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viernes, 15 de enero de 2016

31. Las escobas no son sólo para barrer.

   Dadas las circunstancias, Sigfrido no podía prestar toda su atención a la escoba, que cada vez se agitaba con más fuerza; pues debía concentrarse en correr, cuanto más mejor. Sentía, eso sí, como si una fuerza invisible tirase del objeto hacia arriba, hasta el punto de verse obligado a marchar durante unos metros con el brazo izquierdo cada vez más en alto cual vencedor de una prueba deportiva. Entonces, fueron los pies los que quedaron zapateando en el aire, buscando un suelo que, de repente, había dejado de estar donde debiera. En un desesperado esfuerzo por recuperar el contacto con el terreno, que cada vez estaba más abajo, Valorquebrado, visiblemente turbado, comenzó a agitarse sin soltar la escoba, con lo que comenzó a girar sobre sí mismo mientras seguía elevándose lentamente por el aire.
   Aunque se hallaba en exceso abrumado ante la perspectiva de volar por primera vez, sobre todo por el modo en que esto habría de suceder, acabó concluyendo que siempre sería mejor aquello que terminar en manos de los zombis.
   Justo en el momento en que barajaba la posibilidad de soltar la espada para poder asirse con ambas manos al mango de la escoba y así afirmarse a la misma, fue atacado por un muerto viviente; no el mismo que le arrancara de un mordisco el trozo de tela que faltaba en una de las mangas del vestido y que poseía un tamaño descomunal, si no uno de aspecto menos fiero y de facciones delicadas, y que en vida debió tratarse de un bello mozo que bien pudo haber rendido a sus pies a más de una campesina, independientemente de su estado civil, o eso al menos pensó Sigfrido.
   El que probablemente fuera el menos horrible de los no muertos del contorno, lejos de mostrar el decoro y la amabilidad que lo caracterizaran mientras su corazón latiera, se aferró a las piernas de su aterrorizada víctima y trató de morder allí donde intuyó que sería más sencillo, siendo este lugar la zona más íntima y delicada que pueda albergar el cuerpo de todo varón. Mientras tanto, la escoba seguía su inexorable ascenso, arrastrando con ella a presa y depredador, lo cual sucedía entre gritos de asco y terror, además de algún que otro desagradable gruñido.
   Considerando la gravedad de la amenaza que corría, Sigfrido inició un desesperado forcejeo con su decidido rival, que parecía obsesionado con aquella parte de su cuerpo, que, por mal que pueda sonar, era también la que tenía más a la boca. Durante el transcurso de tan peculiar lance, Sigfrido sintió, con creciente repugnancia, cómo se desplazaba hacia abajo la humedad recién instalada en sus nalgas, lo que pareció provocar más al zombi, si cabe.
   Una vez irrumpió en el claro, ya a ojos de Cornelio, que contemplaba atónito la escena, aquel demonio logró morder lo que con tanto ahínco ansiaba. El aterrado joven sintió el apretón en torno a lo que muchos hombres consideran su mayor tesoro. “¡Mordido!”, pensó sobrecogido y al borde del llanto. Sus esfuerzos por reducir a su rival a golpe de espada, torpes desde el inicio de la refriega, se volvieron entonces más inútiles aún. Fue entonces que sus ojos advirtieron un movimiento allá abajo que le hizo pensar que su muerte era un hecho más que consumado, pues Cornelio, ignorando a los zombis que lo rodeaban, que, a su vez, también parecían ignorarlo a él, apuntaba en su dirección con el hacha y un gesto en la mirada que no le gustó en absoluto. “¿Qué pretende ese loco desgraciado? ¿Acabar conmigo antes de que lo haga este malvado ser?”, pensó Sigfrido desanimado.
   Para colmo de males, la mano con la que se aferraba a la escoba empezaba a perder vigor.
   Cornelio lanzó su arma con decisión, esperando no errar el blanco. Sin duda, aquel era uno de los tiros más difíciles que recordaba haber hecho a lo largo de su vida, pero la urgencia del momento no permitía dudas de ningún tipo. El hecho de que aquellos muertos, para sorpresa suya, pasasen de largo sin mostrar el menor interés en él, le ofrecía la posibilidad, no sólo de ponerse a salvo, si no de intentar salvar también a Sigfrido, que pasaba, sin duda, por un doloroso apuro.
