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viernes, 22 de enero de 2016

33. Un sorprendente hallazgo tras un horrible despertar.

   Cornelio Malhadado abrió los ojos con la llegada del alba, aunque permaneció tumbado durante largo rato, negándose a recibir al nuevo día y su promesa de terrible incertidumbre; sólo pensar en ello le producía un desánimo al que no creyó que pudiera acostumbrarse jamás. De repente, reparó en el sepulcral silencio, ni siquiera se oía a los pájaros, que solían recibir alegres los primeros rayos de sol. “Incluso ellos se han marchado”, pensó triste.

   Un movimiento leve llamó su atención: se trataba de Sigfrido, que se agitaba en sueños brevemente, para luego recobrar la armonía propia de quien disfruta del descanso. “Duerme, muchacho, cuanto más tardes en despertar menos tiempo tendrás para sufrir”.

   De repente, Cornelio sintió la imperiosa necesidad de incorporarse. Mientras lo hacía, tuvo que soportar las protestas de su cuerpo, molesto por haber tenido que soportar, nuevamente, las incomodidades propias de pasar toda la noche a la intemperie. Tardó una eternidad en ponerse en pie, y cuando lo hizo, precisó de algo más que un momento para poner en orden algunas cosas.

   Cuando creyó estar en situación de afrontar los primeros compases de la mañana, decidió despertar a Sigfrido, sin embargo, al acercarse, fue rechazado por el mal olor que éste desprendía. Estuvo tentado de propinarle un puntapié a modo de venganza, fuese o no justa, pero, repentinamente, se le ocurrió una idea que le ayudaría a resolver una duda en la que no podía dejar de pensar desde que, la tarde anterior, se viera a sí mismo caminando entre los muertos sin sufrir el menor percance. Debía dejar solo al joven durante un rato, quizás no demasiado, o eso esperaba al menos, del mismo modo que también esperaba volver acompañado. Antes de partir, siguiendo un impulso que no sabría explicar muy bien, cubrió con más musgo y algunas ramas caídas al durmiente, pues, a pesar de los esfuerzos de éste por copiar a Cornelio en el arte del camuflaje cuando se preparaban para dormir, el fruto que había obtenido rozaba el más espantoso de los ridículos. Sólo cuando le pareció que había logrado un resultado decente abandonó el lugar, preguntándose si lo que se disponía ha hacer era una ocurrencia propia de alguien que está en sus cabales o, más bien, un loco que ve como el norte está cada vez más lejos. Trató de orientarse, y cuando creyó estar medianamente seguro de hacia dónde debía ir, comenzó a caminar decidido, con la diestra muy cerca del hacha y el corazón latiéndole más deprisa conforme avanzaba.

   Encontró lo que buscaba mucho antes de lo esperado. Su primera intención, guiado por el instinto, fue la de ocultarse, pero logró reunir el valor suficiente y permaneció donde estaba, inmóvil, a la vista del solitario zombi, que, movido por la curiosidad, dirigió su mirada hacia Cornelio. Éste, al ver que el muerto no se dirigía furioso hacia él, tras dudar un momento, decidió ser él mismo quien se acercara. Cuando la distancia entre ambos se acortó lo suficiente como para hacer que sus nervios afloraran, Cornelio, inquieto, empuñó el hacha, movimiento que el zombi acompañó con sus ojos, como tratando de adivinar a qué intención respondía, pero sin hacer nada al respecto. El viejo, haciendo un verdadero esfuerzo, dio dos pasos más, hasta situarse junto a su objetivo, que permanecía en el mismo lugar, atento a su extraño visitante, pero con una actitud aparentemente inofensiva.

   “No logro entenderlo, ayer, caminando entre decenas de ellos, mantuve la calma sin el menor problema, en cambio, ahora, cuando no hay más que uno, apenas puedo dejar de temblar”, pensó. “Quizás es por lo que pretendo hacer. Si sale mal... No, no pienses en ello”.

   Cornelio extendió lentamente la mano izquierda hacia el zombi, hasta que lo agarró tímidamente por una de las mangas de lo que quedaba de la ropa que vistiera el último día de su vida. La criatura se dejó hacer, más dócil que un niño de dos años de carácter calmado. Con extrema cautela, el anciano se fue situando tras el muerto, al que acabó agarrando con firmeza por el hombro, y comenzó a conducirlo como pudo hasta el lugar donde sería efectuado el peligroso experimento.

