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domingo, 10 de enero de 2016

30. Las voces del claro.

   Cornelio se movía por la espesura haciendo gala de una formidable destreza sin apenas ocasionar ruido; nada que ver con Sigfrido, al que había dejado momentáneamente atrás, y que se afanaba por resolver un problema ocasionado por su propia torpeza. Lo que más molestaba al resuelto anciano del joven no era su falta de habilidad, si no su empeño en ocultar la misma y no reconocerla. ¿Qué pretendía con esa actitud? Quizás, con el paso de los años, si es que era posible sobrevivir tanto tiempo en aquel inhóspito lugar en el que se había convertido el mundo desde que se iniciaran aquellos oscuros incidentes, el muchacho lograse madurar lo suficiente como para darse cuenta de lo inútil que resulta ir a todas partes con una venda puesta en los ojos y, a su vez, tratar de poner otra en los de los demás. “No”, resolvió para sí, mientras lo imaginaba tratando de soltar el vestido de la enorme piedra donde se había enganchado. “No tendrá tanto tiempo. O deja de hacer el imbécil y crece de golpe, o será devorado por este infierno en vida”. 
   Sabía que su ayuda podría serle de gran utilidad a Sigfrido para que éste superase las muchas inseguridades que lo atormentaban. Se había percatado del excesivo respeto con el que el muchacho lo miraba, de su miedo, así como su preocupación por ocultarle sus muchas debilidades. Podría servirse de todo eso para hacerle aprender alguna que otra lección. Ya pensaría más adelante qué hacer al respecto. Por el momento, trataría de emplearse en él con algo menos de dureza de lo que venía haciendo hasta entonces, algo que no le resultaría sencillo, dado su carácter natural. "Además, qué puedes aconsejarle tú, con tantas oscuridades con las que convives", acabó reflexionando.

   Ahora, bastante más cerca de las voces, pudo distinguir algunas palabras, aunque no lograba hilvanarlas de modo que pudiera hacerse una idea sobre qué hablaban. Sí estaba seguro de que no había ninguna mujer entre los reunidos, a menos que hablara en adelante o que hubiese resuelto permanecer en silencio, lo cual averiguaría en cuanto pudiese acechar su objetivo sin ser visto, como era su intención.

—Regístralos y mira a ver qué puedes encontrar que sea de valor —dijo una de las voces, la que parecía tener más autoridad, siendo esta la primera frase con sentido que llegaba a los oídos de Cornelio.

   No le gustó en absoluto.

—Si pudiese adivinarse cuánto de valor lleva encima alguien por el modo en que llora mientras es amenazado nos ahorraríamos la desagradable tarea de registrar los cadáveres —dijo otra voz, que, a pesar de la protesta, hablaba en tono sumiso.

—¡Qué diablos! ¿Y perdernos la diversión? ¡Ni hablar! Es justo cuando se registran los cuerpos que cobra sentido nuestra profesión, tan floreciente últimamente —terció alguien más con tono decidido.

   No, decididamente, a Cornelio no le gustaba en absoluto lo que escuchaba. Buscó cobijo entre unos matorrales y agudizó el oído, concluyendo no dar un paso más hasta hacerse una imagen más precisa del tipo de gente con el que habría de tratar, si es que, finalmente, consideraba beneficioso contactar con ellos.

—¡Dejaos de cháchara y poneos a trabajar de una vez! —ordenó la voz que hablara por primera vez, sonando mucho más autoritaria que antes—. Si no veis nada entre sus ropas no dudéis en desnudarlos, hombres y niños por igual, que ya sé que a las mujeres bien que las desvestís aunque nada se os diga.

—Ni aunque nada se nos diga, ni por más cosas que les encontremos en los vestidos. Si son jóvenes y hermosas, las desnudamos igualmente —bromeó con crueldad el que había hablado tercero.

