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miércoles, 14 de octubre de 2015

18. Libertad y encierro.

   Crisanto llegó a tiempo de interponerse entre su montura y uno de aquellos malditos seres, al que, una vez cerca, contempló horrorizado. Tras un instante de duda que casi le cuesta la vida, el caballero traspasó con relativa facilidad el abdomen de su grotesco adversario. Éste, lejos de dar muestras de dolor, siguió avanzando hacia él, a pesar del afilado acero que lo atravesaba. ¿Cómo era aquello posible? ¿Era acaso esa bestia inmortal? A su lado, Alonso, que había llegado antes que él al combate, ya había dado muerte a tres de ellos. Un cuarto cayó entonces, y Crisanto, al ver que todas las víctimas de su compañero de armas tenían en común la cabeza destrozada, decidió seguir el ejemplo; así que liberó como pudo la espada de las putrefactas entrañas del zombi y, tras esquivar en última instancia una malintencionada dentellada, clavó la punta de su arma en la sien de su enemigo, que cayó fulminado con estrépito. Luego, miró al frente, lo que le llevó a ver cómo varios no muertos se acercaban amenazantes a su posición. Creyéndose con el tiempo suficiente, dio una fuerte estocada a las riendas que mantenían su caballo cautivo al árbol al que fuera atado, pero no obtuvo el resultado esperado.

   No pudo hacer un nuevo intento. Un muerto viviente de notable envergadura y con aspecto de no haber sido un hombre de formas elegantes en vida se abalanzó voraz sobre el pobre animal. 

—¡Pezuño! ¡No! —gritó el caballero, que, raudo, trinchó el cráneo de aquella especie de depredador venido de lo más profundo de los infiernos. Aprovechó los segundos de que disponía antes de la llegada del siguiente enemigo para lanzar un apresurado tajo sobre las riendas. Esta vez, aunque no tuvo éxito, logró debilitarlas al menos. Necesitaría un golpe más. 

   Alonso, movido por una furia y un odio que rayaban la locura, no dejaba de lanzar golpes mortíferos hacia todas partes. Lo mismo agarraba la maza con ambas manos para destrozar algún cráneo cercano, que sujetaba con la zurda al rival de turno y descargaba el arma con la diestra con una eficacia sencillamente magistral. Los muertos abatidos, al igual que sucediera en el cementerio, empezaban a amontonarse a sus pies a una velocidad de veras sorprendente. Gritaba y reía cada vez que hacía morder el polvo a uno de aquellos zombis. Sí, sin duda, disfrutaba destruyendo a esas terribles monstruosidades.

   Por su parte, Crisanto, tras dejar fuera de combate a un par de no muertos casi al unísono, volvió a asestar un último tajo sobre las riendas, las cuales, al fin, logró cortar. El caballo, viéndose libre, galopó veloz lejos de allí. 

—¡Márchate, Pezuño, mi fiel montura! No quieran los dioses que ninguna de estas escorias te eche el guante —dijo el caballero, que ya enfrentaba a otra criatura que avanzaba tambaleante hacia él. 

   De repente, trás ellos, se oyó el desgarrador grito de Lúcida, el mismo que oyera Sigfrido al poco de iniciar su huida.

  El muchacho, espada en mano, corría de vuelta en dirección a la casa mientras libraba una dura batalla interior. Por un lado, su yo más puro le exigía ponerse a salvo de inmediato y olvidarse de todo lo demás; por otro, su escaso sentido del deber, que casi le imploraba que diera solución al caso del niño fantasma, le reclamaba enérgicamente que corriera de inmediato en auxilio de Lúcida, que sufría un grave peligro, y justamente eso es lo que hacía. "Acabarás lamentándolo, estúpido", se reprochaba a sí mismo sin cesar.

   No tardó en ver a la niña, que retrocedía hacia la casa acosada por varios zombis que, con torpeza, avanzaban hacia ella. Más adelante, Alonso y Crisanto se hallaban rodeados, pero trataban de abrirse camino hacia la niña a base de estocadas el uno y golpes de maza el otro. Sigfrido supuso que no llegarían a tiempo de socorrer a la chiquilla. "Soy su única opción", pensó consternado. "¿Pero quién vendrá a sálvarnos a ambos una vez llegue junto a ella? Quizás sí a la niña, ¿pero quién querría salvarme a mí? ". 

   Sigfrido entró con todo lo que tenía —que, aunque no era mucho, era más que nada—, irrumpiendo entre todos aquellos zombis que acorralaban a Lúcida con, más que un grito de guerra, un extraño alarido donde convivían el asco más atroz y un miedo sobrecogedor. Soltó sin decisión alguna el brazo con el que empuñaba la espada hacia el no muerto más cercano, acertándole en el hombro de pura casualidad. El monstruo centró su atención en su incompetente atacante, al cual agarró en última instancia del brazo con una fuerza terrorífica, irresistible. Sigfrido, al sentirse atrapado, apretó a correr con más fuerza aún, pero era tal el agarrón del zombi que tan sólo lograba correr en círculos en torno a éste del mismo modo que un niño al que sujeta su madre mientras le da unos azotes y éste se niega a quedarse quieto en el sitio, como si pudiese escapar así a su castigo. Con el brazo que le quedaba libre, que era el que empuñaba el arma, trató de golpear a su adversario, pero los nervios provocaron que lo hiciese hacia el lado opuesto, lo que propició, por fortuna para Lúcida, que golpeara el cráneo de un muerto viviente que estaba a punto de apresar a la niña. El tajo fue tan profundo que destrozó el cerebro de la criatura, que cayó al suelo para no levantarse más. Sigfrido, presa del miedo, como venía siendo habitual en él en este tipo de casos y otros similares, ignoraba por completo la hazaña de la que acababa de ser protagonista. Viendo que su depredador no lo soltaba y que su espada apuntaba hacia el lado equivocado, trató de corregir la situación redirigiendo la dirección de sus estocadas, lo cual resultó inútil del todo, pues éstas eran lanzadas hacia el interior del círculo que trazaba mientras corría, no encontrando más blanco que el aire. Tendría que pararse si pretendía acertar a su insistente captor. 

