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sábado, 30 de enero de 2016

34. El grimorio.

   Mientras Sigfrido contemplaba con asombro el libro que tenía entre las manos, al que, en lugar de abrirlo, no hacía más que dar vueltas aún desconcertado, Cornelio, cayendo en la cuenta de que, quizás, también su vestido ocultase un volumen similar, comenzó a palpar la prenda con ambas manos, aunque no halló nada por más que buscó.   “Menudo fastidio”, pensó. “Es posible que el libro que aquí hubiese, de existir, esté entre los escombros de la casa. No, lo habría visto de ser así. Además, de haberse caído, lo más probable es que hubiese sido en el momento en que golpee a esa vieja zorra que me llevaba en volandas. Sí, ambas chocaron entre sí y el vuelo se tornó confuso entonces; eso fue al menos lo que me contó este patoso, pues yo caí sin sentido. Si había libro, podría estar allí. Pero, cómo va a caerse nada de ahí si apenas pudo encontrarse el que llevaba él encima. ¿Es posible que...?”. Como siguiendo un repentino impulso, Cornelio volvió a examinar sus ropas, con más calma esta vez, lo que le llevó a dar con un bolsillo secreto, exactamente idéntico en forma y ubicación al del vestido de Sigfrido, con la salvedad de presentar en su fondo un orificio de considerables dimensiones. Resultaba evidente que cualquier cosa que pudiese haber sido guardada en aquel lugar debió deslizarse por ese mismo agujero. “¿Lo habré perdido por el camino mientras andaba? No, el ruido que hubiese producido al caer me habría alertado, o eso quiero pensar. ¡Diablos! ¿Qué será ese libro? Algo me dice que se trata de algo importante, aunque también terrible”.

—¡Ábrelo de una vez! —ordenó nervioso a Sigfrido, que lo miró sorprendido, como si no entendiera lo que acababa de oír.

—¿Cómo dices? —preguntó, un tanto desorientado.

—El libro, que lo abras, te digo —repitió Cornelio, con más calma esta vez.

   El joven lo miró pensativo, ausente.

—¡Abrirlo, claro! —exclamó al fin.

—Buen chico —celebró el anciano con sarcasmo.

   Ambos se inclinaron sobre el viejo tomo, posando sus ojos en la inmensa negrura de su tapa. Cornelio sintió cómo ésta lo atrapaba, hasta tal punto, que casi le afectó que Sigfrido abriese el libro y comenzase a pasar las páginas, echando un rápido vistazo a las mismas sin apenas prestarles atención. Un sinfín de palabras, pertenecientes a un idioma que desconocían, se mezclaban con ilustraciones oscuras y fantasmagóricas. La caligrafía era, a la vez, elegante y siniestra, y el anciano tuvo la curiosa impresión de poder descifrarla si dedicaba tiempo a su estudio; una idea que descartó de inmediato, pues no era hombre que hubiese tenido un oficio relacionado con la erudición.

—Parece una suerte de historia de miedo —concluyó Sigfrido, que, sin miramientos de ningún tipo, cerró el libro de golpe, dejando con ansías de más a Cornelio, que estuvo a punto de montar en cólera—. Aunque no tengo la menor idea de qué es lo que cuenta. Qué lengua será, me pregunto también, la que está ahí escrita.

   El viejo extendió los brazos y tomó el libro de manos de Sigfrido, que no hizo el menor gesto por retenerlo. Comprobó que, tal como éste advirtió, era mucho más pesado de lo que aparentaba.

—Sí, sea lo que sea, parece que contiene algo aterrador —dijo.

—Pero no creo que sea más aterrador que la forma en que se inició la mañana. Ni siquiera tengo apetito, aunque, claro, tampoco hay nada que echarse a la boca, salvo la carne nauseabunda de ese zombi que cría malvas desde hace un momento. No pienso probarlo, por si eso te preocupa; preferiría morir de hambre.

