó Cornelio sin comprender.

—Cuando me marché esta mañana para buscar comida, a petición tuya, todo sea dicho, dejándote solo, lo cual me resulta sospechoso, durante unos minutos, tuve la extraña y escalofriante necesidad de pensar en ti más de lo que cualquier persona en su sano juicio me hubiese recomendado. De hecho, lo que más me enfurece es que llegué a contemplar la posibilidad de convertirme en algo así como una especie de acólito adulador tuyo, y tenía la impresión de estar compartiendo mi cabeza con alguien más durante ese estúpido proceso, alguien que tenía tu voz, o eso creo recordar. Ahora, escuchando tu historia, me asaltan una serie de preguntas que, como ya te he dicho, no llevan la dirección de aquella enorme calavera a la que tú quieres ir, pero que sí quisieran saber si mientras leías aquellos versos fijaste en mí tus pensamientos y con qué intenciones, si puede saberse —dijo Sigfrido.

   Cornelio no respondió al instante, como si, para ello, necesitase ordenar sus pensamientos. Conviene advertir que, mientras esto sucedía, ambos volaban en paralelo, muy juntos, describiendo amplios círculos, aunque nunca en el mismo lugar, algo de lo que no eran conscientes.

—¿Quieres decir que notaste algo? —fueron sus únicas palabras, que sonaron bajo el inequívoco signo de la sorpresa y el entusiasmo.

—¡Así que reconoces haberme hechizado! —exclamó Sigfrido.

—¡No sucedió tal cosa! Pero sí, lo intenté, aunque fuera en vano —respondió Cornelio.

—¡No tan en vano! Que ya me vi respondiendo a ciertas cosas que decías, aunque no muy destacables, con demasiada premura y sinceridad sin haber pensado antes la contestación adecuada, cosa que no solía sucederme antes —protestó el joven.

—Quizás se deba a alguna suerte de secuela. Puede que el sortilegio, o lo que sea que fuese, no funcionase a causa de mi bisoñés en la materia, pero sí que logré ahondar lo suficiente como para provocar en ti un principio de confianza involuntaria hacia mí, al menos en las reacciones tempranas, cuando se trata de asuntos irrelevantes.

   Aquellas palabras provocaron el enfado de Sigfrido.

—¿Qué diablos estás diciendo? No confío en ti, eres demasiado oscuro. Sólo estoy contigo porque no tengo a nadie mejor con quien estar.

—Lo que estoy diciendo es una reflexión acerca de lo que pudo pasar entre tú y yo con ese supuesto hechizo, y créeme, es de esas cosas que se te ocurren mientras hablas sobre algo. Tampoco tú eres santo de mi devoción, si es que eso te sirve de algo, pero no puedo ir en compañía de los muertos mientras vago por estos campos malditos.

—¡Pues bien que podrías vagar con ellos! No te hacen ni caso, en cambio a mí, ya ves, les gustó demasiado; no hacen más que perseguirme en cuanto pasan demasiado cerca. Incluso esta mañana desperté con uno de ellos a punto de morderme. ¿Por qué no se fue a por ti y sí a por mí?

—Es por tu olor, ya sabes —respondió Cornelio, obviando mencionar que lo sucedido aquella mañana fue debido a su necesidad de averiguar de una vez por todas cuál era la causa por la que los no muertos atacaban al muchacho cada vez que tenían la oportunidad, a pesar de ir ambos disfrazados con la misma indumentaria. Él mismo se había encargado de llevar a aquel zombi junto a Sigfrido mientras éste dormía. Fue un milagro que no acabase mordiéndole. ¿Cómo decirle aquello? Significaría el final de su tirante relación.

—¡Ya sé que huelo a estiércol! ¡Ya lo sé, viejo sanguinario! —gritó el muchacho fuera de sí.

   Cornelio, comprendiendo que la discusión tomaba unos derroteros nada recomendables, trató de imprimir algo de tranquilidad en su tono de voz, también en su semblante, el cual suavizó tras suspirar profundamente. Se percató que, quizás, debido a la agitación en la que habían caído, perdieron bastante altura, lo que les llevó a situarse de nuevo sobre los árboles, volando en una dirección que no supo interpretar adecuadamente.

—Eso tiene arreglo, no tenemos más que encontrar un cauce de agua y ese problema habrá acabado —dijo—. Piénsalo; mientras tú te bañas y purificas, yo podría dedicarme al estudio de ese tomo mágico. Sus secretos podrían servirnos para hacer frente a esa oscura amenaza, al menos en parte. Tienes razón, ir allí, a esa aberrante guarida, o lo que se suponga que sea ese maldito cráneo de roca y piedra, no serviría de nada. Busquemos un buen lugar donde tomar tierra y discutamos esto con calma, ¿qué me dices?

   Sigfrido bajó la mirada. De repente, su mente viajó al pasado reciente, cuando, dos meses atrás, decidiera enrolarse en el ejército para obtener la fama y la gloria. No tardó en ser testigo de los horrores de la guerra y su devastación, lo que le llevó a desertar. Poco después, empezó toda aquella locura inimaginable hasta entonces. No podía sentirse orgulloso de sus hazañas, donde había mucho que callar y poco de lo que presumir, pero sabía que el caso de Cornelio no era muy distinto del suyo. De hecho, tenía el firme convencimiento de que el viejo poseía un alma siniestra de veras, de aquellas de las que es mejor no fiarse. "Quizás, yo mismo acabe como él si no trato de poner remedio", pensó para sus adentros.

—Sí, sí, quizás debamos relajarnos —dijo, tras un largo silencio—. Busquemos un buen lugar, como dices, y echemos un vistazo a ese libro, juntos. Está claro que no nos gustamos del todo, pero eso no debe ser impedimento para llegar a un acuerdo.

—Sabias palabras para tratarse de alguien tan joven —celebró Cornelio, distante—. Adelante. Te sigo.

   Sigfrido, sorprendido consigo mismo tras haberse mostrado tan sincero y directo con alguien, quizás por primera vez, rechazó el amable ofrecimiento del viejo.

