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miércoles, 28 de octubre de 2015

20. El ser oscuro.

   Tras huir en tropel de la casa, para lo que primero debieron saltar sobre el cadáver del pobre Bernardo, el grupo, siendo Sigfrido el que lo cerraba, corrió presto en dirección norte. Se alejaron del lugar sin mirar atrás, como si de ese modo pudiesen negar la existencia de aquellos monstruosos seres venidos del infierno. Pero las fuerzas estaban muy justas, por lo que pronto se vieron forzados a detenerse y recuperar el aliento. Lo hicieron sin tomar precauciones, justo en el lugar donde Crisanto, el de más edad y el que presentaba peor estado de forma, decidió rendirse al cansancio sin mostrar el más mínimo complejo. 

—¡Maldición! —exclamó el caballero con voz ahogada, como si sus pulmones estuviesen al borde del colapso—. ¡No puedo más! —y entonces cayó al suelo cuan largo era, que no era mucho, con las cuatro extremidades extendidas cual extraña equis y mirando hacia el ancho cielo. Su abultada barriga subía y bajaba pesadamente al ritmo de su descompasada respiración, algo que atrajo durante un instante la atención de Sigfrido, que no supo muy bien qué pensar al respecto. 

   Tras unos minutos de no hacer nada, fue el propio Crisanto el que volvió a ponerse en pie y, sin mediar palabra, continuó la marcha, que discurría por un terreno desigual, salpicado de árboles y demás vegetación propia de la zona. A lo lejos, se erguían majestuosas las altas montañas, que asistían como mudos testigos a lo que acontecía en el mundo, que, últimamente, eran asuntos demasiado extraños y siniestros.  

   Sigfrido, que volvía a cerrar la marcha, tuvo una inesperada visión, que, debido a la sorpresa, le obligó a detenerse. A un lado, junto a un roble muerto de aspecto poco tranquilizador, pudo ver de nuevo al espectro del difunto niño. Éste, a su vez, también lo miraba a él con el gesto endurecido, como si entre ambos hubiese pendiente algún asunto de extrema importancia, como así era. Sigfrido quiso decir algo, pero abrumado como estaba, fue incapaz de emitir palabra. Tampoco el fantasma dijo nada, aunque, en su caso, no parecía que quisiese decir algo. Tras un frío momento, intenso, en que ambas miradas se sostuvieron, aunque cada una con distintas emociones, el joven bribón, sintiendo como si despertara repentinamente de algún sueño, decidió proseguir la marcha, mas cuál fue su sorpresa al verse completamente solo. ¿Dónde estaban Lúcida y los otros? ¿Y por qué la luz del sol era ahora tan débil, como si la noche estuviese próxima? 

   Un escalofrío recorrió a Sigfrido de principio a fin.  

&nbps;  De súbito, un ruido lo puso en alerta. Se trataba de pasos, muchos pasos. Y entonces también oyó aquellos gemidos terribles. Los muertos llegaban. 

   No había tiempo que perder. Invadido por una horrible sensación de terror, Valorquebrado corrió a ocultarse en la maleza, pero, en el último momento, se le ocurrió que sería mejor trepar a un árbol, y así fue que a uno de ellos subió, y, en silencio, se dispuso a aguardar el paso de la horda, rezando porque ninguna de aquellas criaturas, ya fuese por instinto o casualidad, pudiese verlo. Pasaban ya los primeros cuando una voz familiar habló muy cerca de él: 

—Cuando se hayan marchado podrás bajar del árbol —dijo el fantasma del niño, que se hallaba sentado a su vera—. Aún estás a tiempo de impedir que me convierta en un monstruo, tal como le pasó al resto de mi familia. 

   Fue entonces que una oscura presencia llamó la atención de ambos; un ser encapuchado, ataviado con ropas negras y que portaba una espada terrible cuya hoja desprendía un brillo inquietante, que se detuvo junto al roble donde se hallaban Sigfrido y la aparición. El siniestro ser guardaba un silencio sepulcral, sin embargo, parecía capaz de transmitir su voluntad a aquella maligna e inmunda hueste que avanzaba imparable por doquier. 

   Sigfrido se sintió desfallecer. 

   Imagen tomada de www.akreon.deviantart.com Nazgul by Akreon on deviantart.



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