   Cornelio no respondió, pues volvía a centrar su atención en el contenido de aquel tomo, por el que empezaba a sentir una extraña atracción. “¿A qué se deberá este deseo de perderme entre sus párrafos aun desconociendo la lengua en que están escritos? Y esas extrañas figuras, dibujadas, sin duda, con alguna intención, no sabría decir cuál; parecen tan vivas, dispuestas a salir de las páginas donde fueron plasmadas. Qué locura, cómo puedo siquiera creer que este libro, en su interior, alberga un poder y un misterio insondables. Pero, ¿no es mayor locura acaso que los muertos caminen, o que las brujas, que sólo vivían en los cuentos de miedo, pululen libres por el mismo mundo que los seres humanos? ¿Cómo nacen estos pensamientos en mí? ¿Qué me hace discurrir de este modo?”. Inundado por infinidad de cuestiones, todas ellas relacionadas con el libro, concluyó que dedicaría parte de sus esfuerzos a tratar de encontrar las respuestas adecuadas, lo que exigía un estudio en profundidad de aquel viejo volumen. “Pero, ¿cómo, si no sé leer esa lengua?”, se dijo a sí mismo. De repente, tuvo la certeza de que, de alguna manera, acabaría comprendiendo lo que allí había sido escrito.

—He observado que no parece algo que llame demasiado tu atención. ¿Te importa que me lo quedé? —preguntó Cornelio, empleando un tono cordial, a la vez que trataba de aparentar indiferencia, como si la contestación que recibiera por parte de Sigfrido no pudiese causar el menor efecto sobre él. Sin embargo, ansiaba una respuesta concreta, y estaba dispuesto a insistir lo necesario hasta obtenerla.

—¿Te refieres al libro? —quiso saber el joven.

   Cornelio sintió como se tensaba su cuerpo.

—Sí, ¿qué otra cosa podría ser?

   Sigfrido guardó un momento de silencio, sopesando la respuesta, aunque se percató de un extraño brillo en los ojos del anciano que no acabó de gustarle.

—Sí, quédatelo si quieres, pero tendrás que prestármelo cada vez que nos cruzamos con algún muerto. Hoy me ha venido muy bien para mantener mi virilidad intacta —bromeó.

—Te lo agradezco —respondió Cornelio, que tomó asiento de inmediato y comenzó a ojear el tomo con detenimiento.

—¿Qué haces? Deberíamos dejar este lugar cuanto antes.

   El anciano apartó la vista de las hojas con gran esfuerzo.

—Quisiera leer un poco, no más de unos minutos, si no te importa —contestó con gravedad—. ¿Por qué no aprovechas para buscar algo que podamos llevarnos a la boca? 

   Sigfrido dudó un instante, aunque acabó cediendo a la petición del anciano, que volvía a posar los ojos en las enigmáticas letras del singular libro.

—Esa lectura te acabará trastornando del todo. ¿Qué pretendes? ¿No ves que no hay quién entienda nada ahí, salvo aquel que lo escribió?

   Pero Cornelio, absorto ya en su particular estudio de aquella materia, no dijo nada. El joven, sintiéndose ignorado, tras ponerse el sombrero picudo y tomar la escoba y la vieja espada, marchó ofendido en busca del desayuno, aunque, como él mismo dijera antes, el incidente con el zombi le había afectado al apetito. “Sí, mejor será que me marche un rato, o puede que para siempre. ¿Qué mosca le ha picado ahora con ese libro del demonio que nadie entiende? ¿Qué se habrá creído? Y ahora dirá que logró descifrar el significado de esas palabras, como si uno fuese estúpido. Más te vale estar atento con este viejo, Sigfrido; ¿viste su mirada? Esos ojos ocultaban y querían algo a la vez, y el libro no es más que una excusa. ¿Por qué me pidió que fuese en busca del desayuno, entonces? Además, de sobra sabe que no sé encontrar comida, que no sé encontrar nada. Lo sabe aun sin decirlo yo y a pesar de mis esfuerzos de hacer entender que sí sé hacer de todo, cosa que sólo los idiotas creen. Pero él ve las cosas, sus ojos de viejo mal nacido lo ven todo, incluso más allá de la carne; es capaz de ver el alma, diría yo".

   De súbito, como si se tratase de un pensamiento ajeno que alguien hubiese dejado en su cabeza tras una adoctrinadora charla, Sigfrido comenzó a tener la extraña sensación de estar excediéndose en sus opiniones hacia el anciano. "Pero, ¿qué digo? Me salvó ayer, y también hoy. No debo pensar así de él. Es desconfiado, y es cierto que no es amable conmigo, aunque esta mañana sí lo fue tras matar a ese zombi que casi se me desayuna. Quizás no me ha echado con la excusa de buscar alimento porque trame algo, es posible que sólo trate de hacer que aprenda a desenvolverme por mí mismo. Sí, eso es, por eso disimula interés por el libro. Qué necio soy a veces. Buscaré algunos frutos, o lo que sea, y regresaré con las manos llenas. Y entonces desayunaremos mientras comentamos su ocurrencia. Qué bien me siento, sin tener que buscar la forma de huir. Quiero volver, tener buena compañía, la de alguien que, por fin, me cuida; un buen amo. ¡Un momento! ¿Qué es esto? ¿Por qué discurro así ahora? ¿Qué diablos pasa en mi estùpida azotea? Es como si algo o alguien me dijese a través de vagos susurros cómo debo cavilar”.