—Podría, pero aún recuerdo lo que le hiciste con tu hacha a aquella pobre bruja, cogiéndola a traición por la espalda. Preferiría que fueses tú por delante.

—¡Era una bruja! —se defendió el viejo, ofendido.

—Y yo, que no lo soy, visto como una. Podrías confundirte, ¿no crees?

   Cornelio mantuvo el gesto inexpresivo. Enarcó las cejas ligeramente antes de hablar con seriedad.

—Iremos a la vez, juntos, sin tretas de ningún tipo —advirtió.

   Sigfrido aceptó con un gesto de la cabeza.

   En algún lugar no muy lejos de allí, los goblins hicieron sonar de nuevo sus estridentes cornos, que no tardaron en recibir varias respuestas venidas de distintas partes, entre ellas, la maliciosa y enloquecedora risa de una bruja que surcaba el cielo en solitario.

   Imagen tomada de www.nexofin.com Desconozco la identidad de su autor. Si éste prefiriese que su obra no aparezca en esta publicación, no tendrá más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.

martes, 8 de marzo de 2016

40. Sin supervivientes.

   En el transcurso de su ascenso, el cual se desarrollaba con mucha menos decisión que el de Cornelio, a quien seguía desde lejos tanto en altura como en distancia, Sigfrido sobrevoló el terreno por el que emprendieron la huida los supervivientes del recién masacrado ejército de lanceros, a quienes pudo ver, siempre y cuando no se interpusiera algún frondoso árbol de por medio, continuando con su desordenada fuga sin mirar atrás. De cuando en cuando, había hombres que caían por lo que parecían tropezones motivados por la agitación propia del pánico, sin embargo, no todos volvían a levantarse, ni siquiera cuando recibían la ayuda de alguno de sus camaradas. Entonces, el joven reparó en que las espaldas de éstos estaban llenas de flechas de astil corto rematadas con penachos de plumas tan negras como las profundidades de un abismo, lo cual resultaba desconcertante a la par que aterrador. "¿Quién les lanza esos dardos a esta pobre gente?", pensaba Sigfrido, cuando, de repente, el grave sonido de un siniestro corno, distinto a aquellos que hicieran sonar los soldados cuando se iniciaba la batalla en la cima de la colina, siendo sus notas menos grotescas, se dejó oír demasiado cerca, justo delante de él, para ser precisos. No tardó en seguirle el sonido de unos gritos de espanto. Fueron varios los que pidieron auxilio antes de anunciar con sus horribles alaridos una muerte atroz, agónica. Pero también había risas maliciosas que pertenecían a desagradables voces estridentes que, en ocasiones, escupían palabras en un lenguaje extraño, como festejando el sufrimiento que otros padecían.

   De súbito, Sigfrido pudo ver cómo una pequeña forma humanoide, verdosa, de orejas puntiagudas y larga nariz afilada, pasaba corriendo por debajo de él. Parecía llevar una especie de daga entre los dientes. Se acercó por la espalda, con extraordinaria rapidez y sigilo, a uno de los lanceros, que, desarmado y confuso, al igual que la mayoría de sus compañeros, había detenido su carrera alertado por aquella inesperada sucesión de terribles sonidos nada halagüeños. Aprovechando el desconcierto de éste, la criatura saltó sobre el infeliz con agilidad felina, asiéndose con sorprendente firmeza a uno de sus hombros con la pequeña garra izquierda. Casi al instante, tomó con la derecha la daga que colgaba de su cinto, cuya hoja tenía un aspecto deformado y terrible, y la usó para degollar a su víctima haciendo gala de un oficio fuera de toda dudas. Para colmo de males, el desgraciado moribundo debió soportar también un salvaje mordisco en la nuca cuando aún tenía la posibilidad de sufrir antes de partir hacia el más allá.

   Una vez cometido el crimen, el pequeño ser, no más grande que un niño de diez años, dejó escapar una cruel carcajada, momento en el que su mirada se cruzó con la de Sigfrido, a quien contempló un tanto desorientado, lo que fue aprovechado por un soldado que huía de los gritos agónicos de delante para saltar sobre él con la furia de quien se sabe perdido. El guerrero derribó al monstruo con cierta facilidad, inmovilizándolo primero con el peso de su cuerpo, entonces, sin dejar de gritar enloquecido, agarró la cabeza del mismo y comenzó a golpearla repetidas veces contra el suelo. Una vez estuvo seguro que su rival estaba muerto, tomó el arma de éste y trató de hacer lo propio con otros que, al igual que aquél, daban muerte a sus indefensos camaradas atacándolos por la espalda.

—¡Vigilad la retaguardia! —advirtió a los suyos mientras corría tras uno de aquellos diminutos demonios, a quien logró atrapar tras varias zancadas—. Están por delante y también por detrás.

   Clavó la daga en el lugar donde supuso debía estar el corazón. La reacción de su presa le hizo comprender que había acertado. Tomó un nuevo puñal de las garras del cadáver y armó así sus dos manos. Fueron muchos los compañeros que, buscando una luz que pudiese guiarles en aquella oscuridad, se reunieron en torno a él. Algunos, muy pocos, aún portaban sus lanzas y escudos, otros, la mayoría, iban desarmados, quizás, algunos, habían logrado abatir a otra de aquellas criaturas que los atosigaban por la espalda y blandían también una daga de hoja deforme.

—¡Formad un círculo! —ordenó el anónimo héroe, que, a pesar de imprimir firmeza en su voz, no esperaba salir airoso de aquella situación.

   Mientras todo esto sucedía, las pequeñas flechas no habían cesado de caer desde todas partes, ocasionando severas bajas en el cada vez más reducido grupo de desesperados combatientes. Siendo insuficiente el número de escudos, muchos trataron de usar los cuerpos de los muertos como parapeto. Entonces, cuando ya sólo quedaba en pie una veintena de soldados, los arcos dejaron de cantar, y desde el lado que miraba hacia el norte en aquel campo de batalla, el siniestro corno volvió a sonar. Casi al instante, una multitud de voces chillonas lanzó un peculiar grito de batalla, seguido del sonido de muchos pasos que se acercaban desde aquella dirección. No tardó en aparecer una hueste de verdosas criaturas, éstas, al contrario que las otras de su misma especie, pertrechadas con armaduras de extraña confección, nunca antes vistas, y portando todo tipo de armas punzantes, cortantes, y de aplastamiento, además de embrazar extravagantes rodelas que, teniendo en cuenta su tamaño, les servían bien como defensa.

