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sábado, 9 de enero de 2016

29. El enganche.

   Sigfrido seguía de cerca a Cornelio, o eso al menos trataba de hacer, pues sus problemas para moverse con aquel maldito vestido se acrecentaban conforme más se adentraban en la maleza, cada vez más densa. Para colmo, la luz menguaba demasiado deprisa, lo que hacía que todo fuese más difícil. Se le ocurrió que, si sujetaba el vestido con una mano, ya que debía emplear la otra para sujetar la maltrecha escoba, que hacía las veces de bastón, sus piernas gozarían de una mayor libertad, cosa que sucedió, aunque el resultado seguía estando lejos del deseado. Cornelio, sin embargo, seguía mostrando una facilidad pasmosa para desplazarse por la espesura sin el menor contratiempo, lo cual enfurecía sobremanera a Sigfrido, que no podía evitar murmurar por lo bajo toda suerte de improperios dedicados, como no podía ser de otra manera, al habilidoso anciano; de buen gusto le habría soltado alguno a voz en grito, aun sin un motivo real, pero la imagen del hacha del viejo volando hacia él le disuadía de hacerlo. No, seguiría maldiciendo en la sombra como el cobarde que era, sólo así tendría garantías de seguir de una pieza. 

   De repente, una voluminosa piedra se interpuso en su camino. 

   Como si de un obstáculo más se tratase, Sigfrido alargó la zancada todo lo que pudo. Tiró del vestido más hacia arriba y, tras apoyar el pie que quedó delante, se dispuso a mover el que había quedado atrás. Hasta ese momento, todo parecía ir bien, pero cuando el escollo estaba a punto de ser salvado, el bajo del vestido, el que guardaba la retaguardia, se tensó en exceso, lo cual fue acompañado de un desagradable ruido; el de la tela al desgarrarse. El joven permaneció inmóvil un instante, luchando por contenerse y no estallar a causa de la frustración. Desde que se había puesto aquel maldito traje no hacía más que tropezar, algo de lo que ya estaba francamente harto. Y lo peor de todo era que no había forma de disimular el lamentable incidente, pues el anciano no perdía detalle de todas y cada una de sus torpezas.

   Las voces hacia las que se dirigían seguían sin callar.

   Cornelio se volvió hacia Sigfrido con gesto iracundo.

—¿Es esa tu idea de acercarnos en el más absoluto silencio a unos desconocidos? —preguntó casi en un susurro, apretando los dientes.

   El muchacho no respondió, dedicaba todos sus esfuerzos a soltar el vestido, algo que parecía resistírsele.

—¡No puedo creerlo! —se desesperó Cornelio—. Oye, apáñatelas tú solo. Si voy a soltarte nunca aprenderás a valerte por ti mismo. Estaré esperándote más adelante, oculto en la maleza mientras trato de ver quiénes son esos que hablan tan descuidadamente, como si no hubiese nada que temer. No quisiera que se marchasen mientras te echo una mano. Intenta no retrasarte demasiado, muchacho.

   Y dicho esto, el viejo se perdió en la espesura, dejando solo a Sigfrido, que volvió a centrarse en hallar el modo de desenganchar el puñetero vestido. Pero por más vueltas que le daba, siempre acababa tirando del mismo presa de los nervios, hasta que las fuerzas lo abandonaban y se veía obligado a parar para tomar aire. Fue durante uno de estos descansos, sentado sobre la misma piedra que aprisionaba su falda, que, de repente, sintió que había dejado de estar solo. Por un momento pensó que podía tratarse de Cornelio, que tras hacer las comprobaciones pertinentes y dialogar brevemente con aquellos a los que había ido a espiar, volvía para ayudarle mientras lo increpaba por su exagerada tardanza; de hecho, le pareció oír su voz mezclada con las otras en alguna ocasión mientras se afanaba en solucionar su sastreril percance. Sin embargo, lo más lógico era que el anciano volviese por el mismo sitio por donde se había marchado y no por detrás, que era por donde sus sentidos le advertían que venía la inesperada visita. Un lastimoso lamento, desagradablemente familiar, le llegó por la espalda, haciendo que un escalofrío le recorriese el cuerpo de arriba a abajo. Los nervios lo atenazaron de tal modo que apenas fue capaz de reunir el valor suficiente para volverse a comprobar que sus temores no eran obra de su imaginación, cosa que hubiera deseado.