   Fue entonces que Sigfrido, para horror suyo, se percató de que no sabía dónde estaba.

   La explicación a las singulares reflexiones del joven y sus distintas posturas la encontramos en la acción de Cornelio, que, cuando se supo solo, se entregó en cuerpo y alma a una lectura imposible, tratando de hallar un modo de vocalizar aquellas palabras desconocidas para él. Debía estar atento, el asunto bien podría resultar sencillo si lograba encajar la primera pieza del puzzle, pero cuál sería. Tras un rato de concentración y exquisita armonía, a pesar de no obtener resultados, una voz profunda fue formándose en su mente, la misma que empleaba cuando, en silencio, conversaba consigo mismo. Ésta le habló con palabras que nunca antes había escuchado. Supuso entonces que su imaginación le jugaba una mala pasada, pues el texto comenzaba a tener sentido, aunque no en comprensión, sino en entonación. ¿Sería posible aquello, o era una locura más, como la que había cometido aquella misma mañana con el asunto del zombi? Volvió a dejarse llevar por ese repentino hambre de conocimiento, acompañando con su voz a aquella que sonaba en su cabeza. De repente, su corazón se aceleró por la emoción. Sí, empezaba a tener claro que estaba recitando una suerte de hechizo, y entonces supo que podría esclavizar la voluntad de alguien, tal como expresaba la figura de un hombre con rostro sumiso, que permanecía atado de manos a una soga, cuyo dibujo se hallaba a un lado del texto. Entonces, pensó en Sigfrido, y en ese mismo momento sucedió que éste comenzó a verlo a él como un amo amable y magnánimo. Sin embargo, el hechizo, o lo que fuera, se fue deteriorando hasta perder vigor, y Cornelio sintió cómo se esfumaba el afecto que hacía él había brotado tan repentinamente en el joven, del que esperaba ignorase todo aquello. 

   Agotado a la vez que aturdido, se vio obligado a dejar aquella lectura. ¿Sería verdad lo que acababa de suceder, o se trataría de una ilusión? Tenía la firme impresión de haber lanzado un sortilegio, y que éste había fallado a causa de su falta de preparación, pues, de estar en lo cierto y haber hecho magia, el fallo podía deberse a que era un absoluto profano en la materia. ¿Brujería? No podía estar del todo seguro, pero algo le decía que era eso lo que había pasado, ¿o simplemente era lo que prefería creer?

   "Sólo espero que el muchacho no sospeche de mí en este supuesto de influencia mágica. No sabría qué explicación darle si me pregunta acerca de todo esto. Aunque, ¿cómo podría él relacionarme directamente con esa repentina necesidad de necesitar servirme, que es lo que diría que ha debido experimentar? Es todo tan confuso".

   Un grito desgarró el silencio. Era Sigfrido, que lo llamaba. Al parecer se había perdido.

   Imagen tomada de www.propnomicon.blogspot.com Desconozco la identidad del autor, por lo que se agradecerá cualquier información al respecto. Si éste prefiriese que su obra no apareciese en esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.



4 comentarios:

  1. Muy buena historia, ¿ Quien no se ha enganchado alguna vez a algún libro sin poder parar de leer?, aunque en esta historia el final es diferente jaja. Me ha gustado.

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    1. ¡Muchas gracias! Me alegra que te haya gustado. Y sí, es cierto, quién no se ha visto atrapado por algún libro, aunque, como bien dices, la lectura que hacía uno de los personajes era algo distinta. 😜

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  2. Muy interesante¡¡ ya me han entrado ganas de saber qué oculta el misterioso libro y quién será capaz de leerlo¡¡ Bueno... ya te sigo¡¡¡ nos leemos (si te apetece, claro¡¡

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  3. ¡Muchas gracias! A saber qué diablos oculta ese libro. ¡Un saludo!

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