   El choque inicial apenas hizo retroceder a los hombres, que, siendo más corpulentos y pesados, soportaron bien la embestida durante un tiempo. Descubrieron también que aquel enemigo no era difícil de abatir, siendo muchos los que yacían sin vida a causa de las heridas infringidas por sus lanzas, pero su numero resultaba abrumador, por lo que, a causa del cansancio y la desesperación, comprendieron que acabarían siendo derrotados. Fue entonces que, desde el sur, donde quedaba la colina de la que habían huido, llegaron los no muertos a los que se habían enfrentado, que, mezclándose con las criaturas verdosas que había en ese flanco, a las que Sigfrido comenzó a relacionar con unos seres de cuentos a los que creía recordar llamaban goblins, comenzaron a atacar a los aterrados soldados. Los pequeños demonios que había en el lado opuesto, al ver el espanto que los muertos vivientes ocasionaban en los humanos, dejaron de pelear y retrocedieron un par de metros, lo que desconcertó a los pocos guerreros que quedaban. Éstos, no teniendo más alternativa, dedicaron sus esfuerzos a rechazar a los zombis, que, sin compasión, fueron atrapando uno a uno a los defensores.

   Cuando sólo quedó uno, el inesperado líder, que aún empuñaba las dos dagas que arrebatara momentos antes a los cadáveres de los goblins a los que abatiera, éste, prefiriendo una muerte rápida, se lanzó contra los pequeños guerreros que tenía a su espalda, retirados adrede del combate. Pero éstos se limitaron a cerrar filas y permanecer ocultos tras sus escudos sin devolver los golpes con los que el bravo guerrero trataba de provocarles para que le dieran un pronto final.

   Unas frías manos acabaron por asirle de los brazos, a las que pronto se unieron otras, que, con una fuerza difícil de creer, inmovilizaron al desgraciado, que, respondió a las primeras dentelladas profiriendo terribles alaridos de dolor. Antes de perecer, mientras era devorado desde detrás, tuvo tiempo de cruzar su enloquecida mirada con la de algunos de aquellos pequeños seres, que disfrutaban el festín de los no muertos del mismo modo en que lo harían siendo ellos los alimentados. No hubo oraciones con las que honrarle en la hora de su muerte, sino crueles y maliciosas risas.

   Así fue como murió el último de los hombres que formaban aquel ejército que se dispuso a acabar con los muertos en lo más alto de la colina de la que nadie sabía su nombre, y que en adelante sería llamada de los lamentos.

   Sigfrido había contemplado toda la escena suspendido en el aire, hasta la llegada de los muertos, momento en que cerró los ojos y taponó sus oídos con ambas manos. Alguien le palmeó uno de los hombros, era Cornelio, que se había situado junto a él.

—Tenemos que irnos —dijo.

—Esos pobres muchachos, han muerto todos —logró decir el joven.

   El anciano miró hacia abajo, pensativo. 

—Y tú no hiciste nada por evitarlo, aunque tampoco habrías logrado cambiar las cosas.

—Soy un cobarde despreciable —se dijo Sigfrido, aunque en voz alta, algo que lamentó al instante, pues se cuidaba muy mucho de mostrar a otros, aun a sí mismo, sus oscuridades con tanta sinceridad.

—Muchacho, no pienso discutir verdades de las que estoy convencido, pero ten en cuenta una cosa, esos hombres que acabas de ver morir luchando como jabatos venían de huir de la colina en la que antes libraban un combate, abandonando a muchos de sus compañeros. Si batallaron con tanta fiereza fue porque su vida pendía de un hilo y no encontraron el modo de escapar de nuevo. Lo mejor y lo peor siempre tienen cabida en un mismo lugar, por más que haya gente que se empeñe en decir lo contrario. Jamás un acto sería considerado bueno sin la existencia de las malas acciones, del mismo modo que la comida carecería de lógica si no hubiese hambre que calmar.

—Pero siempre podemos elegir —repuso Sigfrido.

   Cornelio negó con la cabeza.

—A veces sólo podemos elegir qué sacrificar en función de lo que hagamos. Todo tiene un valor, incluso lo más nimio, y cómo podrás comprender, o eso es lo que debieras hacer, últimamente, el valor de las cosas ha subido de precio —Cornelio invitó al joven a mirar lo ocurrido abajo—. Pregúntale a ellos, sino.

   Sigfrido no dijo nada.

   El viejo hizo que su escoba se deslizara por el aire con suavidad, ganando altura a un ritmo que, al muchacho, una vez éste decidió ponerse también en marcha, le resultó sencillo de seguir. De repente, volvió a caer en la cuenta de que Cornelio movía su escoba sin el uso de ningún gorro. ¿Podría él hacer lo mismo y seguir volando? Teniendo en cuenta sus muchas dificultades para iniciar el despegue, supuso que le sería imposible, pero, movido por la curiosidad, optó por llevar una mano a su sombrero y quitárselo tímidamente, lo que le hizo perder altura a una velocidad alarmante. Rápidamente, volvió a colocar el gorro en su lugar, con lo que pudo volver a estabilizar el vuelo, para alivio suyo. Tuvo que esforzarse para alcanzar a Cornelio, que no parecía haberse percatado de su pequeño experimento.

—Esos seres, no los había visto antes —comenzó a decir el viejo—, pero bien que me recordaban a unas criaturas que solían aparecer en cuentos de miedo, también en las pesadillas.

—Goblins, así es como se llamaban, si no recuerdo mal —dijo Sigfrido.