   La presión que ejercían aquellas mandíbulas cedió en el mismo momento en que el hacha, lanzada con indudable maestría, se clavaba en la cabeza del zombi que con tanta dedicación se empleaba en intentar arrancar el bulto que mordía, cayendo sin vida al vacío de tal modo que, por caprichos del destino, durante el inicio de su descenso, acabó bajando los pantalones a Sigfrido hasta los mismos tobillos, algo insólito si se tiene en cuenta que iban por debajo del vestido. Éste, visiblemente aliviado por la repentina ausencia de peligro, arrojó la espada sin mirar hacia dónde lo hacía, que fue a golpear en una de las pantorrillas a Gonzalba, uno de los tres crimínales con los que discutiera Cornelio antes de la espectacular intromisión de Sigfrido y aquella multitud iracunda de zombis que lo perseguía, ocasionándole un feo corte que le hizo caer al suelo con estrépito, e interrumpiendo de ese modo la huida que acababa de emprender, y que propició que el desgraciado comenzara a gritar de dolor y espanto por el inmediato y oscuro futuro que le aguardaba si no lograba recomponerse y salir de allí.
   Ya con las dos manos en la escoba, aunque agotado tras el día de marcha y la intensidad con la que se desarrollaban los acontecimientos, Sigfrido se percató del indecoroso estado de sus pantalones, tanto en lo higiénico como en lo estético, por lo que optó por deshacerse de ellos al instante. “¿Cómo diablos habrá podido ese monstruo engancharse en ellos y bajármelos?”, se preguntaba, mientras trataba de dejarlos caer agitando cansinamente los pies. La respuesta le vino al recordar que había practicado un corte con la espada en la parte trasera del vestido para poder liberarse de su enganche en aquella maldita roca, y que quizás fue por ahí por donde las manos del zombi obraron el incidente que se disponía a solucionar en ese preciso instante.
   Como los bajos de los calzones eran anchos, no le costó demasiado desproveerse de ellos, lo cual agradecía dadas las dificultades de su singular situación. Sin embargo, antes de caer, los pantalones quedaron sujetos únicamente a la punta de su zapato derecho, desprendiendo aún restos de la inmundicia que impregnaba él área que daba a las nalgas mientras vistieron a Sigfrido, que se despidió definitivamente de ellos dando una ridícula patada al aire. En su incierto y escatológico vuelo, las calzas fueron a caer sobre la cabeza de Cascabotes, compañero de Gonzalba, que se inclinaba sobre el susodicho para tratar de auxiliarlo. El infeliz, al sentir los pantalones alojársele en la testa de un modo tan inesperado, y cómo una horrible y maloliente sustancia viscosa comenzaba a descenderle por el rostro, por no mencionar el repentino y nauseabundo hedor, sufrió tal ataque de repugnancia que acabó traspasando por un fatídico momento el umbral de la locura, echando a correr descontroladamente en la dirección en que venían los zombis, que lo recibieron gustosos a mordisco limpio. En honor a la verdad, hay que decir que, al menos al principio, el desgraciado sufrió más por el asco que padecía que por el dolor que le producían tantos dientes al clavársele en la carne. Sus gritos de agonía sólo cesaron cuando le fue arrancada la garganta a causa de una brutal dentellada. Desde el suelo, Gonzalba, horrorizado por lo que acababa de presenciar, trató de alejarse a rastras entre lágrimas de desesperación, pero fue pronto alcanzado por aquellos diablos, que dieron buena cuenta de él sin mostrar la menor compasión. Mientras esto pasaba, aún con vida, pudo ver cómo dos niños, los mismos a los que acababa de dar muerte justo antes de la llegada de aquella bruja con voz de hombre, contemplaban impasibles cómo era despedazado. “Sus espectros, que vienen a presenciar mi final a modo de venganza”, pensó para sí antes de exhalar el último aliento.
   Cornelio, aunque no disfrutó con la forma en la que fueron liquidados aquellos asesinos, si encontró divertido el modo en que Sigfrido, que parecía ignorar cuanto pasaba en el suelo, contribuyó a su caída. “Merecíais la muerte. No sé si del modo en que os ha sido enviada, pero sin duda la merecíais por vuestros crímenes. Una pena que sólo hayáis caído dos”, se dijo. Anduvo por el claro hasta recuperar su hacha y la vieja espada del muchacho. Al ver que Sigfrido y su escoba, a la que el joven apenas sí era capaz de permanecer sujeto unos segundos más, se precipitaban contra los árboles, se desplazó hacia allí sin dejar de maravillarse por la facilidad con la que se movía entre los muertos, que acudían en tropel al festín recién iniciado, donde exigirían su participación al resto de comensales. “Debe ser el vestido de bruja que llevo puesto, no cabe otra explicación. ¿Pero por qué sí atacaron al muchacho? ¿Y por qué echó a volar su escoba?”, se preguntaba el viejo contrariado.
