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viernes, 2 de octubre de 2015

13. La respuesta del rey; Crisanto Puñofirme.

   Lejos, aunque no demasiado, de los terribles acontecimientos que tenían lugar y que tan de cerca vivía Sigfrido, sobre una notable elevación del terreno se alzaba un formidable castillo, en cuyo interior residían el rey y su complaciente corte. En uno de los muchos salones de la fortaleza, amplios y esplendorosos hasta lo inimaginable, el monarca acababa de ordenar a los dos señores enfrentados en la guerra en la que participara el joven bribón que pusiesen fin de inmediato a tan estúpida contienda. “¿Cómo osáis arrebataros tierras el uno al otro cuando éstas, después de todo, me pertenecen por ley divina, par de mentecatos?”, fue el modo con el que se dio por zanjada la singular disputa. Y a todos les debió parecer que se había hecho justicia, a juzgar por la cantidad de aplausos con las que fueron recibidas las palabras del más grande de los nobles, a pesar de ser el más bajo en estatura. Tras esto, se le concedió audiencia a un ministro con gesto excesivamente preocupado, que no dudó en relatar lo que a sus oídos había llegado acerca de los extraños y siniestros sucesos que ocurrían en la misma comarca donde el rey había ordenado la paz hacía tan sólo unos instantes. Los desagradables relatos que narró el ministro acerca de muertos que volvían a levantarse y que perseguían a los vivos fueron acogidos con absoluto pavor por los miembros de la corte, que, al igual que el monarca, no daban crédito a lo que oían.

—¿Muertos que se levantan y devoran a los vivos, decís? —preguntó el rey, tras un momento de incómodo silencio.

—Y no sólo eso, majestad, en todo el reino comienzan a darse cada vez más casos inexplicables —aseguró el ministro, un hombre de extrema delgadez y ojos saltones—. Hay quien afirma haber visto fantasmas, hombres lobo, brujas... Una completa locura, si me permitís la expresión.

   Tras escuchar primero y discutir después, el rey y sus consejeros decidieron que debían hacer algo al respecto, por lo que dispusieron que los mejores hombres fuesen enviados a los puntos afectados del reino, que eran muchos, demasiados, con objeto de investigar y, en caso de ser necesario, solucionar de cualquier modo lo que parecía un problema de índole mayor y del que no existían precedentes.

   "Es una suerte que estemos tan lejos de todos esos fenómenos inexplicables de los que hoy he sabido, bien resguardados en esta inexpugnable y magnífica fortaleza, defendido por lo mejor de mis laureados ejércitos", le dijo el rey a su bella esposa en el momento de marcharse a dormir. "Desde luego que es una suerte", respondió la hermosa reina, que se sentía feliz de estar protegida por lo mejor del ejército real, repleto de bellos y fornidos varones que tan corteses se mostraban siempre con ella, más aún a espaldas de su lerdo y confiado esposo.

   Y así fue que las distintas órdenes de caballería enviaron a sus más valerosos caballeros a las muchas regiones que conformaban el reino, siendo el elegido para la comarca donde se habían levantado los muertos, y a la que nadie quiso asistir voluntario alegando las excusas más inverosímiles, un tal Crisanto Puñofirme, veterano paladín, leal como ninguno al férreo código de caballería, aunque también algo presuntuoso y, quizás, demasiado seguro de sí mismo. Su aspecto orondo y patizambo era rematado por su corta estatura, lo que invitaba a pensar que se trataba de alguien poco aguerrido y dado a una vida cómoda y apacible. Nada más lejos de la realidad. 

   Ya en camino, con las instrucciones bien aprendidas, el valeroso Crisanto, lanza en ristre y a lomos de su corcel, llegó a un punto en el camino donde éste cruzaba, a través de un viejo puente de piedra, un caudaloso río de aguas bravas. Un hosco letrero de madera había sido instalado a los pies del puente con cierta prisa, o esa fue al menos la impresión que tuvo el caballero, y un labriego con cara de no creer lo que leía atendía a la leyenda que en el mismo rezaba.

—¿Qué leéis con tanto interés, paleto? —preguntó con altivez Crisanto, ignorando que el modo empleado podría herir los sentimientos del aludido.