—Muertos vivientes, brujas, ahora goblins. También hay quien asegura haber visto fantasmas, incluso ogros y trolls. Todos ellos seres que vivían en las historias que han pasado a nosotros de generación en generación. Siempre había quien aseguraba haber visto alguno, aunque, en realidad, nunca podía demostrar que era cierto. Ahora, sin embargo, el que no los ve es porque está ciego, o muerto.

   Algo llamó su atención desde su izquierda, al oeste, donde, desde lo alto, casi a la altura de las nubes, pudieron ver una porción de tierra que parecía haber sido oscurecida por algún tipo de devastación. En el centro, respondiendo a un extraño e inexplicable capricho de la naturaleza, se alzaba una especie de montaña solitaria cuya forma se asemejaba a la de una siniestra calavera, que abría sus fauces de un modo desmesurado, mientras sus ojos se clavaban angustiados en el alto cielo. Su sola visión era suficiente para detener el latido de cualquier corazón, por bravo que fuese. Se trataba, sin duda, de un nuevo e inquietante descubrimiento. Nunca antes había estado ahí. Sigfrido, al ver el gesto de Cornelio, supo que tenía razones para temerse lo peor.

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domingo, 28 de febrero de 2016

39. Sálvese quien pueda.

   Aún bajo los efectos de la incertidumbre y la fatalidad, Sigfrido contemplaba desde el aire los restos de la reciente tragedia, preguntándose si aquello habría supuesto el final de Cornelio; desde luego, como testigo directo del incidente, tenía la firme impresión de que el golpe debió ser terrible de veras. Quizás, debido a la necesidad de encontrar la lógica a las cosas, se esforzó en hallar una explicación a lo que acababa de presenciar, aunque se le hacía difícil encontrar un razonamiento que calmase su inquietud ante algo como aquello; el anciano había cedido a la locura hasta el punto de llegar a desear la muerte de aquella bruja aún a riesgo de poner en peligro su propia vida.

   Discurría Sigfrido acerca de ese turbio asunto, recorriendo con sus apesadumbrados e incrédulos ojos los cuerpos yacentes del viejo y la hechicera, ésta, sin su cabeza, cuando algo llamó su atención; un objeto oscuro como las profundidades de un insondable abismo, que desde el primer instante le resultó familiar. Se trataba del misterioso libro por el que Cornelio sintiera una pasión irracional desde el mismo momento en que lo tuvo entre sus manos. Sin saber muy bien por qué, quizás respondiendo a un impulso que no admitía ni quería reflexión, se sorprendió a sí mismo descendiendo hasta el lugar donde éste estaba, el cual, tras tomar tierra y envainar como mejor pudo su oxidada espada, tomó y guardó sin prestarle mayor interés en el compartimento que había sido confeccionado, quizás a tal efecto, en la parte interior del bajo frontal de su vestido.

   De súbito, volvió a ser consciente del fragor de la encarnizada batalla que se libraba a su espalda, a pocos metros de él, lo que le hizo sentir como si hubiese despertado de un extraño sueño, aun sin haber dormido. “¿Qué diablos hago aquí, en el suelo, jugándome el tipo de este modo? ¿En qué piensas, cabeza de chorlito?”, se decía, alterado, Sigfrido, que, con gesto preocupado, echó la vista atrás, descubriendo con horror que las filas de los defensores parecían tener sus minutos contados, pues si era cierto que éstos se batían con una profesionalidad y bravura fuera de toda duda, también lo era que los muertos llegaban sin cesar a la colina venidos de, al parecer, todas partes, atraídos por el tumulto de la multitudinaria refriega.

   Acosado por un repentino miedo, sin dedicar una triste mirada a Cornelio, ni siquiera un fugaz pensamiento, Sigfrido montó de nuevo sobre su escoba y se dispuso para efectuar el despegue de inmediato, tal como es de recibo en cualquier situación de urgencia, como lo era aquella. Justo entonces, un inesperado golpe de aire hizo acto de presencia, obligándole a cerrar los ojos momentáneamente, lo que le llevó a posponer sus planes de fuga. Cuando los efectos de la brisa parecieron mitigarse, volvió a abrirlos, y sólo entonces decidió emprender el vuelo. Sin embargo, al contrario de lo que debía suceder, por alguna razón que se le escapaba, sus pies no lograban despegarse del suelo, lo que le llevó a padecer un instante de agitada confusión.

   Una vez repuesto de aquel desconcierto, Sigfrido concluyó que debía comprobar que adoptaba la posición adecuada, cambió, eso sí, la postura de sus manos, que, quizás, se agarraban al palo de la escoba demasiado abajo. Una vez satisfecho, diciéndose a sí mismo que en adelante debería prestar mayor atención a las cuestiones relacionadas con asuntos de esa índole, repitió el intento, esta vez, fijando la vista en el alto cielo y acompañando el gesto con un fuerte deseo de volar. En esta ocasión, la decepción le cayó encima como un jarro de agua fría, pues la escoba, a la que comenzó a maldecir con la palabra y el pensamiento, seguía negándose a efectuar el despegue. Alertado por el súbito ruido de unos pesados y agitados pasos, que le obligaron a desviar su atención de aquello que con tanto empeño hacía, se dispuso a volver la cabeza con objeto de averiguar la identidad del autor de los mismos, descubriendo que se trataba de un asustado lancero, que, desarmado, pasó corriendo junto a él, y que profirió un alarido de pavor al verlo. Eso sólo podía significar una cosa, que los soldados comenzaban a dar por perdida la batalla, lo cual no hacía más que empeorar la situación. Sintiendo cómo los nervios se acrecentaban en su interior, desplazando de ese modo a la razón, se vio corriendo de un lado para otro con la escoba entre las piernas al tiempo que la instaba a volar con irreflexivas frases tales como: “¡Vuela de una vez, estupido trozo de madera mal tallado!”, o, "si no me obedeces, te prometo que te haré barrer el primer vertedero que encuentre", sin lograr el menor resultado. El sudor frío, tan propio del miedo, no tardó en correrle por la frente, cosa que sucedió poco antes de que empezase a jadear a causa del cansancio.