—Y es entonces que descubrimos el mayor de sus tesoros —convino el que hablara segundo—. Una pena no poder llevárnoslas con nosotros más que en la memoria. Sí, tienes razón, Gonzalba, cuando dices que es en el momento del registro a los cadáveres cuando el oficio se vuelve interesante, siempre que el cuerpo sea el de una buena moza.

   Hubo algunas risas. Cornelio, por su parte, estaba horrorizado. Con gusto saltaría de entre los árboles y arrojaría su hacha a esos tres indeseables, sin darles la menor oportunidad de explicarse. No, nadie que hablara así, ni siquiera en broma, merecía su atención, mucho menos su perdón, no sin antes perdonarse a sí mismo ciertos asuntos del pasado, lejano y reciente. "¿Existe el perdón verdadero acaso?". Las chanzas malintencionadas continuaron, lo que no hacía más que aumentar la indignación del malhumorado anciano. Entonces, recordando que vestía como una bruja, se le ocurrió que, quizás, si actuaba correctamente, podría vengarse de aquellos indeseables y hacerles pasar un buen susto, incluso matarlos, si sus sospechas se confirmaban y eran, como pensaba, autores de un horrendo crimen. En condiciones normales debería considerar su plan como una verdadera locura, un sin sentido, sin embargo, el hecho de que hubiese fuerzas maléficas vagando con total libertad por el mundo, que bien podrían haber salido de los cuentos que las abuelas contaban a sus nietos en las frías noches de invierno al calor del hogar, hacía que, en aquellos momentos, gozase de bastantes probabilidades de éxito. ¿Quién se atrevería a dudar de la autenticidad de una vieja bruja después de haber visto muertos vivientes, y quién sabe si algo más?

   Siendo consciente de lo que podría costarle aquello de salir mal la jugada, Cornelio barajó por un instante la posibilidad de dejar marchar aquella idea del mismo modo en que había llegado. Sin embargo, concluyó que no abandonaría ahora que estaba decidido. Dejó su escondite y caminó tranquilamente hacia el lugar de donde provenían aquellas voces, que seguían dejando escapar besadas bromas acerca de asuntos oscuros e hirientes. En cuanto resultó evidente que alguien se acercaba, se hizo el silencio. Cornelio Malhadado disfrutó con aquello, imaginando la incertidumbre y el desconcierto en que debían estar sumidos aquellos indeseables. “Esto es una locura. Conseguiré que me maten”, se dijo a sí mismo. “Nada de eso. Ya verás la cara que ponen cuando te vean aparecer”, pensó casi al instante, tratando de convencerse a sí mismo.

   La densa arboleda se interrumpió de repente, dando paso a un claro salpicado de matojos y algún que otro tocón, restos de lo que en el pasado debieron ser orgullosos robles. Tres individuos, con aspecto de no ser gente de fiar, y que esgrimían espadas y dagas, observaban expectantes y con gesto de sorpresa al viejo que con tanto descaro se presentaba ante ellos. Cornelio pudo ver el miedo asomar a sus ojos cuando creyeron estar ante una bruja. En el suelo, prácticamente a los pies de aquella especie de vándalos, yacían no menos de seis cuerpos, entre hombres, mujeres, e incluso niños. Algunos habían sido abatidos con flechas, que parecían sobresalir de allí donde habían sido clavadas, ofreciendo su penacho al cielo a modo de cruenta flor mortífera cuya raíz arraigó con firmeza en la carne de sus víctimas. El anciano reparó entonces en que dos de aquellos sujetos cargaban a la espalda un carcaj atiborrado de flechas cada uno, y aunque no alcanzó a ver los arcos, era evidente que debían estar tirados por el suelo, junto a ellos. Las hojas de las armas que empuñaban estaban manchadas de sangre, y aunque no había presenciado la escena, pudo ver la culpabilidad en los rostros de aquellos malvados, o eso al menos le pareció. “Quizás eran zombis a los que han dado muerte, y bromeaban sólo para ahuyentar al miedo”, pensó en última instancia. Sí, aquella era una posibilidad que no había tenido en cuenta hasta ese preciso momento, aun así, debía andarse con cuidado. Forzó la vista cuanto pudo, tratando de discernir si los cuerpos sufrían golpes o perforaciones en sus cabezas, pero no lograba verlo con claridad desde donde estaba.