   Y no lo eran, para desgracia suya. 

   Un nuevo lamento siguió al primero, y varios gemidos se alzaron al unísono sin orden ni concierto. Entonces, oyó los muchos pasos, que pisaban la hierba desapasionadamente, como sólo alguien que es movido por la apatía más insoportable sería capaz de hacer.

   Al fin, Sigfrido volvió lentamente la cabeza conteniendo la respiración. La visión que ante él tenía era, para colmo de males, la que esperaba, que, a su vez, resultaba sencillamente aterradora; pues una multitud de muertos animados, todos ellos de rostros grotescos y mirada vacía, avanzaban hacia él con ese torpe caminar tan característico de aquella especie venida de algún infierno. Tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo, fue bajo el gobierno del miedo más primigenio. Su primera intención fue correr, pero el vestido seguía enganchado a la piedra que le había servido de asiento. Al ver que su primer intento de huída era inútil, pasó a dar nuevos tirones a la falda, todos ellos descoordinados y poco efectivos a causa de la creciente agitación. Los zombis, mientras tanto, acortaban la distancia.

   Como ninguno de sus intentos funcionaba, Sigfrido decidió probar otra cosa. Se acuclilló nervioso y trató de alzar la piedra con ambas manos. Un grito brotó de su garganta debido al descomunal esfuerzo. Aquello pareció excitar sobremanera a esos malditos seres, pues avivaron el paso de un modo extraordinario en su dirección. Con desazón, el joven comprobó que no había logrado mover la piedra un solo milímetro, pero la urgencia del momento le hizo repetir el intento una vez más, con idéntico resultado. Entonces, volvió a dar tirones del vestido, encontrándose cada vez con más necesidad y menos ideas para resolver el problema que enfrentaba. 

   De súbito, pensó en pedir auxilio. Quizás, si lograba alzar la voz lo suficiente, Cornelio y los otros pudiesen oírle y llegasen a tiempo de salvarle de una muerte horrible. Sin embargo, estaba tan asustado que ni siquiera fue capaz de emitir sonido alguno en ninguna de las ocasiones en que trató de pronunciar palabra. Logró, eso sí, gemir desesperado, abrumado por la idea de verse envuelto por un número infinito de brazos que querrían sujetarlo mientras un sinfín de dientes se hundían en su carne. "¡Qué horrible final!", se dijo abrumado. Espantado ante la perspectiva de ser devorado, resolvió negarse a mirar cómo se acercaban los no muertos y decidió centrar sus esfuerzos, todos, en liberarse de algún modo.

   Llevaba un rato sintiendo una molestia en el costado, y sólo cuando se llevó la mano a ese lugar, tratando de encontrar alivio, tanteó la espada. “¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Estúpido!”, exclamó crispado hasta tres veces. Desenvainó raudo la vieja arma y la emprendió a golpes con la parte baja del vestido, que comenzó a desgarrarse con cada tajo que acertaba a dar. De cuando en cuando, a pesar de haberse propuesto lo contrario, cedía a la tentación y alzaba la mirada, comprobando con pavor que se le agotaba el tiempo, lo que hacía que imprimiese a su brazo un ritmo más vivo pero también menos preciso. 

   Los muertos se acercaban y gemían, como deseando probar su carne, o eso le pareció. También él gemía sin cesar, pero presa de los nervios y el miedo.