   Cuando fueron ya muchos los soldados a los que había visto salir huyendo, uno de los cuales, se detuvo a mirarle para luego correr con más brío, si cabe, del que ya imprimía a sus piernas, sucedió que, mientras seguía a éste con la mirada, la brisa decidió volver a soplar con fuerza, lo que hizo que un objeto, que era arrastrado con cierta dificultad por el aire a ras de suelo, se cruzase en su línea de visión. Sigfrido lo reconoció como un sombrero picudo de color negro, similar al que usaban las brujas, y eso le hizo suponer que se trataba del que tocaba la cabeza de la hechicera antes de ser decapitada por Cornelio durante el espectacular descenso en picado que protagonizó junto a su víctima.

   Todo esto sucedió en no más de unos pocos segundos.

   Sigfrido, que no estaba dispuesto a perder el poco tiempo que tenía en reflexiones de ese tipo, se centró en su principal objetivo, que era hacer volar la maldita escoba de una vez por todas. Entonces, al volver la vista hacia la punta de la misma, cosa que hizo mientras corría dando gritos a causa de su creciente inquietud interior, descubrió que había otro sombrero picudo, que guardaba un extraordinario parecido con el anterior, tirado por el suelo a unos metros en la dirección en que se movía. Esto hizo que se detuviera en seco y mirase hacia uno y otro lado, cerciorándose de que ambos sombreros no eran el mismo, después, quizás guiado por el instinto, buscó con los ojos a Cornelio, que seguía sin dar el menor signo de vida, en la misma posición en la que había caído, y que, tal como recordaba, a pesar de todo, aún tenía puesto el suyo. Tras pensarlo un instante, cosa que hizo con el corazón acelerado y el alma en vilo, Sigfrido soltó la escoba y se llevó las manos a la cabeza, lo que le llevó a concluir que uno de aquellos gorros picudos que el aire arrastraba debía ser el de la bruja, y el otro, a falta de más pruebas, no habiendo nada allí donde había esperado encontrar algo, suyo. “¡Es el sombrero! El aire me despojó de él”, pensó. “¡La escoba no volará si no me pongo el maldito sombrero!”. 

   Para ese entonces, los pocos guerreros que quedaban en liza, viendo cómo su gran capitán caía a las primeras de cambio a causa de un desgraciado tropezón, motivado por su empeño de dar muerte con excesivo decoro en su ejecución a un zombi con aspecto de haber sido en vida un hombre enclenque y de espíritu apagado, quizás, por mantener su fama de gran espadachín hasta el final, rompieron filas desordenadamente, abandonándose los unos a los otros al capricho que la suerte tuviese a bien reservarles. Sólo algunos valientes, a los que bien podría llamárseles locos por mantenerse fieles a su convencimiento de que era mejor morir combatiendo que huir para vivir un día más, decidieron quedarse y luchar hasta el último aliento, el cual exhalaron algo más tarde, en medio de un horror y un sufrimiento indescriptibles. Fue así que Sigfrido, en su afán de escapar surcando los aires, se vio yendo a la carrera a por uno u otro sombrero, entre un sinfín de asustados soldados que, cegados por el miedo, corrían en busca de la salvación, lo que hacía que ambas prendas fuesen pisadas y pateadas sin compasión, con lo cual, fluctuaban con total desconcierto hacia todas partes, confundiendo hasta tal punto al muchacho, que cuando no tropezaba con algún desertor cada vez que cambiaba de parecer sobre cuál de aquellos sombreros estaba más a su alcance, lo hacía con sus propios pies. 

   Cuando no quedó nadie más que huyese de la batalla, estando los no muertos atendiendo como merecían a los restos de los últimos defensores, de los cuales alguno aún tenía fuerzas para lamentar su suerte y maldecir la estrechez de miras que a una muerte tan atroz lo había llevado, Sigfrido pudo hacerse sin el menor problema con uno de aquellos sombreros, el que mejor aspecto presentaba, y tocó con él su cabeza, lo que le daba la imagen de una bruja a la que alguien había golpeado repetidas veces en la testa con un enorme martillo de guerra. Volvió, entonces, a situar la escoba entre las piernas, y, casi al instante, respondiendo a su imperioso deseo, sintió al fin que sus pies, en efecto, se separaban del suelo. Sin embargo, no logró ganar más altura que la que alcanzaba la cintura de un hombre de cierta envergadura, por lo que su vuelo se desarrollaba a ras de suelo. Podía, eso sí, virar con toda normalidad, al menos con la normalidad a la que él estaba acostumbrado en su corta experiencia en vuelos con escoba; la velocidad, a su entender, tampoco parecía haber sido afectada. “Parece evidente que si el sombrero está dañado, la escoba no responde de la misma forma”, pensó reflexivo. Recordó entonces que el gorro picudo de Cornelio estaba prácticamente intacto, y que, estando los zombis aún entretenidos con sus víctimas, dispondría de un precioso aunque escaso tiempo para ir junto al cuerpo de éste y, tras presentar con brevedad sus respetos en caso de fallecimiento, intercambiar las prendas a su total conveniencia. Así lo hizo, deslizándose primero hasta donde estaba el cuerpo del anciano, al que dejó su sombrero a cambio del de éste.

   En el mismo momento en que esto sucedía, Cornelio abrió los ojos, dando un susto mortal a Sigfrido, que casi cae de espaldas a causa del mismo. 

—¿Qué estás tramando? —preguntó el viejo, malhumorado.

—¡Estás vivo! —exclamó el joven, incrédulo.

—¡Por supuesto que estoy vivo! ¿Por qué no habría de estarlo?

   Sigfrido apenas se había repuesto de la sorpresa.

—Chocaste contra el suelo por querer matarla —dijo.

—¿Matarla? ¿A quién? —preguntó Cornelio, que parecía no entender.

   Sigfrido señaló la cabeza de la hechicera que el viejo aún agarraba de los pelos con la mano izquierda.

—A ella.

   Cornelio miró a los ojos sin vida de la bruja, entonces, pareció recordar. Con gesto triunfante, acercó su trofeo al rostro y depositó un besó en sus labios, lo cual provocó un gesto de asco en el joven, que fue testigo de todo aquello.