   Los hombres seguían en silencio, inmóviles, aún presas de la confusión.

—La muerte sobreviene con demasiada frecuencia últimamente. La puedes encontrar en cualquier rincón adoptando formas inesperadas —dijo Cornelio, sin preocuparse en adoptar un tono distinto al suyo, imaginando los devastadores efectos que podía ocasionar la voz de un hombre, por muy anciano que fuese, en aquello que todos darían por una mujer desgastada por el paso del tiempo, sobre todo si ésta tenía el aspecto de una terrible hechicera, como era el caso.

   Tal como esperaba, no obtuvo respuesta.

—Me pregunto qué hacían estos infelices antes de perecer —miró a los tres hombres con malicia, cada vez más convencido de que eran los causantes del fatal desenlace de aquellos pobres desgraciados. Casi podía verlo en sus ojos—. Vosotros tenéis pinta de saber qué les ha pasado. Decidme, ¿cómo murieron? ¿A quién o quiénes deben su sufrimiento?

   Cornelio sabía que había ido demasiado lejos, no había vuelta atrás.

—No... Yo... —comenzó balbuceando uno de ellos. En cuanto le oyó hablar, Cornelio supo de quién se trataba.

—Dime, Gonzalba, tú que encuentras placer en registrar a los muertos, que no necesitas que una mujer que yace sin vida no lleve nada de valor entre sus ropas para desnudarla y saciar así tu asquerosa e insana lascivia, ¿qué fue lo último que dijo el niño que yace a tus pies antes de ser traspasado por tu espada, o no pudo hablar, ahogado por el llanto que le provocaba el miedo a morir? ¡Habla! A no ser que prefieras que te arranque el corazón y te lo haga comer para ver cómo lo vomitas después.

   El hombre se agitó inquieto, aturdido porque aquella bruja, o lo que fuese, conociera su nombre, y visiblemente afectado por la oscura amenaza que acababa de recibir de ésta.

—A éste no lo maté yo, fue... —buscó con la cabeza al que tenía más cerca.

—¿Vas a decirle que fui yo, vil traidor? —preguntó nervioso el aludido, al que Cornelio reconoció como el dueño de la segunda voz—. Entonces no te importará que le diga como apretabas el cuello de aquella joven, la que te suplicaba que la dejases vivir a cambio de dejarse hacer todo cuanto quisieses.

   El viejo los escuchaba apenado y furibundo. Aunque rechazaban aquello que no hubiesen hecho ellos mismos, no tenían el menor problema en reconocer el crimen que sí habían cometido con sus propias manos. Cornelio era de la opinión de que merecían algo más que la muerte, que se le antojaba demasiado piadosa.

—Nosotros matamos, pero es él quien ordena, y también mata, con más saña y crueldad aun que nosotros, si cabe —dijo Gonzalba, señalando hacia el tercer individuo, que seguía guardando silencio. Diríase que guardaba mejor la compostura que sus secuaces, que parecían tener menos sangre fría.

—¡Ratas asquerosas! ¿Cómo os atrevéis a culparme de vuestras fechorías? ¿Pretendéis acaso que pague por todos? ¿Creéis que yo no puedo haceros lo mismo que ella os ha dicho que haría con vuestro corazón? —protestó enojado el que, a todas luces, debía ser el cabecilla.

—A mí no me dijo que fuera a hacerme nada, fue a Gonzalba —explicó el que estaba junto al susodicho, como si él estuviese libre de cargos de conciencia.

—Yo diría que eso nos incluía a todos, Cascabotes —dijo Gonzalba, llamando a su compañero por lo que debía ser su mote.