   Encontró a Sigfrido sentado, con la espalda apoyada en un roble, temblando, con la escoba junto a él, en el suelo. Extendía sus piernas desnudas a lo largo del irregular firme, salpicado de hierbas diversas, musgo, y pequeñas piedras. El mal olor lo acompañaba, aunque Cornelio se esforzó por no dar muestras de repulsa.
   El joven no parecía contento de verle.
—¿Lo oyes? —preguntó Sigfrido enojado, que agitaba energicamente el vestido, lo que provocaba un tintineo metálico que provenía de debajo del mismo—. Es la cota de mallas que llevo puesta bajo el puñetero disfraz, capaz de detener mordiscos y arañazos, no así afiladas hachas que son arrojadas a toda velocidad por brazos que responden a mentes de ancianos intrépidos que se niegan a aceptar el peso de la edad y juegan a ser aventureros —obvió mencionar que también él había olvidado que vestía aquella armadura, que redescubrió con alivió al comprobar el estado de la zona mordida, que no había sufrido ningún daño de importancia, por fortuna—. ¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿No te das cuenta de que casi acabas conmigo? Sí, por supuesto que sabías que podrías matarme. Lo vi en tus ojos.
   Cornelio estuvo a punto de no decir nada, pero tampoco veía motivos para permanecer callado, de modo que habló.
—Y eso lo dices tú, un mozo que huye de su propia sombra, incapaz de sostener una espada de un modo decente y que no hace más que gritar y correr cada vez que las cosas se ponen feas, pero que aun así insiste en aparentar una entereza que está lejos de tener.
—¿Cómo te atreves a pensar así de mí? —se ofendió Sigfrido, aunque en realidad se sentía más avergonzado que otra cosa.
—¿Qué quieres que piense? Es la segunda vez desde que te conozco, que no son más de dos días, que veo unos pantalones manchados, y no por un uso continuado, precisamente.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué les ha pasado a tus pantalones? ¿Puedes explicar eso? —preguntó Cornelio, señalando las piernas desnudas de Sigfrido.
   El joven carraspeó incomodo antes de responder.
—¡Oh! Mis pantalones. Bueno, ese maldito bicho los echó a perder, así que tuve que deshacerme de ellos. ¿No hueles esa porquería? Es de él. Como comprenderás, no puedo ir así a ninguna parte. Tendría que lavarme cuanto antes, cosa que haré en en el primer riachuelo que vea.
   Cornelio sostuvo la mirada de Sigfrido, aunque la contienda no duró mucho, puesto que el joven no tardó en apartarla, como si ocurriese algo en el suelo que, de repente, requiriese de toda su atención..
—Ya —dijo al fin. “No quieres enterarte, muchacho, que el teatro no te servirá de nada. Tarde o temprano la función tendrá que acabar, de un modo u otro, quieras o no”, pensó malhumorado para sus adentros.
   De súbito, un terrible rugido se oyó en los alrededores, seguido de un grito de espanto que acabó transformándose en un alarido que evidenciaba un sufrimiento agónico, insoportable, y que Cornelio reconoció como la voz del cabecilla, al que había dado por fugitivo. Desde luego, de alguna manera, parecía haber encontrado un final espantoso, cosa que merecía, a su juicio, y eso mejoró considerablemente su humor.
—Será mejor que nos marchemos de aquí, éste no es un buen lugar para pasar la noche —dijo.
—Estoy de acuerdo —respondió Sigfrido, más por acercar posturas con el anciano que por saber realmente lo que decía, aunque es cierto que no le hubiese apetecido en absoluto pasar la noche tan cerca de una horda de zombis y de lo que se le antojaba debía ser una bestia de incuestionable fiereza y voracidad, teniendo en cuenta el rugido de la misma y el horrible grito de la víctima.
   Y así fue que, a pesar de ser prácticamente de noche, prosiguieron la marcha en el más absoluto silencio. 
   Imagen tomada de www.poetaaljaan.blogspot.com Desconozco la identidad del autor, por lo que se agradecerá cualquier información al respecto. Si éste prefiriese que eliminase su obra de esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo.

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