—Es una preciosidad —dijo, justo antes de arrojar lejos la cabeza de la hechicera. —¿Cuál es la situación?

   Sigfrido le invitó a mirar atrás para que él mismo sacase sus propias conclusiones. Algunos muertos avanzaban ya hacia ellos, y, aunque desde esa distancia no percibieran aún el olor del joven, acabarían haciéndolo cuando estuviesen más cerca, con las nefastas consecuencias que eso tendría.

—Supongo que debemos irnos —concluyó el anciano, que tendió la mano a Sigfrido para que éste lo ayudase. —Viniste a despertarme, a prestarme tu ayuda, supongo.

—Sí, así es —mintió resueltamente Sigfrido, que aceptó servir de apoyo a Cornelio hasta que éste estuvo al fin en pie.

—No creas que estoy en deuda contigo, yo he salvado tu vida por dos veces, jovenzuelo. Pero gracias por el gesto, me ablandas el corazón.

   Dicho esto, el anciano, luego de ver que la escoba de la difunta bruja estaba en mejor estado que la suya, concluyó tomarla del suelo y dejar allí la otra, y se la puso entre las piernas. Después, guardó el hacha en su lugar correspondiente.

—¿Tienes el libro? —preguntó en última instancia a Sigfrido.

—Sí, lo llevó a buen recaudo —contestó éste sin pensar, como si le hubiesen arrancado la respuesta de las mismas entrañas, lo cual no acabó de gustarle.

   Entonces, con gesto decidido, sin apenas rasguños, Cornelio echó a volar de un modo tan enérgico que hizo temblar al joven, que, justo antes de tratar de imitar al viejo, se dio cuenta de que el sombrero de éste, el que hasta el momento de dar el cambio había sido suyo, al menos desde que lograra hacerse con él, yacía otra vez en el suelo. Los ruidos que le llegaban desde la espalda le hicieron saber que los no muertos estaban ya muy cerca. Cerró los ojos con fuerza y rezó todo lo que sabía antes de volver a abrirlos e intentar el despegue. Esta vez, para alivio suyo, logró emprender el vuelo tímidamente, nada que ver con el modo en que lo había hecho Cornelio.

"¿Cómo es que logra volar sin sombrero? ¿Cómo es posible que ni siquiera se haya roto un hueso tras un golpe tan tremendo?", pensó extrañado, al borde de los celos, Sigfrido, que agradecía, eso sí, volver a sentir la caricia del viento.

   Abajo, entre la horda de macilentos zombis errantes, una siniestra figura encapuchada, envuelta en negros ropajes, y que portaba una espada de hoja terrible, fijaba sus maléficos ojos en lo que supuso que debían ser dos brujas, a juzgar por su aspecto, que emprendían el vuelo. No lograba entender por qué durante la batalla habían prestado ayuda a aquellos hombres armados y dado muerte a una de sus hermanas. Aquel era un enigma que tardaría en olvidar, sin duda, y que, quizás, debiera poner en conocimiento de la pálida y bella dama que siempre vestía de blanco, aquella que con sus poderes le había provisto de aquel basto ejército de no muertos con el que cumplir el capricho de los dioses de castigar sin descanso a la humanidad, al menos hasta que éstos le ordenasen lo contrario.

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martes, 23 de febrero de 2016

38. La batalla de la colina sin nombre.

   Agarrado a su escoba con una inquietud difícil de ocultar, Sigfrido continuaba su ascenso tras la fina estela de humo blanquecino que el artilugio sobre el que montaba Cornelio iba dejando a su paso. Una vez el anciano superó en altura las copas de los árboles más elevados, quizás unos metros por encima de éstos, viró hacia la derecha, en la dirección de donde les llegaba el sonido de los cuernos y el aguerrido redoblar de tambores, perdiéndose momentáneamente de la vista del joven, que, una vez llegado al punto donde el viejo había girado, imitó el gesto de éste, lo que le llevó a encontrárselo casi de inmediato suspendido en el aire, con la vista puesta en algún lugar del suelo, no demasiado lejos de donde se encontraba. Sigfrido se detuvo junto a él, examinando con curiosidad el gesto de Cornelio, que, al percatarse de la presencia del joven, instó a éste a que atendiera a la espectacular escena que se desarrollaba a poco más de un centenar de metros de ellos, lógicamente, a distinta altura.   En la cima de una escarpada colina, un nutrido grupo de hombres, no más de medio millar de guerreros pertrechados para la guerra, formaban una férrea línea de batalla. Tanto en los flancos como en el centro, ondeaban coloridos estandartes con insignias difíciles de distinguir desde la distancia.

   ¿Qué habría llevado hasta allí a aquellos soldados?

   Frente a ellos, emergiendo de entre los árboles, una horda de no muertos avanzaba desordenadamente. Marchaban a su encuentro con el único afán de extinguir para siempre el agitado latido de aquellos corazones que se ocultaban tras las cotas de mallas que protegían el torso de los inquietos infantes. Cuando ya iniciaban el ascenso hacia la cumbre de la elevación, cosa que sucedía con una lentitud sobrecogedora, el redoblar de tambores y el resoplar de los cuernos pareció ganar en intensidad antes de ser repentinamente silenciados. Entonces, la brisa les llevó el sonido de las voces de los oficiales impartiendo órdenes a la tropa, que respondía con gritos atronadores cuando recibían palabras de ánimo y promesas de gloria. Conforme el terrible enemigo se acercaba, las palabras fueron sonando con una mayor turbación, evidenciando un creciente miedo hacia el incierto destino al que habrían de enfrentarse una vez se iniciara el choque.