   Y así fue. Se detuvo en seco. Pero, quizás movido por la necesidad de verse libre de nuevo, Sigfrido, en lugar de arremeter con el arma en la grotesca testa del zombi, que ya se abalanzaba sobre él sin perder un precioso segundo, descargó la espada sobre la extremidad con la que éste lo sujetaba, seccionándola de un solo golpe. Aquella mano descarnada, que iba acompañada de un generoso trozo del brazo al que perteneciera, seguía aferrada con fuerza al joven, que, con alivio, comprobó que ya era capaz de moverse allí donde quisiera. Borracho por el éxito, con la mente nublada para pensar con claridad debido a la falta de costumbre de obtener logros personales que exigieran un mínimo de valentía, cometió la insensatez de dedicar una sonora carcajada a su adversario sin medir las distancias. "¿Qué harás ahora? ¿Qué harás ahora?", le preguntaba a voz en grito en tono burlón.

   El zombi, al que aún le quedaba un brazo completo, hizo uso del mismo para volver a agarrar a Sigfrido, está vez de la solapa. El muchacho, que apenas podía creer lo estúpido que podía llegar a ser en algunas ocasiones, comenzó a empujar a aquella bestia con la inocencia propia de un niño. Fue entonces que, profundamente consternado, no pudo evitar que de su garganta brotara un grito de desesperanza infinita. Angustiado por la falta de ideas y víctima de un verdadero ataque de nervios, dejó caer la espada al suelo. Luego, fue él mismo el que perdió el equilibrio y acabó desparramado sobre la tierra arrastrando al zombi consigo, que acabó encima suya, y que acercaba cada vez más aquellas terribles fauces con las que pretendía morder su hermoso y barbado rostro. "¡No quiero morir!", gritaba una y otra vez de un modo patético.

   De repente, algo golpeó la cabeza del no muerto, cuyo rostro quedó inmóvil al instante. Luego, su irresistible fuerza se desvaneció, y Sigfrido, tras suspirar aliviado varias veces, pudo, por fin, quitarse de encima aquella aberración infernal. El monstruo tenía una estaca clavada en la cabeza, la misma que había pretendido él clavar en el cadáver del niño, tal como le pidiera el fantasma del mismo, antes de la inesperada irrupción de Crisanto. Lúcida miró a Sigfrido fijamente. Fue ella quien lo ayudó a ponerse en pie. 

—¡Gracias por venir a salvarme! —dijo la niña. 

—Gracias a ti —dijo a su vez Sigfrido. 

   El bribón tomó la espada del suelo, tras echar un vistazo alrededor y descubrir con horror que los zombis cerraban el cerco sobre ellos, tomó a la niña de la mano con premura y corrió hacia la casa. Fue entonces que, de entre la multitud de diablos, emergieron Alonso y Crisanto, que al fin habían logrado abrirse paso hasta allí a base de pelear como jabatos, repartiendo golpes a diestro y siniestro. En cuanto tuvieron oportunidad, corrieron tras Lúcida y Sigfrido, y todos acabaron entrando en la casa, cuya puerta aseguraron como mejor pudieron. 

   Estaban atrapados. 

   Mientras todo esto sucedía, un lejano vecino, que no había tenido mejor día que ése para ir a reclamar una vieja deuda al hombre que, desde aquella mañana, había pasado de ser una terrible criatura a un montón de cenizas junto a su mujer y dos de sus hijos, al ver toda aquella gente acosando la humilde residencia de su deudor, quedó del todo estupefacto. "¿En que clase de feo asunto andas, Gilberto?", se preguntó, convencido en su ignorancia que el individuo al que se refería seguía pareciéndose al que vio por última vez hacia una semana. Tal era su abstracción, que no vio al grupo de zombis que por un lado se acercaron y que a base de mordiscos con su vida acabaron. Del hígado, sin duda, fue con lo que más disfrutaron.

      Por su parte, Pezuño, el magnífico corcel negro del que ni los dioses sabían por qué Crisanto, su dueño, lo había llamado así, disfrutaba de su reciente libertad. Su galopar lo llevó al lugar donde la misma horda de zombis que ahora acosaba a su antiguo amo había dado buena cuenta de un orondo mercader que se detuvo a reparar la rueda de su carro, tirado por dos caballos que, por desgracia, corrieron la misma suerte que su amo al no contar con alguien que hubiese podido librarlos de las ataduras que los mantenían sujetos a la carreta de la que tiraban. Consternado, Pezuño se alejó de allí, decidido a no volver a tener tratos con humanos siempre que le fuera posible. Después de todo, ¿quién le había preguntado a él si le apetecía hacer de montura de nadie? Y así fue que se perdió para siempre, buscando extensas llanuras de verdes prados por donde trotar feliz hasta el fin de sus días.

   Imagen tomada de www.klepy.com Desconozco el nombre de su autor, por lo que agradecería cualquier referencia al mismo para poder así dedicarle una más que merecida reseña.



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