   Al fin, luego de un certero y afortunado golpe de la espada, logró zafarse. Contempló el roto que había ocasionado en su vestido rebosante de alegría. ¿Cómo era posible que aquella tela fuese tan resistente?, pensaba. Un gruñido que sonó demasiado cercano le hizo no buscar respuesta a esa pregunta. Ante él, a no más de tres pasos, un muerto de tamaño descomunal, que le hizo preguntarse si podría tratarse de Alonso o algún pariente de éste, se acercaba a su posición. Le desconcertó el hecho de que no centrase su vista en él, como solía suceder con todos los zombis con los que se había cruzado hasta el momento, y que siempre habían tratado de atacarle desde el primer instante. Rápidamente, convencido de que sería mejor ocupar las dos manos con objetos, logrando de ese modo una mejor defensa, tomó la escoba con la izquierda mientras empuñaba inseguro la espada con la diestra. Dio un nervioso paso atrás, siempre encarando al que estaba convencido era su rival, pero, para su sorpresa, éste pasó de largo, como si ignorara su existencia. Un nuevo gemido llamó su atención; otro zombi, menos imponente que el anterior, y que tampoco pareció prestarle la menor atención. Lo mismo sucedió con el tercero, y con el cuarto. Todos aquellos muertos actuaban como si no estuviese allí, para alivio suyo. Sin embargo, si no estaban interesados en él, ¿por qué habían ido en su dirección para luego dejarlo atrás? “Las voces”, pensó. “Les atraen las voces. Tengo que advertir a esos insensatos del peligro que corren”. Hizo ademán de gritar de nuevo y avisar así a Cornelio y los otros, quienes quiera que fuesen, pero se percató de inmediato de que cualquier gesto brusco llamaba rápidamente la atención de aquellos pobres diablos, así que tendría que apañárselas para llegar al lugar de dónde venían las voces antes de que lo hiciesen aquellos desgraciados seres. Comenzó entonces a caminar entre ellos, temiendo ser atacado de un momento a otro, pero siguió sin suceder nada, al menos durante los primeros pasos. Quizás pudo adivinar alguna que otra mirada curiosa por parte de aquellos grotescos individuos, los más cercanos, que, aunque carecieran de vida, parecían hacerse alguna pregunta acerca de ese extraño individuo con la cara manchada de tierra y que vestía como una bruja, incluso tocado con un largo sombrero picudo negro, que agarraba de una forma tan insegura aquella destartalada escoba y los acompañaba en su viaje sin rumbo a ninguna parte, sin más deseo que el de acabar con cualquier signo de vida que se cruzase en su camino.

   Poco a poco, con el mayor disimulo que fue capaz, Sigfrido fue aumentando el ritmo de sus pasos hasta dar alcance a los zombis que encabezaban la horda. Marchaba ya junto al primero de todos, que resultó ser el de gran tamaño, oyendo más claramente las voces, cuando sus tripas, acusando las muchas emociones a las que habían sido expuestas en tan poco tiempo, cedieron a la presión en lo que fue una escatológica sinfonía de podredumbre y humillación. El joven tuvo ganas de llorar. Aquello era algo que venía repitiéndose demasiado a menudo desde que el mundo decidiera derrumbarse a toda velocidad. Incómodo, obligado a aminorar el paso a causa de la desagradable humedad que impregnaba sus nalgas, volvió instintivamente la mirada hacia el descomunal no muerto del que tan cerca andaba, descubriendo, para su horror, que éste, decididamente atraído por la inmundicia que acababa de suceder, lo observaba con un gesto donde convivían el deseo y el odio, si es que eso podía darse en una criatura que, aparentemente, carecía de los sentimientos propios de un ser vivo. La bestia, pues pocos calificativos podrían venir mejor a este espécimen, estiró los brazos hacia Sigfrido, al que, a pesar de que intentara huir, logró agarrar por el vestido en última instancia. 

   Viendo tan cerca su final, el asustado muchacho, sintiendo los dientes de su depredador clavarse en la tela de la manga que cubría uno de sus brazos, el que esgrimía la espada, gritó tanto como se lo permitieron sus pulmones al tiempo que trataba de correr. La fortuna estaba de su parte, pues el zombi, de veras furioso, al menos a ojos de Sigfrido, arrancó el trozo de vestido en el que había hecho presa con aquel salvaje mordisco, lo que propició la fuga del asustado joven, que movió las piernas tan rápido como pudo. 

   Tras él, la hueste de no muertos gruñía iracunda, anhelando su carne. Delante, las voces habían callado, expectantes, sin duda, a los extraños ruidos que les llegaban desde allí. Sigfrido, dispuesto a ponerles sobre aviso, volvió a gritar. Era tal el estado en que se encontraba, que cualquiera hubiese pensado que el autor de aquel chillido bien podría haber sido una mujer, debido a la agudeza que acompañaba al torrente de voz que escupía atropelladamente su garganta.

   De repente, la escoba comenzó a vibrar, como queriendo tirar de él hacia arriba. “¿Qué diablos pasa ahora?”, pensó Sigfrido.

   Imagen tomada de www.elsecretomundodedeanika.blogspot.com Desconozco su autor, por lo que será de agradecer cualquier referencia al mismo para reflejarlo en la publicación. Si, por el contrario, el creador prefiriese la retirada de la imagen, no tendrá más que hacérmelo saber.


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