   Un individuo, situado en la retaguardia del ala izquierda, no pudiendo hacer frente al temor que lo invadía, arrojó las armas y rompió a correr desesperado en la dirección opuesta a aquella de la que llegaban los muertos. Un avispado sargento, que debía haber adivinado las intenciones del infeliz antes que éste iniciara la huida, logró derribarlo con suma facilidad. Tras un leve forcejeo, durante el cual el suboficial trató de convencer al soldado de que más le valdría volver a la formación y vender cara la piel junto al resto de compañeros; al no recibir de éste más que llantos y súplicas de que lo dejase ir como única respuesta, decidió acabar con la vida del desgraciado, clavando su daga en el corazón de éste sin mostrar el menor escrúpulo. Sigfrido, cuyos ojos, inexplicablemente, presenciaron la escena con la misma claridad con la que lo habrían hecho de haber estado a tan sólo una veintena de metros del lugar donde se cometió el crimen, sintió una profunda compasión por el injusto final que sufrió aquel hombre asustado. “¿Qué hay de malo en querer vivir un día más?”, pensó contrariado. “¿Es que los demás son inmunes al miedo, o actúan así porque ya no les cabe más temor?”.

   Cuando los primeros zombis andaban ya a unos metros de alcanzar la línea que formaban los soldados, éstos se apretaron los unos contra los otros, formando una sólida pared con sus escudos, de entre los cuales, asomaron largas lanzas de puntas afiladas. Una sombra de preocupación oscurecía sus rostros, pues, aunque parecían dispuestos a presentar batalla a un mar incesante de muertos vivientes, concluyendo que debían ser tan firmes como las rocas contra las que se estrellan las olas, sabían que enfrentaban un peligro para ellos desconocido y mortal. Quizás, con tesón y algo de suerte, lograsen que aquella marea de muerte retornara a las profundidades de las que venía.

   Aprovechando que todas las miradas se centraban ya sobre el enemigo, dos hombres de voluntades frágiles, también situados en la retaguardia, dejaron caer sus armas y huyeron despavoridos, gozando de una mayor fortuna que su antecesor, pues lograron escapar de la vigilancia de sus superiores, que apenas se percataron de lo ocurrido.

   Mientras todo esto sucedía, Cornelio y Sigfrido, con objeto de lograr una mejor perspectiva con la que saciar su curiosidad, se habían ido acercando lentamente al escenario de la batalla, que se cobró su primera víctima cuando, de una certera lanzada, un belicoso joven logró perforar la cabeza de un zombi bastante maltrecho. Pronto, el resto de muertos vivientes fue llegando a la hilera de escudos, donde eran contenidos mientras las lanzas trataban de darles un final apropiado a sus míseras existencias. Los oficiales arengaban a sus muchachos, y no dudaban en enviarles asistencia desde la pequeña escuadra que, desde atrás, hacía las veces de reserva, cada vez que lo veían necesario.

   Conforme iban acercándose más zombis, empujando a los de delante contra los escudos, la presión sobre los defensores fue haciéndose cada vez mayor, no teniendo éstos más alternativa que retroceder algunos pasos, lo cual trataron de hacer de la forma más ordenada posible. Sin embargo, la línea no se mantuvo todo lo equilibrada que debiera, presentando fisuras en algunos puntos de la misma, por donde los no muertos, incansables en su empeño, lograron adentrar algunas garras terribles que tiraban hacia fuera de cualquier cosa en la que hubiesen hecho presa. Los primeros gritos de espanto sobrevinieron cuando aquellos que veían cómo sus amigos eran atrapados, desviaban la atención del combate para ofrecerles una mano salvadora, lo que les dejaba a ellos en una frágil situación. Fueron muchos los que, de este modo, acabaron siendo arrastrados al interior de aquella tempestad de muerte, donde habrían de sufrir un tormento indescriptible y atroz. A una orden del gran capitán, un hombre de extraordinario porte que vestía una reluciente armadura finamente ornamentada, los cuernos sonaron por tres veces, al igual que los tambores, y toda la tropa, respondiendo a la perfección dada la dura instrucción recibida, retrocedió con una rapidez inusitada, formándose primero los que hasta ese momento habían permanecido en la retaguardia, siendo ésta ocupada ahora por los que habían combatido en primer orden, lo cual les daría a éstos un leve y merecido descanso.

—¡Cada hombre debe cuidar de sí mismo! Si prestamos ayuda a uno solo de nosotros, el resto perecerá. Si veis que se llevan a alguien, la mejor misericordia que podéis mostrar es aplastándole el cráneo, ahorrándole así un gran sufrimiento. ¡Mantened la posición con firmeza! —gritó el oficial al mando, a lo que todos respondieron al unísono con un grito que habría hecho retroceder a cualquier otro enemigo.

   Pero los muertos no conocían el miedo, los movía el deseo por la carne de los vivos, y cuando los soldados que habían caído bajo sus garras, parcialmente devorados, daban muestras de volver a la vida, si es que se podía llamar vida a aquello, se dirigieron decididos hacia el lugar donde había sido establecida la nueva línea de defensa. El muchacho que había protagonizado la primera lanzada con la que se iniciara la refriega, marchaba ahora en el bando opuesto, con el rostro y el cuerpo desfigurados, con un mensaje terrible escrito en sus cadavéricos ojos. Un tajo de espada le hizo caer con estrépito mientras se empecinaba en traspasar la barrera de escudos de la que, hasta no hacía mucho, estando aún en vida, él mismo había formado parte.

—¡No cedáis! —las órdenes se sucedían unas a otras—. Si perdemos el dominio de la colina no tendremos ninguna posibilidad. ¡No cedáis!