   “Es evidente que, vestido de esta guisa, como una bruja malévola, no me toma por alguien al que deba atacar”, iba pensando Cornelio. “¿Habrá explicación para este misterio? Quizás en otra ocasión”.

   Sigfrido se hallaba a orillas de un lago entre montañas, contemplando la apacible quietud de las aguas cristalinas, disfrutando a la vez de un baño de luz, otorgado generosamente por el esplendoroso sol que lucía en el alto cielo. De súbito, una joven de extraordinaria belleza emergió de las profundidades y nadó con gracilidad en su dirección, hasta que pudo valerse de sus pies para caminar sin que el líquido la cubriera. Sus hombros, finos y hermosos, dieron paso a un busto desnudo exquisitamente tallado por la naturaleza, y su vientre, antesala de la fuente del deseo para todo hombre, hipnotizó de tal modo al muchacho que fue incapaz de apartar la mirada, cosa que, por otra parte, ni siquiera intentó. Al fin, sus caderas asomaron a la superficie, haciendo con su gracioso vaivén que cada paso de la joven fuese digno de versos elogiosos. La mujer caminó hacia Sigfrido, que, abrumado, creía estar viviendo un sueño al que, quizás, no tenía derecho. Pronto la tuvo ante sí, con el fino rostro muy junto del suyo, recorriendo cada parte del mismo con creciente interés. Sin pensarlo, Sigfrido posó sus manos en los hombros de la joven, haciéndolos descender hasta sus magníficos pechos, sintiéndolos extraordinariamente fríos y húmedos. Él, atento y cariñoso, le otorgaría el calor necesario en agradecimiento a lo que habría de recibir. Ella pareció gemir al contacto de su piel, y comenzó a caer con sus labios hacia el vientre del joven, como atraída por un deseo cada vez más irresistible e intenso. Él, turbado, extasiado por la creciente locura, la dejó hacer, maravillado por las maneras, cada vez más impetuosas, de ésta. Su dulce y femenina voz pareció distorsionarse por momentos, algo que escapó a la comprensión de Sigfrido. Fue entonces que la joven mordió su ropa a la altura de la entrepierna con una ferocidad y un frenesí que en nada acompañaba al momento, y lo que antes fueran gemidos, eran ahora gruñidos impropios de una mujer tan bellamente esculpida. 

   Fue entonces que Sigfrido abrió los ojos, descubriendo con horror que todo había sido un sueño, un sueño que acabó convirtiéndose en una pesadilla demasiado real, pues sí que sentía como alguien —o algo— le mordía el vestido por debajo del vientre, tal como sucediera el día anterior. Al dirigir la mirada al lugar donde todo eso sucedía, y encontrarse con uno de aquellos seres errantes, al que, no sabía cómo, había estado acariciando el cuero cabelludo hasta el mismo momento de despertar, entró en tal estado de angustia y terror que apenas pudo tirar hacia atrás de aquella putrefacta cabeza.

   La agitada voz de Cornelio sonó desde detrás del zombi casi al instante, que, definitivamente, debido a las fuerzas combinadas del joven y el anciano, fue apartado de su presa para, acto seguido, recibir tal hachazo en la cabeza que, de haber habido un notario presente, se habría visto obligado a levantar acta de tan formidable y certero castañazo, evitando así que tal hazaña cayera injustamente en el olvido.

   Viéndose al fin libre de peligro, al menos hasta el siguiente incidente, Sigfrido volvió a tumbarse, esta vez de cara al cielo, y comenzó a resoplar visiblemente aliviado. Cornelio, que se afanaba por recuperar el hacha, había logrado resolver su duda; ahora estaba seguro que aquellos disfraces de brujas, tal como sospechara, les otorgaban el beneficio de ser ignorados por los muertos, y que la causa de que éstos se lanzasen sobre el joven aun vistiendo como una hechicera, se debía, sin duda, a un asunto de olores que debería ser resuelto con la mayor inmediatez. Por otra parte, le preocupaba el modo en que había decidido resolver aquel misterio, exponiendo así la vida de Sigfrido. De hecho, hubo un momento en que, divertido por cómo éste reaccionaba en sueños al olfateo al que el zombi lo sometía, siendo obligada la criatura a tal práctica por el propio Cornelio, estuvo tentado de ver cómo podría acabar todo si no intervenía en la lucha cuando la misma se iniciaba. Por fortuna, aquella descabellada idea no fue más que un acceso de perversión y crueldad que no se alargó más allá de un instante, y acabó reaccionando pronto de la manera más adecuada. Por todo esto, se sentía en la obligación moral de dar una más que merecida explicación a Sigfrido, además de pedirle disculpas, pues éste, en su ignorancia, debía creer que se había tratado de un desafortunado encuentro; pero no lo vio en absoluto oportuno, teniendo en cuenta el peligro real al que había expuesto al joven y su más que previsible enfado en cuanto conociera los hechos. Lo más sensato sería dejarlo pasar, al menos por el momento, confiando en poder perdonarse a sí mismo cuando su ética le pidiera rendir cuentas en la intimidad.