—¡Malditos estúpidos! Sois incapaces de preguntaros qué diablos hace una bruja tratando de ajusticiar a unos maleantes. ¿No os dais cuenta de que aquí huele a chamusquina? —dijo el supuesto jefe.

—Es cierto. ¿Qué es todo esto? —preguntó Gonzalba, volviéndose hacia Cornelio.

—Sí. ¿Qué tienes que decir ahora, bruja? —continuó Cascabotes.

   Antes de que Cornelio pudiese responder, el sonido de una voz que gritaba, como respondiendo a las exigencias de un esfuerzo agotador, les llegó desde muy atrás. Los malhechores, que parecían haberse envalentonado, retrocedieron un paso, acongojados por tan inesperado evento. El anciano, aunque también se sobresaltó, logró mantener la calma, pues había reconocido el timbre de voz de Sigfrido. Tras un momento de aparente tranquilidad, el grito se repetió con la misma intensidad que el anterior. ¿Qué estaría sucediendo? No pasó mucho antes de que al claro llegase el eco de un insulto que se repitió por tres veces con un tono de crispación: “¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Estúpido!”, pudieron oír con claridad, lo cual provocó un total desconcierto, no sólo en la panda de criminales, sino que también en el propio anciano, que no sabía cómo interpretar aquello. Reinó entonces un momento de silencio, más largo esta vez, al final del cual, justo cuando Cornelio y sus rivales parecían recobrar la compostura y se decidían a continuar con el asunto que les ocupaba, volvió a oírse un nuevo grito, en esta ocasión aterrador, casi agónico. El anciano se alertó sobremanera, pues aquella era también la voz de Sigfrido, y era indudable que se hallaba en un serio aprieto.

   Los asesinos, que ya se esperaban lo peor, pues también llegaban al claro los lamentos y quejidos que solían acompañar a los muertos vivientes allí donde iban, se giraron repentinamente sobre sus talones, dando la espalda al viejo, y emprendieron una atropellada y vergonzosa huída. Cornelio, que, a su vez, se había vuelto por instinto hacia aquella sucesión de sonidos, muchos de ellos nacidos de la garganta de su joven compañero de viaje, cayó presa de la confusión cuando el estridente chillido de lo que supuso debía ser una mujer le hizo estremecerse sobremanera. Entonces, cuando también él comenzaba a retroceder, convencido de que pocas sorpresas cabía esperar ya después de aquello, la figura de Sigfrido, al que descubrió como único autor de aquel afeminado alarido, irrumpió en el claro de una forma tan inesperada como fortuita, pues lo hizo agarrado de una mano, la izquierda, a la destartalada escoba, que levitaba a unos cuatro metros del suelo, casi a la altura de las copas de la mayoría de árboles de alrededor. Con los ojos desorbitados, Sigfrido mantenía la mirada puesta en un zombi, al cual arrastraba consigo en el aire, y que estaba sujeto a él por las piernas, dispuesto a morderle en cuanto tuviese ocasión. Con la diestra, la que empuñaba la espada, trataba de acertar una y otra vez, sin éxito, a la cabeza de su incansable atacante. La escoba, que apenas era capaz de mantener el rumbo con firmeza, tal vez, debido al lamentable estado en el que había quedado tras el accidente sufrido con su anterior dueña, sumado al ajetreo que se traía el singular pasaje que transportaba en ese momento, comenzó a ganar altura lentamente.

   “Este muchacho y las cosas que le ocurren se salen de lo normal”, pensó Cornelio, que acarició la hoja de su hacha, intuyendo que tendría que hacer uso de ella en breve.

   De súbito, la horda de zombis irrumpió ruidosamente en el claro igual que lo haría un descontrolado torrente de agua turbia y putrefacta.

   Imagen tomada de www.serjio-c.deviantart.com Desconozco al autor, por lo que se agradecerá cualquier referencia al mismo. Si éste prefiriese la retirada de su obra de esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.


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