   Desde lo alto, Cornelio y Sigfrido, que guardaban un sepulcral silencio, no habían perdido detalle de cuanto ocurría. De súbito, el anciano, con los ojos inyectados en sangre, empuñó el hacha y se dejó caer sobre la horda de muertos, protagonizando un arriesgado vuelo rasante a la altura de las cabezas de éstos, las cuales iba golpeando según pasaba. Sigfrido, en cambio, no vio con demasiado entusiasmo el abandonarse de ese modo a una orgía de muerte que, entre otras cosas, podría conducirlo a él mismo a alcanzar un trágico e innecesario final, no sin existir un motivo de fuerza al menos, que encontró en el momento en que comprobó, para horror suyo, que su escoba le había hecho descender hasta dejarlo al alcance de las garras de aquellos malditos seres venidos del infierno. Fue un tirón de uno de sus pies lo que le hizo darse cuenta de su delicada situación, a lo que reaccionó con rapidez esgrimiendo la espada y lanzando una desconcertante estocada que, por fortuna, logró cercenar la mano de aquel que pretendía atraparlo. “¿Qué diablos ha sucedido? ¿Cómo es que he perdido altura de este modo sin pretenderlo? Quizás, ha sido tanta la atención prestada a la batalla y al ataque de Cornelio que la escoba ha podido mal interpretar mis deseos, si es que es cierto que es el pensamiento lo que la mueve, y no otra cosa. Debo ser más cuidadoso en su uso”, pensaba Sigfrido, mientras, al igual que hacía el viejo, se deslizaba por el aire a escasos centímetros de aquel ejército de pesadilla, asestando golpes con más desorden que concierto. Hubo un momento, durante su vuelo, en que su mirada se cruzó con la de un soldado, que, perplejo, le siguió con los ojos muy abiertos. Sigfrido, tratando de insuflar ánimos al asombrado lancero, alzó la espada hacia el cielo a modo de saludo, dejándola caer con fuerza sobre un no muerto de considerable tamaño, al tiempo que de su garganta dejaba escapar un verdadero grito de batalla, quizás, el primero de esa índole que daba en su vida. El enemigo cayó fulminado casi de inmediato, y ese cúmulo de cosas sirvieron al muchacho que vestía como una bruja y montaba a lomos de una escoba voladora, tal como lo hiciera una bruja propiamente dicho, para que se viese a sí mismo como alguien capaz de resolver aquella complicada situación. Apretó los dientes con fuerza y trazó rutas imposibles entre los muertos, que le hicieron volar más bajo aún, con los pies a menos de una cuarta del suelo, ejecutando a todos los que se cruzaban en su camino. Durante aquella acción, el extremo de su escoba, el que hacía las veces de punta de flecha, por así decirlo, atravesó el abdomen de un muerto, al que fue arrastrando con extrema brutalidad en aquel ataque suicida. Aquello fue suficiente para hacer volver a Sigfrido a la realidad a la que pertenecía, aquella en la que sabía que no era ningún héroe. Alarmado consigo mismo, alzó el vuelo de inmediato, y, tras esquivar un intento de ser mordido por parte del desagradable pasajero que llevaba a bordo, cortó la cabeza del mismo con la hoja de su espada, empujándolo luego al vacío. Al acompañar con la vista al cuerpo en su caída, tuvo la sensación de que el panorama en la cima de la colina era un tanto caótico. Algunos soldados miraban asustados hacia arriba, justo al sitio donde él estaba. Supuso que confundieron su presencia con la de un enemigo más con el que batirse el cobre debido a su disfraz. 

   Un repentino grito de pavor llamó su atención. 

   Junto a él, a su izquierda, a la misma altura, un asustado guerrero era arrastrado por la acción de una mano que lo sujetaba con fuerza por la solapa, y que pertenecía a alguien que, como él, vestía todo de negro y montaba sobre una escoba voladora, y que no tardó en rebasarle, hasta situarse justo por delante. De pronto, el depredador soltó con crueldad a su presa, que fue a caer sobre una multitud de muertos que no dudaron en darse un festín con el pobre hombre, que no tuvo tiempo de dolerse de los muchos huesos rotos que aquel golpe, a buen seguro, le había dejado. Sus compañeros, horrorizados por lo que acababa de ocurrir, mantenían las filas como podían, pero empezaba a ser evidente que contemplaban con preocupación la posibilidad de ser derrotados. Sigfrido pensó en Cornelio, pues no podía ser otro, en las razones que lo habrían llevado a cometer aquel crimen despiadado. Entonces, notó cómo alguien le daba una palmada en el hombro por el lado opuesto; se trataba del viejo, que le hizo señas para que guardara silencio y no llamar así la atención de lo que debía ser una auténtica bruja que, sin duda, a juzgar por la indiferencia que había mostrado al pasar a su lado, debió tomarlo a él por otra. El muchacho sintió cómo se le aceleraba el corazón, pues reconoció de inmediato el peligro en que se encontraban.

   ¿De dónde habría salido aquella hechicera?

   Quiso decirle al anciano que deberían marcharse de allí cuanto antes, pero éste mantenía la vista fija en la bruja, que ya iniciaba un rápido descenso hacia la hueste de soldados, que seguían valerosamente empeñados en defender la posición, a pesar de todo. Cornelio fue tras ella, con el odio grabado en sus ojos, y Sigfrido, que no sabía hacia dónde ir ni qué hacer, se vio a su vez siguiendo al viejo, cuyo afán por atrapar a la hechicera —que descendía sobre su presa emitiendo una estridente carcajada, ignorando lo que sucedía tras ella— era tal, que logró situarse a su altura. La bruja, percibiendo la cercanía del anciano, giró extrañada la vista hacia él, con la consiguiente expresión de sorpresa. Cornelio, que no le daría más tiempo del necesario, la agarró del largo y enmarañado cabello con la mano que, hasta ese momento, había sujetado la escoba, y tiró de la cabeza hacia atrás con toda la fuerza que pudo. Acto seguido, con la mano que empuñaba el hacha, descargó varios golpes en el cuello desnudo de la hechicera, hasta cercenar su testa. Justo en el momento en que contemplaba triunfante su trofeo, el anciano, olvidando por completo que la acción se desarrollaba en pleno descenso, fue a estrellarse contra el suelo, tras las filas de combatientes, yaciendo su cuerpo junto al de la bruja, cuya malograda cabeza seguía aferrada a la mano de Cornelio. 

   Consternado, Sigfrido contemplaba todo desde el cielo, describiendo nerviosos círculos con su escoba sobre el lugar del accidente. A pocos metros, la batalla parecía alcanzar un punto que podría determinar la suerte de la misma. La línea que formaban aquellos soldados parecía a punto de saltar en mil pedazos. De hecho, algunos zombis, llevados por la imposibilidad de avanzar por el centro, empezaban a flanquear las defensas.

   “Sálvate a ti mismo”, le dijo una voz interior. Y por primera vez, dudó si debía seguir su consejo.

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