—¿Estás bien? —fue lo único que acertó a decir, con verdadera preocupación, condicionado por la culpabilidad.

   Sigfrido palpó sus ropas, donde podían verse las recientes marcas de dientes.

—No me ha llegado a morder, sólo hizo presa en la ropa, si te refieres a eso; pero he pasado un muy mal rato, la verdad. Gracias por la ayuda.

   —Contando la de ayer, ya me debes dos; pero me siento generoso esta mañana, así que te perdono la deuda contraída —dijo Cornelio, tratando de parecer cercano, como si pudiese limpiar así parte de la oscura mancha con la que acababa de mancillar su alma, que, por aclarar, hacía tiempo que dejó de estar libre de pecados—. Por cierto, deberías lavarte cuanto antes, ese olor que desprendes..., creo que es la causa de que se sientan atraídos por ti.

—No lo entiendo, el caso es que parecía haber atrapado algo entre los dientes, aunque yo no sintiera nada —murmuraba, mientras tanto, Sigfrido para sí, que seguía examinando el vestido con aire ausente.

—Habla más alto, no entiendo lo que dices —se quejó el anciano, molesto por ver que el muchacho no le prestaba atención.

—¡Aquí! ¡Encontré algo! —exclamó el joven, que parecía aferrar una especie de objeto liso y rectangular a través del vestido— ¡Sabía que ese mal nacido había mordido algo, y que ese algo no era yo!

—¿A qué te refieres? ¿Qué es eso? —se interesó Cornelio, que se acercó de inmediato al lugar donde estaba Sigfrido.

—Debe estar en algún bolsillo secreto, pero no me fijé hasta ahora; me pregunto cómo es posible —dijo nervioso el muchacho, que buscaba con las manos la existencia de alguna abertura en el vestido que le permitiese llegar hasta el compartimento recién detectado. 

—¡Vamos! Apresúrate a sacar eso, lo que sea —apremió Cornelio.

   Al fin, tras unos minutos de infructuosa y frenética búsqueda, los dedos del joven dieron con un extraño dobladillo en la parte interior de la falda, tras abrirse paso e introducir la mano en la hosquedad que cubría, acarició al instante una superficie dura y rugosa. Con cuidado, extrajo la mano, que sujetaba su reciente conquista con firmeza. 

   Ambos ahogaron una exclamación al comprobar que el extraño objeto era un viejo libro revestido con tapas tan negras como la noche, largo como las palmas de dos manos juntas, y de un grosor de no más de tres dedos, lo que hacía del mismo una pieza un tanto complicada de esconder con éxito en un vestido convencional, que no era el caso.

—¿Cómo has podido caminar todo este tiempo sin notar que llevabas nada ahí? —preguntó Cornelio, al tiempo que recordaba los continuos tropezones de Sigfrido desde que partieran de la casa derruida vestidos como brujas. Quizás, acababan de hallar la causa.

   Sigfrido, por su parte, comenzó a rememorar su sueño, lamentando profundamente que no fuese real. Sin embargo, la imagen que más se repetía en su cabeza no era la de la hermosa joven desnuda que emergió de entre las aguas con ansias de él y a la que tanto deseó, sino la de aquel lago entre montañas donde tan en paz se hallara, y donde los pájaros, al contrario que sucedía en la dura realidad que le tocaba vivir, regalaban sus agradecidos oídos con su alegre trinar en una hermosa mañana.

—Es extraordinariamente pesado —dijo, volviendo a centrar su interés en el libro.

   Imagen tomada de www.vardablog.wordpress.com Desconozco la identidad del autor, por lo que se agradecerá cualquier referencia sobre el mismo. Si éste prefiriese la retirada de su obra de esta publicación no tendrá más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.


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