—Es el letrero, señor —respondió el labriego, acostumbrado a la falta de tacto de la mayoría de nobles para con los de su clase—. Aquí dice: "Se advierte de la presencia de un terrible y voraz troll que ataca a todo aquel que se acerque al puente o trate de cruzarlo. Su ferocidad es tal que es muy cap...". Y así termina, de repente y con un borrón de tinta, como si al que escribía el aviso le hubiese ocurrido algo malo inesperadamente. Y estas manchas de aquí..., diría que es sangre.

   Crisanto se acercó al letrero y hizo como el que leía, cosa harto difícil teniendo en cuenta que no sabía distinguir una sola letra, pero debía hacer lo posible por mantener su reputación, sobre todo ante un campesino que sí sabía leer, y bastante bien, al parecer.

—Sí, es probable que ponga lo que dices —dijo al fin.

—No es que sea probable que lo ponga, señor, es justo lo que pone.

   Crisanto frunció el ceño, tratando de encajar las palabras del campesino, que ya daba muestras de estar arrepentido de corregir a un noble de una forma tan descarada.

—¿Qué es un troll? —preguntó Crisanto, que dedicó una significativa mirada al puente.

—No lo sé, señor. Pero debe ser algo malo, de lo contrario nadie se molestaría en arriesgar el tipo tratando de advertir a los demás fijando un cartel que así lo indique, por no hablar de toda esta sangre —respondió el labriego, inquieto.

—Es malo, sin duda. Le haremos salir de su cubil y le daré justa muerte —sentenció Crisanto, que dejó caer la lanza primero, descabalgó después y acabó desenvainando la espada—. Puedes venir conmigo y participar de la gloria o huir como un cobarde. Tú eliges.

—¿Que vaya con vos, señor? ¿Adónde? —preguntó preocupado el campesino, aunque sabía perfectamente cual sería la respuesta de Crisanto.

—Al otro lado del puente, por supuesto. Ese troll, sea lo que sea, acabará probando el sabor de mi acero —dijo el caballero, que ya caminaba decidido sobre el puente.

—Me falta valor para ir con vos, señor, pero no soy del todo un cobarde, si es lo que pensáis. Os esperaré aquí y serviré de testigo a la que seguro será una verdadera proeza —dijo Norberto Dulcepillastre, que así se llamaba el labriego.

   Crisanto, entendiendo que más le valía no insistir, avanzó por el puente sin excesivas precauciones, deseando encontrarse cara a cara con esa extraña bestia, tal como sucede con quienes ignoran el verdadero peligro que corren. ¿Qué aspecto tendría aquel ser?, se preguntaba. Al llegar al otro lado, fue recibido por un olor nauseabundo que provenía de debajo del puente. Se asomó decidido y encontró una escena de lo más desagradable: un hombre, probablemente el autor del aviso que había al otro lado de la orilla, había sido hecho pedazos. Éstos, a su vez, fueron esparcidos por el suelo sin ningún orden ni concierto. Algunos presentaban lo que debían ser enormes mordiscos. Pero lo que más llamó la atención de Crisanto fue el cadáver de una bestia imponente, de al menos tres metros y medio de alto y tan ancho como tres hombres delgados muy juntos. Cerca de él yacían algunos frascos de pintura vacíos, pintura que aún podía verse en sus grandes y terribles fauces. Al parecer, convencido de que aquella sustancia debía ser alguna clase de bebida, el monstruoso ser, dando muestras de poseer un conocimiento bastante insuficiente acerca de lo indigestas que pueden resultar ciertas sustancias, había decidido acompañar el almuerzo con algo con lo que refrescar su feroz gaznate, y, sin duda, fue esa la última insensatez que cometió en vida.

   Crisanto envainó la espada aturdido. Cuando le hablaron de una serie de hechos inexplicables, no había imaginado lo inexplicables que éstos podrían llegar a ser.

   Imagen tomada de www.cssallehorta.blogspot.com Desconozco el nombre de su autor, por lo que agradecería cualquier referencia al mismo para poder dedicarle una más que merecida reseña, o retirarla si así lo pidiese.



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